Una mentira romántica
Le dije que había sido causa mi pelea con el carajete que la pretendía
Escrito por: MARIO EMILIO PÉREZ
Confieso que aunque no me había ocasionado ningún daño, me caía mal aquel muchacho que visitaba mi barrio en plan de enamorado de una hermosa damita de generosas y bien distribuidas carnes, residente en el sector.
El tipo era el clásico bromista, cuerdero impenitente, que gozaba haciendo sentir mal a sus interlocutores con frases y jueguitos pesados.
Una noche en la que nos enfrascamos en una discusión, en la que nos dijimos hasta del mal que íbamos a morir, como se dice popularmente, el fastidioso personaje me invitó a que nos emburujáramos a los puños.
Acepté el desafío por vergüenza, pese a que mi contrincante era de complexión robusta, y yo un mozalbete tan flaco, que “no daba sombra”.
En el lenguaje boxístico mi rival entraba en la categoría de los peso welter, y yo en la de los mosca.
Y  de no haber sido por la oportuna intervención de un cabo de la Marina que  nos separó, me hubiera provocado un nocaut, y no precisamente técnico. La atractiva doncella sucumbió ante el asedio al que la sometió el rústico jovenzuelo, lo que constituyó una nueva derrota para mí; y es  que ella me  gustaba tanto como un cocido de pata de vaca con garbanzos para finalizar una parranda, en mi etapa bohemia.
El romance terminó de forma violenta, debido a que en medio de una escena de celos, el iracundo machómetro le aplicó tremenda bofetada a su novia.
Al enterarme, visité a la muchacha, y entre otros temas, le mentí diciéndole que la pelea desigual que sostuve con su agresor se debió al dolor que me causó comprobar que aquel carajete estaba a punto de conquistarla, a pesar de que no la merecía.
Por vez primera disfruté el placer de que sus ojos me dispensaran miradas de ostensible agrado, y a partir de ese momento acogió con sonrisas y semblante ruborizado mis encendidos elogios.
Tuve que emplearme a fondo, dedicando varias semanas a un galanteo continuo de llamadas telefónicas y envío de cartas, para que accediera a abrirme el envanecido órgano de su sistema cardiovascular.
Pero sigo convencido de que valió la pena, porque fueron muchas las ocasiones en que los asientos traseros de los cines albergaron nuestros estrujantes besos y abrazos.

Por Domingo.com/la Revista

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