En mayo de 1945, un grupo de soldados nazis miraba el atardecer de su derrota desde las costas erizadas de fiordos, en un puerto perdido de Noruega.

El sol, que al aproximarse el verano tardaba cada vez más en ponerse en ese norte casi polar, iluminaba de soslayo los 20 submarinos cargados de tesoros, documentos y reliquias en los que habían huido de Alemania unos días antes, tras la caída del oscuro imperio del Reich.

La guerra había terminado y Europa en ruinas era toda un vasto campo de muerte y desolación.

En varios países se iniciaban los festejos de la libertad recuperada, los vencedores planificaban un nuevo reparto del mundo, para los perdedores se preparaban los juicios y las horcas, mientras algunos seres filiformes, afortunados sobrevivientes de los campos de concentración, intentaban rescatar los despojos de sus vidas.

Pero en las regiones más septentrionales del mundo, los últimos nazis, un grupo de oficiales y jerarcas del Tercer Reich, se aferraban a su última conquista, al reducto postrero de su reinado horror.

Así, cuando el mundo aún no despertaba de la pesadilla de la guerra, un grupo de entorchados seguidores del Führer, desde varias regiones estratégicas en Escandinavia, planificaban su última, gran, desenfrenada operación militar: la de su pavorosa huida.

El éxodo fue conocido como Übersee Süd (Ultramar Sur, en alemán), y descubierto a través de un telegrama enviado por el secretario de Hitler, Martin Bormann, explica a Prensa Latina el historiador argentino Carlos de Nápoli.

Un estudio realizado por él junto a su colega Juan Salinas, estima que al menos seis submarinos, con cerca 50 jefes nazis, llegaron a la Patagonia tras el fin del conflicto mundial.

No está claro, cuenta de Nápoli, quiénes ni cuántos abordaron exactamente esos sumergibles en Noruega, pero existen versiones de que el mismo Hitler podría haber escapado en alguno, tras dejar un doble en Berlín.

La hipótesis cobra fuerza cuando se recuerdan supuestos planes de exilio trazados por la piloto alemana Hanna Reitsch, sostiene.

Documentos históricos indican que Reitsch ideó desde 1934 un plan para un eventual asilo del jefe nazi en Brasil o Argentina.

De hecho, diversos testimonios recogidos en este último país, en 1945, aseguraron haber visto a un hombre y una mujer misteriosos descender de un barco alemán, lo que abrió el velo de las leyendas sobre el supuesto arribo de Hitler y su amante Eva Braun.

Lo cierto es que en submarino, barcos o cualquier otro medio, cerca de mil nazis emigraron hacia la región, entre jerarcas, oficiales de menor rango o civiles, según cálculos del Centro Simon Wiesenthal (SWC), una organización judía internacional encargada de «cazar» nazis.

Esta institución estima que solo a Argentina llegaron entre 150 y 300 de ellos.

Sin embargo, de Nápoli considera la cifra demasiado pequeña, si tenemos en cuenta que existen pruebas documentales del arribo de más de 500 científicos alemanes al país austral.

Algunos de los principales dirigentes fueron capturados en décadas pasadas, otros fallecieron, y unos pocos, aunque existen certezas de que radican en Suramérica, aún no han sido encontrados.

La mayoría murió sin enfrentar juicios por sus crímenes, pero algunos viven aún, asegura el director del SWC en Jerusalén, Efraím Zurroff.

De Nápoli, aunque reconoce que quedan pocos, señala la probabilidad de encontrar algunos en barrios de Latinoamérica bajo la imagen de ancianos emigrados.

«La mayoría de ellos convivieron aquí en forma pacífica durante dos tercios de siglo, por lo que son considerados, incluso, hasta buenos vecinos», indica.

De acuerdo con el experto, no es de extrañar que vivan aún, pues la longevidad podría ser una característica de estas personas, si tenemos en cuenta el prototipo requerido para ser oficial hitleriano.

Los adolescentes o jóvenes aspirantes al escuadrón de defensa o SS, por ejemplo, además del examen de «pureza de sangre» desde 1750 en adelante, debían cumplir ciertos requisitos de fortaleza física y buena salud, argumenta.

«También debían pasar otra prueba, denominada de Higiene Racial o Genética, en la que se evaluaban tipos de enfermedades hereditarias y la ancianidad de los progenitores», añade.

Este experto, con más de cinco libros sobre nazis en América Latina, afirma que es sorprendente la cantidad de oficiales fascistas vivos o muertos con más de 90 años.

Es altamente probable que haya algunos, principalmente en Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Bolivia, los principales países suramericanos a los que emigraron después de la guerra, sostiene Zuroff.

Estas naciones, en ese orden, fueron las mayores receptoras de nazis tras el conflicto mundial, aunque también emigraron hacia Perú, Venezuela, Colombia y casi toda Latinoamérica.

Documentos publicados en años recientes revelaron que estos criminales escaparon con ayuda de la Cruz Roja, la Iglesia Católica y otras organizaciones internacionales.

Impidieron así su presencia en los llamados juicios de Nuremberg, en los que recibieron sentencias los principales jerarcas del Nacionalsocialismo.

Sin embargo, muchos oficiales de menor categoría, como operarios de campos de concentración, miembros de la policía secreta, o integrantes de pelotones de exterminio no recibieron condenas.

«En los juicios de Nuremberg se acusaron a los principales líderes (los que no escaparon o no se suicidaron), pero gran parte de los oficiales fueron indultados por un supuesto cumplimiento del deber», añadió de Nápoli.

En aquel tiempo, se consideró que estas personas cometieron los crímenes por una hipotética obediencia a sus superiores. Así, muchos regresaron a sus casas como si nada hubiera sucedido.

Como en sus barrios y países todo el mundo sabía quiénes eran, muchos decidieron emigrar hacia regiones lejanas, para hacer borrón y cuenta nueva. Ahí fue cuando apareció la alternativa de América Latina.

La región se convirtió así en el último destino de los nazis, en la cueva de los ladrones, en el puerto final de los submarinos con las reliquias de los años del horror.

Envueltos en la pátina del tiempo y el olvido, entre las lajas de los cementerios y en las paredes de la cotidianidad, cientos de ellos intentaron ocultar sus crímenes en Latinoamérica y vivir tranquilos así los años finales de sus miserables vidas.

Por Liomán Lima
Periodista de la Redacción Centroamérica y Caribe de Prensa Latina.

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