México: En el ombligo de la Luna
 Por Deisy Francis Medidor




La Ciudad de México invita a caminarla, a sumergirse en ella toda con el asombro primero del recién llegado que se pierde en la conjunción de lo prehispánico, lo colonial y lo moderno. Pocas ciudades en el mundo poseen una historia tan rica y antigua como ésta. Una urbe cuya zona metropolitana ha albergado importantes asentamientos humanos desde hace más de dos mil años. Para el forastero su altura dos mil 240 metros sobre el nivel del mar es un desafío constante. Según cuentan los mitos aztecas, una profecía anunció que en aquel lugar donde el pueblo Mexica encontrara un águila devorando una serpiente sobre un nopal, habrían de construir un templo en honor de una importante deidad. Y la visión se materializó hacia 1325, en una zona lacustre en la planicie central del México moderno, en el antiguo lago de Texcoco. A partir de entonces erigieron allí a México-Tecnochtitlán, capital del imperio Mexica. Los aztecas mostraron un gran ingenio para construir una villa en esas condiciones. La técnica más importante fue la de desecar pequeños lotes de tierra (hoy en día llamados chinampas) dejando canales libres para el flujo de productos y personas. Desde aquel entonces, y hasta nuestros días, uno de los problemas más difíciles de resolver fue la constante amenaza de inundaciones y en la actualidad, al observar los edificios del Centro, se aprecia la mágica sensación de que están inclinados hacia diferentes direcciones, porque sus cimientos están colocados encima de un área que antes era sólo agua. Rodeada de leyendas, dicen que el nombre México proviene del mexica, denominación que los aztecas se daban a sí mismos en honor a su dios Huitzilopochtli, resultado de la simbiosis de las palabras nahuas meztli («luna») y xitli ( «ombligo»). Pero hay quienes aseguran que la denominación «Ombligo de la Luna» se debió especialmente a una isla ubicada dentro del lago Texcoco o la forma que semejaba éste con el conejo dibujado en la superficie del astro que es visible en plenilunio. Nombres de vías, barrios, acequias, albarradas y acueductos ya estaban incorporados al trazado citadino cuando en 1521 cayó en manos de los españoles que comenzaron a alzar sus nuevas construcciones sobre las halladas en el momento del reencuentro entre las dos culturas lo que, a juicio de no pocos, fue símbolo de dominio e intento de humillación hacia los pueblos nativos. Luego surgió el sentimiento secesionista respecto de España, el descontento de los criollos, el deseo de independencia. Esta Ciudad de México moderno resume todo ello. Ahora, al desandarla, aparecen los nuevos y los viejos sitios. El alma se revela en sus calles y avenidas, en sus lugares imperdibles como la Plaza de la Constitución, el llamado Zócalo capitalino, donde están el Palacio Nacional y la Catedral Metropolitana. -el Monumento a la Revolución, ubicado en la Plaza de la República, donde se aglomeran centenares de lugareños día a día para conocer la historia, disfrutar el entorno o donde las parejas se besan a la vista de todos. -en el Ángel de la Independencia, donde cada acontecimiento importante transcurre en la ciudad pasa por ahí. -el Bosque de Chapultepec, un hermoso pulmón verde dentro de tanta modernidad de la que otrora fuera la Ciudad de los Palacios, convertida ya en un conjunto abigarrado de múltiples rascacielos que proliferan por todos los rumbos de la capital y sus alrededores. Es, en fin, la ciudad abarrotada: por millones de habitantes, por millones de automóviles, por millones de hispanohablantes, por la contaminación creciente, por el ruido de las sirenas, por los contrastes, por las tortillas de maíz y los tacos, por el tequila y el mariachi y por esos edificios del Centro que se resisten a caerse. Es Ciudad de México, la que nos devuelve, a lo largo de los siglos, aquel calendario azteca que intentó ofrecer con exactitud milimétrica los detalles del tiempo.  
Por Deisy Francis Medidor  
Corresponsal de Prensa Latina en México jhb/dfm



Por Domingo.com/la Revista

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