Monseñor  Panal arrodilla a Trujillo
El anuncio de la creación de una especialización en ingeniería mecánica en la Universidad de Santo Domingo y la serie de “glosas” mordaces a la valiente homilía que pronunció el obispo Francisco Panal frente a Trujillo y su séquito en la catedral de La Vega, ocuparon las primeras páginas de la semana del cinco al 11 de marzo de 1961.

En La Nación, un suceso aparentemente pasional mereció gran cobertura y seguimiento inusual de portada: el asesinato de Clara García Domínguez, de Santiago de los Caballeros, por su esposo el italiano Giuseppe Lopiccolo.

La tragedia ocurrió en Nueva York. La noticia del crimen apareció el cinco de marzo y tanto Rafael César Hoepelman como Luis Ovidio Sigarán y Gustavo Guerrero Pichardo, estuvieron narrando la historia humana de la occisa y sus parientes hasta el 11 de ese mes, cuando trajeron el cadáver a “Ciudad Trujillo”. El Caribe también le ofreció gran despliegue, pero en sus secciones interiores. “Jo”, como apodaban al victimario, le quitó la vida de una puñalada porque presuntamente la dama no accedía a sus pretensiones de reconciliación. Habían procreado una niña, Beatrice, cuyas fotos aparecieron en las crónicas.

Homilía desafiante. Sólo los que estuvieron en la iglesia Inmaculada Concepción de La Vega el cuatro de marzo de 1961, pudieron enterarse, entonces, del contenido del sermón que provocó la ira trujillista, porque en la prensa fue atacado, pero no reseñado. Fue después del tiranicidio cuando se hicieron públicos la oratoria y el enojoso momento que pasó “El Jefe”.

Manuel de Jesús Javier G., Manuel R. Martínez Quiñones y Radhamés V. Gómez P., por razones obvias, se limitaron a detallar las obras que Trujillo construiría en aquel pueblo, la espléndida recepción que le ofrecieron en el Casino Central, la devoción que le juraron los escolares y la colectividad vegana, la multitud que vibró de emoción en el desfile y “los encendidos vítores y otras demostraciones de cariño y lealtad” tributados por el pueblo en los alrededores del templo. De la misa prelaticia sólo se describió la llegada del “Ilustre”, el recibimiento popular, los acompañantes del dictador y que en el presbiterio Trujillo fue afectuosamente recibido por el obispo de la diócesis quien pronunció las palabras de bienvenida.

También que Panal fue asistido por los padres Pedro Ramírez y José Agustín Ramírez y que durante la ceremonia actuó el coro parroquial.

Sin embargo, el siete de marzo salió la primera “Glosa” criticando el “desvertebrado discurso” de Panal, su interferencia en los poderes del Estado y los “párrafos vagos, sin fundamento”, de su homilía. “Su memoria parece ser floja cuando se aparta de las oraciones de su credo para recordar lo que sus ojos han clavado en sus recuerdos”, decía una de las “Glosas”, calificando la homilía como “otro humo de incienso”. El 12 La Nación le dedicó el editorial, “Contra la teocracia”, definiendo el discurso como desgraciado y malintencionado, agregando que la jerarquía católica abusaba de su poder. Muy someramente hablaron de que el clérigo había denunciado situaciones de pobreza y miseria existentes en La Vega.

Pero Panal dijo más. Entre los que acompañaban a Trujillo estaban R. Paíno Pichardo y Virgilio Álvarez Pina y, como guardaespaldas, Víctor Alicinio Peña Rivera. Los dos últimos contaron después la tensión que imperó en toda la celebración del solemne tedeum.

“Permitidme, Amado Jefe, que en la intimidad con nuestro Dios, os cuente, de amigo a amigo, mis penas más íntimas, que en esta ocasión son tan hondas y amargas como no las he sufrido en el pasado, ni creo que las pueda pasar más intensas en lo futuro”, manifestó Panal. Agregó que estimaba que el “querido Jefe” no estaba bien enterado, “al menos minuciosamente”, de la abominable campaña atea, anticlerical, antisocial, antitrujillista perfecta y comunista pura, que se llevaba a cabo por la radio y la prensa “en la forma más sacrílega e impía”.

Detalló necesidades apremiantes en La Vega, como necesidad de trabajo, viviendas, alimentación, y reveló los destierros y prisiones. Terminó pidiendo vivas para la iglesia católica, el Romano Pontífice, la jerarquía eclesiástica dominicana, el pueblo y el clero católicos, lo divino y lo sagrado, esperando que los templos se liberaran de toda execración. Entonces le dio la bienvenida a Trujillo.

Peña Rivera cuenta que en un momento del acto religioso, Panal pidió a todos que se arrodillaran y le obedecieron, menos el “Benefactor”. Panal esperaba y Trujillo permanecía de pie, hasta que Álvarez Pina le tocó en el hombro y el “Perínclito” se hincó. Panal sufrió persecución, humillaciones y vejámenes inenarrables pero sobrevivió a la llamada “Era de Trujillo”. Casi ciego, en silla de ruedas, terminaron sus días. Murió el 13 de agosto de 1970 en el hospital “Dr. Salvador B. Gautier”, de Santo Domingo, y su cadáver fue trasladado a La Vega.

Ingeniería mecánica. La carrera de ingeniería mecánica capacitaría profesionales que coadyuvaran con el programa de desarrollo industrial que se estaba llevando a cabo “por iniciativa del insigne líder”, afirmaban las crónicas. Para la fecha, el país debía contratar profesionales puertorriqueños de esa rama.

La carrera tomaría cinco años y el personal docente sería escogido entre profesores universitarios, ingenieros mecánicos que laboraban en los ingenios azucareros y otras industrias y egresados del Instituto Politécnico Loyola. Las clases se iniciarían el año lectivo 1961-1962 anunció el rector José Manuel Machado.

Trujillo avanzó 20 mil pesos para la construcción de los laboratorios, según se publicó posteriormente en los “Anales de la Universidad de Santo Domingo”. El 8 de marzo, La Nación ponderó en un editorial la iniciativa felicitando al “Jefe”, que era “Rector Ad Vitam” de esa casa de estudios.

Pero esa especialidad nunca se implementó, informó el ingeniero Víctor Pizano Thomén,

decano de Ingeniería y Arquitectura de la Universidad en el periodo 1966-1967. Lo que se inició durante su decanato fueron las escuelas de ingenieros mecánicos-electricistas e ingenieros químicos. Copiaron modelos del Instituto Tecnológico de Monterrey y de la Universidad de Puerto Rico, en Mayagüez, para establecer el taller de mecanizado de metales, y de la de Princeton, Estados Unidos, para revisar los planes de estudios. Colaboraron en otros aspectos la Universidad de Rutgers, New Jersey, y el Instituto Politécnico de Brooklyn.

Escrito por: ÁNGELA PEÑA

Periódico Hoy

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