En 1945, las tropas soviéticas daban el golpe de gracia al Reich de Hitler y entraban en la capital alemana, Berlín. Pronto se les unieron soldados estadounidenses, británicos y Franceses. 

En un tiempo aliados en contra de Hitler, la Unión Soviética y Estados Unidos se encontraron cara a cara al final de la Segunda Guerra Mundial. En el panorama que se presentaba para la posguerra se erigía implacable la nube provocada por la explosión de la bomba atómica.


Un refugio nuclear 


Una enorme nube cubría los cielos, augurando un futuro sombrío para la humanidad. A mediados del siglo XX, dos superpotencias se preparaban para un conflicto que podría aniquilar a todos los seres vivos del planeta.


Llegaba la primavera y con ella una aparente calma, pero bajo la normalidad de un hotel estadounidense, se escondía un portón que comunicaba a un mundo subterráneo. Era el refugio que habían preparado para que usaran los legisladores de Estados Unidos si estallaba una guerra nuclear.


Allí se esconderían los representantes de los ciudadanos, ya muertos o moribundos.


Este grupo de políticos contaría con todo lo necesario para sobrevivir durante el invierno nuclear. Y, si algunos perdieran el control por los nervios, el orden se mantendría por la fuerza.


Para los habitantes del refugio, el mundo real se habría convertido en un mero recuerdo, en un mito. Los vivos envidiarían a los muertos.


El origen

En 1945, las tropas soviéticas daban el golpe de gracia al Reich de Hitler y entraban en la capital alemana, Berlín. Pronto se les unieron soldados estadounidenses, británicos y franceses. 


Oficialmente, Churchill, Stalin y Truman fueron los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, Stalin logró una conquista especial que no se podían atribuir los gobernantes de Gran Bretaña y Estados Unidos: la Unión Soviética había ampliado su influencia hacia Europa Central.


Los Tres Grandes celebraron una reunión en Potsdam, en las afueras de Berlín, donde acordaron el nuevo orden de la posguerra.


La Gran Bretaña de Winston Churchill estaba exhausta. Por su parte, Josif Stalin, líder supremo de la Unión Soviética, se encontraba ahora cara a cara con Harry S. Truman, trigésimo tercer presidente de Estados Unidos.


Tres meses después de la muerte del presidente Franklin Roosevelt, el ex comerciante de Missouri Harry Truman partió camino a Potsdam. Era su primera conferencia como jefe de Estado fuera de su país.


«Truman no estaba preparado para ocupar la presidencia en el sentido de que no lo habían informado con detalle de todo lo que ocurría», explica George Elsey, un asesor de Truman. «Sin embargo, como había sido senador durante diez años y, como presidente de una de las comisiones de guerra más importantes del Congreso, era consciente los problemas que un presidente tenía que afrontar».


Vladimir Yerofeyev, funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores soviético, recuerda que «Stalin llegó tarde a la conferencia. Tuvo una especie de ataque cardíaco. Llegó con un día de retraso. Visitó a Churchill y a Truman y se disculpó de inmediato por la tardanza».


La Unión Soviética quedó destrozada después de la guerra, pero Stalin no dejó de ser una figura imponente.


«Le dije: ‘Mariscal, debe ser una gran satisfacción para usted, después de pasar por tantas pruebas y por una tragedia tal, estar aquí en Berlín’», relata Averell Harriman, en esa época embajador estadounidense para la Unión Soviética. «Él me miró y contestó: ‘¡El zar Alejandro llegó a París!'».


¿Quería Stalin avanzar hacia el Atlántico? Su predecesor, Lenin, tenía la esperanza de que la revolución rusa originara una revolución comunista internacional. Fue después de la Primera Guerra Mundial, con el choque de las ideologías comunista y capitalista, cuando se originó la Guerra Fría.


El «socialismo» de Roosevelt

En 1919, el presidente Woodrow Wilson se embarcó en un viaje rumbo a la Conferencia Europea para la Paz, con su consigna que abogaba por un mundo mejor: seguro para países pequeños, sólido para el comercio.


Sin embargo, su acuerdo de paz, excluía a la Rusia bolchevique.


Muchos países, entre ellos Estados Unidos y Gran Bretaña, enviaron tropas para luchar contra la Revolución Rusa. Alentado por su victoria sobre Alemania, Churchill instaba combatir a los bolcheviques, abrazando a los alemanes. 


La intervención convenció a Lenin y Stalin de que Occidente se valdría de cualquier oportunidad y se aliaría con cualquiera para destruir al comunismo.


«Me incorporé a la Guerra Civil como ‘hijo del regimiento’. Eramos muchachos jóvenes. Sabíamos que estábamos luchando por el pueblo, por los pobres», dice David Ortenberg, un voluntario del Ejército Rojo.


El Ejército Rojo contaba con amplio respaldo. Las tropas extranjeras se retiraron pronto. Los bolcheviques rojos vencieron a los blancos, sus enemigos en Rusia.


«Los guardias blancos que salieron de Rusia nos rodearon», recuerda Iván Legchilin, un residente de Briansk. «Pasamos hambre. En esa época, las salchichas se hacían de carne humana».


En Rusia, después de la Guerra Civil, se produjo una hambruna. Los bolcheviques, vencedores, se aislaron del resto del mundo para fortalecer la economía nacional.


Estados Unidos también se encerró en sí mismo. La gente quería vivir bien, sin problemas con lo que ocurriera en otros países. Eran los felices años 20. Pero en 1929, la Gran Depresión lo cambió todo. De repente, millones de ciudadanos del país más rico del mundo se vieron en la indigencia. La política estadounidense entonces se inclinó hacia la izquierda.


En 1933, Franklin Delano Roosevelt se convirtió en presidente, y prometió un «New Deal» (Nuevo Trato) para los estadounidenses.


Roosevelt decía que administraría el capitalismo en beneficio del pueblo y, en un cambio de política, reconoció la existencia de la Unión Soviética.


«Debemos recordar que hacía como 16 años que no teníamos ninguna representación en Rusia», señala George Kennan, ex funcionario del Departamento de Estado. «No había relaciones diplomáticas entre los dos países. Roosevelt intentó poner fin al estancamiento».


El impulso industrial que Stalin había iniciado en su país atrajo a expertos estadounidenses. Algunos incluso se mudaban a Rusia con sus familias.


Mientras la mano de obra soviética construía diques y alimentaba calderas, varias empresas de Estados Unidos enviaron ingenieros especializados para coordinar a los obreros soviéticos.


La ideología no preocupaba a estos profesionales porque, a diferencia de los rusos, tenían la libertad de salir del país cuando quisieran.


Régimen del terror

Stalin instituyó un nuevo plan económico: las tierras privadas pasaron a ser propiedad colectiva. Pero el precio de la colectivización fue muy alto: millones de campesinos fueron asesinados y se registró otra hambruna. Sin embargo, la verdad permaneció oculta.


«La gente no se enteraba de todo lo malo que estaba ocurriendo», dice Ortenberg. «Los que sabían la verdad callaban. Sabían que si decían algo los arrestarían y ejecutarían. Era un régimen de terror».


Era el socialismo en un solo país, el socialismo autárquico. 


En diez años, se duplicó la producción de la industria pesada.


«Stalin creía que, para obtener el apoyo del pueblo a sus políticas, que eran muy duras, tenía que convencer a mucha gente, a los ciudadanos comunes y a los miembros del partido de que Rusia se enfrentaba a una conspiración por parte de las principales potencias capitalistas», señala Kennan. «Decía que esos países pretendían socavar al gobierno soviético a través del espionaje».


Los ex camaradas de Lenin confesaron crímenes que no habían cometido. Durante los juicios-espectáculo contra los leninistas que se celebraron durante los años 30 en Moscú, Andrei Vyshinski, el fiscal jefe, declaró: «La máscara de la traición ha sido arrancada de sus rostros. Que vuestro veredicto retumbe cual trueno purificador del castigo soviético».


«Yo los veía allí», dice Kennan, entonces destinado a la embajada en Moscú, «estaban pálidos, les temblaban los labios, bajaban los ojos. Eran los rostros de hombres que habían sido si no torturados, al menos aterrorizados, a menudo con amenazas de tomar represalias contra sus familias a menos que confesaran».


Los juicios de Moscú destruyeron la fachada de Stalin. Ahora el mundo veía a la Unión Soviética como un Estado represor y no como el paraíso de los trabajadores.


Sin embargo, en Estados Unidos, entre otros países, muchos se mantuvieron leales al sueño comunista. En la década de 1930, Moscú pidió la formación de un Frente Popular de la izquierda contra Hitler y el fascismo.


La lucha contra el fascismo se convirtió en el objetivo común de los socialistas y comunistas. Y en ese momento, se reprimieron las dudas respecto a Stalin.


Avanza el fascismo

En España, voluntarios de todo el mundo se unieron para hacer frente al alzamiento fascista del general Francisco Franco, armado por Mussolini y Hitler.


En Alemania, los nazis volvían a armarse. Hitler no ocultaba su deseo de dominar Europa e incluso el mundo entero.


Mientras, en Estados Unidos, Roosevelt quería mantenerse al margen de cualquier guerra en Europa. Su política la resumió al afirmar que «pase lo que pase en otros continentes, Estados Unidos debe y ha de mantenerse como lo quiso el padre de nuestro país: independiente y libre».


El entonces primer ministro de Gran Bretaña, Neville Chamberlain, confiaba en que Hitler entraría en razón.


«Cuando era pequeño, solía repetir: ‘Si no logro algo la primera vez, lo vuelvo a intentar hasta que lo consiga'», señaló Chamberlain.


En septiembre de 1938, Chamberlain viajó a Munich. La guerra parecía inminente. Alemania se preparaba para invadir Checoslovaquia. Sin embargo, Chamberlain estaba decidido a apaciguar a Hitler.


En Munich, Gran Bretaña, Francia e Italia autorizaron a Hitler a anexionarse la región de los Sudetes, perteneciente a Checoslovaquia, donde los alemanes eran un grupo minoritario. Sus aliados habían abandonado a Checoslovaquia.


En Moscú, Stalin había sacado sus propias conclusiones de la cumbre de Munich: las democracias de Occidente jamás se opondrían a Hitler. Por eso buscó una solución diplomática. Los archienemigos fascistas y comunistas estaban a punto de abrazarse.


Hitler envió a su ministro de Relaciones Exteriores, Joaquim von Ribbentrop, a Moscú. Allí, firmó el pacto nazi-soviético junto su homólogo soviético, Mijailovich Molotov. Occidente se indignó.


«Después de la firma del pacto, oí decir a Stalin de sus propios labios… — solía venir a mi casa –. Dijo : ‘Necesitamos ganar tiempo, al menos dos años. Eso es imprescindible para que la Unión Soviética pueda defenderse de Alemania», afirma Sergo Beria, hijo del director de la policía secreta soviética.


Estalla la guerra

En septiembre de 1939, Hitler invadía Polonia 


Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a los agresores, pero era demasiado tarde para salvar Polonia: el país fue derrotado y avasallado. Alemania por el oeste y Rusia por el este la habían aplastado. 


La ocupación comunista de Polonia oriental quedó a cargo de Nikita Jruschov. Las tropas rusas estaban conquistando provincias que habían pertenecido a los zares.


Con el pacto firmado entre los nazis y los comunistas, Stalin se vio en libertad para anexionarse Lituania, Letonia y Estonia. Las tres regiones bálticas volvían a estar bajo el dominio ruso, como había ocurrido durante buena parte del siglo XVIII. 


Para entonces, Stalin ya había enfurecido al mundo con la invasión de Finlandia.


«La Unión Soviética es una dictadura», dijo Roosevelt en un discurso pronunciado en 1940. «Es una dictadura tan absoluta como cualquiera del mundo. Se ha aliado con otra dictadura y ha invadido a un vecino tan pequeño que sería imposible que representara amenaza alguna para la Unión Soviética».


En 1940, Hitler pasó al ataque contra Occidente. A mediados de 1941, ya había conquistado Francia, Bélgica, Holanda, Noruega, Dinamarca, Yugoslavia y Grecia.


La Gran Bretaña de Churchill resistía sola.


El 22 de junio de 1941, Adolfo Hitler invadió la Unión Soviética. Fue una fecha histórica.


Hitler pretendía obtener una inmensa colonia para Alemania. Paradójicamente, gracias a la campaña de Hitler la Unión Soviética ampliaría su poder hasta el corazón de Europa sólo cuatro años después.


A medida que avanzaban los tanques nazis, comenzaban a dibujarse los contornos de la Guerra Fría. 


Por su parte, y ante la ofensiva alemana, el Ejército Rojo emprendió la retirada.


«Mi madre me dijo: ‘Ve con los soldados’», recuerda Luibov Kozinchenko, un voluntario del Ejército Rojo. «Los soldados se estaban retirando, heridos, cubiertos de sangre. Y yo sólo tenía mi abrigo y mis zapatos».


Con la derrota, los ciudadanos soviéticos se unieron. De manera sorprendente, la Unión Soviética ganó simpatizantes en el exterior.


«A pesar de su postura antisoviética, Churchill acogió de inmediato a la Rusia de Stalin como aliada. A sus amigos les dijo que se habría aliado con el mismo diablo si hubiera sido necesario para vencer a Hitler», afirma sir Frank Roberts, diplomático británico.


Entra Japón

En un discurso pronunciado en 1941 ante del Congreso de su país, Roosevelt dijo: «Estados Unidos sufrió un ataque repentino y deliberado por parte de la armada y la fuerza aérea del Imperio de Japón. Independientemente del tiempo que nos tome recuperarnos de esta invasión premeditada, el pueblo estadounidense, con su fuerza y virtud, logrará la victoria absoluta».


Estados Unidos declaró la guerra a Japón. Pocos días después, con el ejército alemán (el Wehrmacht) a las puertas de Moscú, Hitler declaró la guerra a Estados Unidos, de modo que Washington se alió con la Unión Soviética.


Las fuerzas alemanas no lograron tomar Moscú. Stalin hizo la siguiente declaración pública: «Personas con la moral de animales tienen el atrevimiento de exigir el aniquilamiento de la nación rusa. Los alemanes quieren ganar una guerra por aniquilación. Muy bien, si los alemanes quieren una guerra de aniquilación, eso obtendrán».


Stalin ya planificaba más allá de la victoria. A Gran Bretaña le dijo que, después de la guerra, la Unión Soviética debería incluir los estados bálticos y parte de Polonia.


«Cuando fui a Moscú con Anthony Eden en diciembre de 1941, los alemanes estaban a sólo 19 kilómetros de nosotros», relata Roberts. «Lo primero que dijo Stalin en aquella reunión fue: ‘Señor Eden, quiero que me garantice que, cuando termine la guerra, usted apoyará mi justificado reclamo territorial’». 


Según Roberts, «Eden quedó muy sorprendido. Dijo: ‘¿No deberíamos estar pensando en cómo ganar esta guerra?’. ‘No’, respondió Stalin. ‘Quiero dejar esto bien claro desde un principio’. Así que, obviamente, Eden tuvo que decir que no contaba con la autoridad para decidir cómo terminaría la guerra».


Estados Unidos proporcionó principalmente armas y vehículos a la Unión Soviética. Stalin pedía más. Solicitaba a los aliados un segundo frente occidental para aliviar el sufrimiento de los soviéticos.


«Vi las atrocidades. Oí los ruidos de la guerra», dice Yevgeni Jaldei, que fue fotógrafo del Ejército Rojo». Aunque hayan pasado 50 años, sigo escuchando los ruidos de la guerra: los disparos, las bombas, los gritos de la gente, el llanto de las mujeres».


Durante seis meses, Stalingrado fue un campo de batalla. Hitler envió 500.000 efectivos. Al cabo, los alemanes terminaron rodeados y tuvieron que rendirse. La situación, entonces, comenzó a cambiar.


En Occidente, la opinión pública aplaudía al Ejército Rojo, su aliado.


El vicepresidente de Estados Unidos, Henry Wallace, reconoció entonces: «Hasta la fecha, en la lucha por nuestra causa común, los rusos han perdido, entre muertos, heridos y desaparecidos, al menos un 50 por ciento más que todos los aliados europeos juntos. Además, han matado, herido y capturado al menos 20 veces más alemanes que los demás aliados».


Los nazis intentaron dividir a los aliados. En Katín, en el oeste de Rusia, desenterraron los cuerpos de más de 4.000 oficiales polacos. Alemania anunció que los oficiales habían sido asesinados por las fuerzas de seguridad soviéticas en 1940. 


Más adelante, se descubrió que la acusación tenía fundamento, pero en su momento Gran Bretaña y Estados Unidos hicieron caso omiso de la noticia.


Conferencia en Teherán

En 1943, con la alianza aún intacta, los Tres Grandes organizaron una reunión en Teherán, capital de lo que entonces se denominaba Persia.


«Me llamaron a Teherán para ayudar a preparar la conferencia. El señor Roosevelt participaría. Le pusimos un nombre en código. Llamé al aeródromo y hablé con el almirante (William) Leahy. Le pregunté si vendrían. Me contestó: ‘No, no iremos. Iremos a la misión estadounidense’. Cuando se lo dije a Molotov, pensé que me mataría», dice Zoya Zarubina, que pertenecía a los servicios de Inteligencia soviéticos.


Según Zarubina, cuando Molotov se enteró de la negativa de Leahy, emisario de Roosevelt, «(Molotov) me dijo todos los improperios que he escuchado en mi vida. Me gritó: ‘¿Quién diablos es usted? ¿Cómo llegó aquí? ¿Qué sabe usted? ¿Qué le diré a Stalin?»


Stalin convenció a Roosevelt de que estaría más seguro en la residencia del embajador soviético. El edificio había sido preparado… con micrófonos ocultos.


«Stalin me dijo que la tarea que encomendaría a nuestro grupo no era muy atractiva desde el punto de vista ético», recuerda Sergo Beria, que también formó parte de la inteligencia soviética. Sin embargo, la situación de la Unión Soviética era tan delicada que necesitábamos saber qué pensaban nuestros aliados».


«Stalin tenía mucha habilidad para tratar con Roosevelt y Churchill», afirma Roberts. Incluso Churchill comenzó a tenerle simpatía y a llamarlo ‘Tío Joe’, un término afectuoso. Ambos creían que, si lo trataban como correspondía… Decían: ‘Si tratamos al ‘Tío Joe’ como si fuese socio de nuestro club, tal vez algún día se comporte como tal’».


«Todas las mañanas, a las 8, iba a ver a Stalin», señala Beria. «Le llevaba las transcripciones en ruso e inglés. Stalin pasaba aproximadamente una hora estudiando minuciosamente todas las conversaciones de Roosevelt».


Por su parte, Kennan mantiene que «Roosevelt era incapaz de concebir la existencia de un hombre tan injusto y con semejante capacidad estratégica como lo fue Stalin. Jamás había conocido a nadie así. Stalin era un actor sobresaliente : tranquilo, afable, razonable. Todos se fueron de allí pensando que Stalin era un excelente líder».


Los aliados acordaron que la Europa de la posguerra sería una zona de influencia soviética. Stalin se anexionaría a Polonia oriental. Como compensación, los polacos recibirían parte de Alemania oriental. Polonia no tuvo voz en la decisión.


Los Tres Grandes se dispusieron a trazar el futuro del mundo.


El reparto de Europa

El 6 de junio de 1944 fue el Día D: la mayor invasión por mar de la historia. 


Las tropas aliadas desembarcaron en Normandía, Francia.


Stalin venía pidiendo ayuda en este frente. En el primer frente, al este, seguía avanzando el ejército soviético.


Los medios de comunicación relataban entonces cómo los nazis, a medida que se retiraban de Rusia, destruían las vías del tren, mientras la bandera soviética ondulaba triunfante en Sarni, Tarnapol y Odessa.


Cuando el Ejército Rojo se acercaba a Varsovia, la Resistencia polaca se apoderó de la ciudad. Los polacos deseaban liberarse solos y enfrentar a Stalin como país independiente.


«El ejército polaco se propuso tomar Varsovia después de la partida de los alemanes y antes de la llegada de los rusos», dice Roberts. «Los rusos mismos los habían alentado. Luego, el ejército ruso se detuvo en el Vístula».


Stalin adujo que su ejército necesitaba hacer una pausa en las afueras de Varsovia para reorganizarse. Los alemanes contraatacaron.


«Los combatientes polacos fueron abandonados por los rusos, que estaban esperando del otro lado del río y podrían haber ido a ayudar sin dificultades», dice George Kennan, destinado entonces a la embajada de Estados Unidos en Moscú. «Por varios motivos creo que, en ese momento, Estados Unidos debería haber cambiado de política».


Los polacos resistieron solos frente a los alemanes durante 63 días. Cuando Varsovia cayó destruida, Polonia culpó a la Unión Soviética. Entonces, con Polonia bajo ocupación soviética, Churchill y Stalin se sentaron a negociar en Moscú.


Una noche, Churchill garabateó una fórmula para dividir Europa:


– Rumania: 90 por ciento de influencia soviética


– Grecia: 90 por ciento de influencia británica y estadounidense.


– Yugoslavia y Hungría: mitad y mitad.


– Bulgaria: 75 por ciento de influencia rusa


Stalin aprobó el acuerdo. Entonces, Churchill se preguntó en alto si debía romper la nota, pero Stalin le dijo: «¡No, guárdala!».


Conferencia de Yalta

Al final la reunión se celebró en Yalta, en la costa sur de la península de Crimea. Churchill había insistido en que la siguiente reunión de los Tres Grandes se realizara en Occidente, pero Stalin insistió en que fuera en la Unión Soviética.


«Stalin quería complacerlos», dice Zarubina. «Recuerdo cómo tuvo que esforzarse la gente en medio de la destrucción. Obtuvieron cristalería, servilletas blancas, manteles y muebles. Un día, el señor Winston Churchill dijo: ‘¡Cómo me gustaría tener limón para ponerle a mi gin tonic!’. Al día siguiente, encontraron un limonero».


El viaje fue un tormento para Roosevelt, agobiado por la poliomielitis y las exigencias de la guerra.


Reunidos en lo que había sido el palacio del zar, los líderes afrontaban un temario difícil. Debían decidir cómo gobernar una Alemania derrotada y definir la situación de Polonia.


«Europa oriental, aunque importante, era sólo uno más entre muchos asuntos: primero había que ganar la guerra y ocupar Alemania. En segundo lugar, tenían que vencer a Japón. Y luego, estaban los arreglos para la posguerra», afirma Roberts, que formó parte de la delegación británica a Yalta.


Para Hugh Lunghi, que también integraba la delegación británica, Stalin tenía una visión muy clara de la situación. «Stalin sabía que había ganado la guerra», dice Lunghi. «Los rusos estaban a sólo 60 kilómetros de Berlín. Estaban a punto de tomar Budapest. Ya se había apoderado de parte de Europa oriental, pero no de toda la región».


«Era un negociador muy perspicaz», sostiene Zarubina. «No miraba a la gente a los ojos. Sólo fumaba (fumaba mucho) como distraído y uno pensaba que no estaba prestando atención. Pero, de repente, levantaba el dedo y decía: ‘¡Ah!’».


Para Lunghi, Roosevelt cometió una gran equivocación: «Para congraciarse con Stalin, Roosevelt cometió el craso error al hacer hincapié en las diferencias entre Churchill y él. Así, le dejó bien claro a Stalin que tenían diferencias reales además de las imaginarias».


«Claro que, para nosotros», dice Roberts, «lo primordial era el futuro de Europa oriental, principalmente Polonia. En ese sentido, Stalin se saldría con la suya porque el Ejército Rojo había ocupado toda la zona, incluida Polonia». Para la conferencia de Yalta, los rusos ya habían alcanzado Alemania después de cruzar por Polonia.


En ese momento, los Balcanes y la mayor parte de Polonia, así como Checoslovaquia y Hungría, estaban bajo ocupación soviética. La teoría diplomática no podía cambiar la realidad de la guerra.


«En Yalta, firmamos dos documentos diplomáticos totalmente satisfactorios en teoría», señala Roberts. «Se formaría un gobierno de coalición en Polonia con representantes de Occidente y se llevarían a cabo elecciones libres. Luego, había una declaración para toda Europa oriental llamada ‘Declaración sobre la Europa Liberada’, según la cual Europa se reconstruiría con base en la democracia, elecciones libres y todo lo demás. Eran términos que los rusos utilizaron pero que interpretaron de manera diferente».


Stalin prometió que habría elecciones libres y justas en Polonia. Los demás, cansados de discutir, aceptaron su palabra. Los aliados gobernarían Alemania de manera conjunta. Además, Stalin se comprometió en secreto a atacar a Japón. Churchill se sentía seguro.


El primer ministro británico, en su despedida de la conferencia, pronunció las siguientes palabras como balance de Yalta: «Nos hemos comprometido a cooperar para asegurar que haya cada vez más felicidad y prosperidad para los pueblos de todos los países, que ya no están sujetos a las penurias de la guerra. Estas son las perspectivas que tenemos a nuestro alcance».


El avance hasta Berlín

El presidente Franklin Roosevelt murió en 1945, cuando aún se libraban las últimas batallas en Europa. Las tropas estadounidenses tomaban ciudades alemanas sin encontrar ninguna resistencia.


«Se alegraban al ver a las tropas estadounidenses porque temían una ocupación rusa», afirma Al Aronson, que participó en la misión en Alemania como miembro de la División 69 de la Infantería de Estados Unidos.


Al avanzar, los aliados entendieron cabalmente el horror de los crímenes cometidos por los alemanes. Los judíos habían sido el blanco especial de los nazis. Todas las naciones lloraban por sus hijos, muchos de ellos enterrados en fosas comunes.


El temor al resurgimiento de Alemania dominó el primer año de paz. 


Poco después, las tropas soviéticas y estadounidenses se encontrarían en Alemania.


«Un día, nuestro teniente nos dijo que quería reunir una patrulla para buscar a unos rusos», recuerda Aronson. «Ninguno de nosotros estaba ansioso por participar en esa patrulla porque sabíamos que la guerra estaba por terminar y no sabíamos qué encontraríamos. Pensábamos: ‘Si hemos sobrevivido hasta ahora, ¿por qué arriesgarnos en este momento?’».


Jim Kane también formaba parte de la División 69, y recuerda que avanzaban sin resistencia. «Todos estaban retrocediendo y rindiéndose», dice. «Tuvimos suerte, supongo. Llegamos al río Elba y vimos a los rusos del otro lado».


Y al otro lado, estaba Luibov Kozinchenko, de la División 58 del Ejército Rojo. Kozinchenko recuerda el momento en que vieron a los estadounidenses: «Le dije a mi amiga: ‘Tú quédate allí y yo me pongo aquí’. Esperamos que llegaran a la ribera. Les veíamos los rostros. Se veían como personas comunes. Imaginábamos que serían diferentes. ¡Eran estadounidenses!».


«No sabíamos qué esperar de los rusos», dice Aronson, «pero, cuando los vimos, era imposible distinguirlos de nosotros. Si se pusieran nuestros uniformes, parecerían estadounidenses».


«Creo que, para nosotros, la guerra había terminado» dice Alexander Gordeyev, también de la División 58. «Nos lavamos los pies en el Elba. Nos lavamos el rostro y las manos. Pensábamos que, como habían llegado los estadounidenses, la guerra había llegado a su fin».


Los aliados acordaron que la captura de Berlín quedaría en manos de la Unión Soviética.


Las Naciones Unidas

En abril de 1945, el Ejército Rojo lanzó su ofensiva final contra Berlín. La guerra había costado 27 millones de vidas a la Unión Soviética — casi 40 veces más que el total de bajas sufridas por Estados Unidos y Gran Bretaña.


La bandera roja que ondeó sobre el Reichstag fue una improvisación.


«Utilizamos manteles», dice Jaldei, el fotógrafo del Ejército Rojo. «Una noche, ayudé a un amigo, un sastre judío, a coserlos para confeccionar tres banderas. Las llevamos a Berlín. Allí, encontré tres soldados que subieron a la azotea conmigo. La primera fotografía que saqué fue de la bandera que llevé de Moscú, la bandera soviética ondeando sobre Berlín».


Mientras el Reich de Hitler se desmoronaba, cientos de personas se reunieron en San Francisco para fundar la Organización de las Naciones Unidas.


La delegación soviética estuvo presidida por el hombre que había firmado el pacto con Hitler: Molotov.


«Molotov estaba muy nervioso porque sentía que la guerra estaba por terminar, se aproximaba la victoria y él estaba en Estados Unidos», señala Vladimir Yerofeyev, miembro de la delegación soviética a San Francisco. «Por eso, todos los días, le enviaba telegramas a Stalin preguntando: ‘¿Cuándo puedo regresar?’».


Durante la conferencia de San Francisco, llegó la noticia de la rendición de Alemania.


Con el final de los combates, las fuerzas soviéticas habían dividido Europa en dos, con una línea que iba desde el Báltico hasta el Adriático.


Mientras, en el Pacífico, continuaba la guerra. Los infantes de marina estadounidenses habían tomado la isla japonesa de Iwo Shima. Más adelante entenderían que aquello fue el preludio de una difícil campaña: la invasión final de Japón.


La tercera cumbre de los Aliados se realizó en Potsdam, en la Alemania conquistada.


«La actitud de Washington hacia la Unión Soviética había comenzado a cambiar mucho antes de la cumbre de Potsdam», mantiene George Elsey, asesor del presidente Truman. «Ya se vislumbraba una tormenta».


«Truman declaró oficialmente que algunos países no estaban poniendo en práctica la declaración de Yalta sobre Europa. Se estaban creando gobiernos que Estados Unidos no reconocería», dice Yerofeyev.


Para Lunghi, «la conferencia de Postdam fue la conferencia del mal humor porque, a excepción de los actos ceremoniales, estuvo marcada por mucho mal humor».


Bombas atómicas

A los aliados les resultó difícil llegar a un entendimiento sobre un tratado de paz para Alemania y para la puesta en práctica de los acuerdos de Yalta. Stalin confirmó que sus tropas estaban listas para la guerra contra Japón. Sin embargo, el día anterior a la conferencia, Estados Unidos había probado una bomba atómica.


Según Elsey, «tras consultar a los británicos y a sus propios asesores militares, el presidente Truman decidió decirle a Stalin que teníamos una nueva arma muy poderosa, sin especificar que se trataba de un arma nuclear».


«Truman repitió lo que había dicho sobre la nueva arma», afirma Yerofeyev. «Creyó que Stalin no lo había escuchado o que no había entendido. Stalin dijo: ‘Muy bien. Gracias por la información’».


Elsey recuerda la confusión: «A los estadounidenses no les quedaba claro si Stalin había entendido lo que dijo Truman. Más adelante, nos enteramos de que sabían perfectamente de qué se trataba el proyecto Manhattan gracias a sus espías».


Durante la conferencia, se supo también que Clement Attlee había sido elegido primer ministro de Gran Bretaña.


«Me dio la impresión de que lo que impactó más a Molotov y Stalin no fue la explosión de la bomba, sino el hecho de que Churchill no fuera reelegido en Inglaterra», dice Yerofeyev.


La conferencia terminó el 2 de agosto y los jefes de Estado regresaron a sus países.


Cuatro días después, Estados Unidos lanzó la bomba atómica en Hiroshima; tres días más tarde, una segunda bomba en Nagasaki.


No faltaba mucho para que la raza humana tuviera la capacidad de autodestruirse en un solo día. 


A partir de entonces, en cada crisis de la Guerra Fría, la amenaza nuclear volvió a cernirse sobre la humanidad.


Tomado de la página de Fernado Rojas:http://iesfernandoderojas.centros.educa.jcyl.es/sitio/


Por Domingo.com/la Revista

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