Los enigmas, secretos y las “brujerías” de Balaguer

Su corazón, con su padre
Una muestra de esas creencias de Balaguer lo constituye una orden que le dio a su médico de cabecera y amigo de toda la vida, general Charles Dunlop, pocos días antes de morir, para que se incumpliera una última voluntad.

Extrañamente, semejante solicitud nunca fue cumplida. Y nadie sabe por qué. El día que Balaguer murió, el doctor Dunlop hizo lo indecible para obedecer la orden, pero todos se negaron. Los más allegados al fallecido estadista consideraron que se trataba de una voluntad macabra.
Es decir, Balaguer por única vez en su larga existencia, admite que creía en lo que comúnmente llaman “brujería”
Balaguer fue siempre enigmático y supersticioso. Alrededor suyo se manejaban decires que lo vinculaban a la hechicería y a prácticas de ocultismo, se comentaba de su amistad con una “Señora Bruja Peláez” de Barahona a quien durante mucho tiempo consultó, y hasta se hablaba de los “ensalmos” y de las “friegas” a que lo sometían periódicamente para ahuyentarle los luases y los malos espíritus.
Él lo admite en Memorias de un Cortesano:
“Los destinistas somos también buenos supersticiosos. Los largos años que he vivido y la lectura de los muchos moralistas que, a fuer de hombres de ciencia, nos previenen contra esas aberraciones, producto tal vez de debilidades atávicas, no me han impedido creer en lo que llaman los haitianos la ‘jettatura’ y en otras supuestas naderías de la misma naturaleza…”.
Es decir, Balaguer por única vez en su larga existencia, admite que creía en lo que comúnmente llaman “brujería”, lo que en cierto modo valida los comentarios que se hacían sobre él en ese sentido: que lo visitaban brujos, que lo ensalmaban, que andaba siempre con un amuleto “que lo protegía del mal” y que hasta se comunicaba con el más allá en sesiones espiritistas en que se invocaba la presencia de sus seres queridos.
En esa misma parte de sus memorias, Balaguer pretende darle sustento a semejante creencia:
“Hay personas que proyectan luz a su alrededor, y hay otras que son portadores de influencias nocivas. En mi vida he tropezado con individuos de ambas categorías y he puesto especial cuidado en buscar la compañía de los unos y rehuir la de los otros…”
Nada más claro que eso… Ni el agua.
Por eso en su casa materna siempre había un pequeño altar, con varias copas medio llenas de agua, una vela encendida y la Biblia abierta en el Salmo 21. Y el resto de la parafernalia que se usa en esos altares a las divinidades que se invocan los martes 13 con “un tabaco encendido, un paño rojo en la frente y un trago ‘e ron en la boca”. Y ahí llega el luá que me ilumina…
Su corazón, con su padre
Una muestra de esas creencias de Balaguer lo constituye una orden que le dio a su médico de cabecera y amigo de toda la vida, general Charles Dunlop, pocos días antes de morir, para que se incumpliera una última voluntad.

Extrañamente, semejante solicitud nunca fue cumplida. Y nadie sabe por qué. El día que Balaguer murió, el doctor Dunlop hizo lo indecible para obedecer la orden, pero todos se negaron. Los más allegados al fallecido estadista consideraron que se trataba de una voluntad macabra.
Según Dunlop, Balaguer lo mandó llamar un día tempranito, y aunque estaba ya muy grave todavía podía comunicarse perfectamente: “Me pidió que al morir le sacara el corazón y lo colocara en un frasco con líquido conservante bien protegido en la tumba de su padre…”.
Meses antes de fallecer, el general Charles Dunlop, uno de los más fieles amigos y seguidores de Balaguer, fue al programa “La Vida Misma”, de la señora Myrna Pichardo, para hacer esa dramática revelación.
Cuando se le inquirió sobre tan extraña petición del anciano líder político, Dunlop lo relacionó con la creencia de Balaguer en las “ciencias ocultas”. Y de paso confirmó que el ex-jefe de Estado creyó siempre en el espiritismo, en el más allá, “en esos misterios que la ciencia nunca ha podido explicar”.
Y casi recitó la mención que hace Balaguer de Napoleón en Memorias de un Cortesano:
“…Mientras cruzaba la llanura del Piamonte, en el inicio de su asombrosa gira triunfal por Italia, Napoleón detiene de súbito su caballo y palidece horriblemente, mientras dice a su ayudante: ‘El cristal con la miniatura de Josefina que llevo siempre conmigo, acaba de romperse. Mi mujer está enferma o me es infiel. ¡Adelante!’ “.
De su padre…
Siempre se habló de la cercanía de Balaguer con su madre, y pocas veces se mencionaba a su padre hasta que publicó sus memorias. Cuando Charles Dunlop se refirió a esa voluntad de que le sacasen el corazón y lo colocaran junto a los restos de su padre, mucha gente reaccionó extrañada.

Balaguer, sin embargo, habla en sus memorias con veneración de su padre, recuerda los momentos de infancia cuando le regaló su primer caballo y narra la forma en que fue adquirido aquel animal y cómo marcó su vida desde esos primeros años; cómo lo llevó primero a la escuela pública en su primera infancia, la forma en que se interesaba por sus notas y su disciplina y cómo seguía día a día su desarrollo, hasta que finalmente lo llevó personalmente al colegio en Puerto Plata del profesor José Dubeaux, que se ocupó formalmente de sus primeros años de educación formal.
Es decir, Balaguer hasta el día de su muerte conservó recuerdos de esa identidad tan especial entre los dos únicos hombres de la casa en relación con las ocho mujeres que completaban el núcleo familiar central, siete hermanas y su madre.
En su casa familiar, sin embargo, nunca vio actos de hechicería. Porque ni su mamá ni su papá creían en eso, lo mismo que sus hermanas… Excepto una que dicen se transformaba los martes 13 “y fiestas de guardar…”.
Listin Diario

Por Domingo.com/la Revista

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