El fracaso del capitalismo inorgánico
Ignacio Nova
ignnova1@yahoo.com
Desde 1998 las naciones desarrolladas caen en una crisis económica que más tarde mostró su primer rostro: el inmobiliario.
Aunque hacia ella arrastra a todas las naciones, a ocultarla contribuyeron los atentados terroristas del 9 de septiembre del 2001 y las consecuentes guerras de Irak y del Medio Oriente. En el afán de recuperación, dólar, nuevos mercados y petróleo definieron nuevas interrelaciones.
Deseaba ser vista como la madre de las crisis vividas. De la interconexión económica global obtiene su carácter epidémico. Se declara como mal endémico y cíclico del sistema y, por demás, bien encadenado; portadora de un efecto dominó que se derrama en todas direcciones, cruza fronteras y océanos otrora creídos a resguardo en la forma más angelical y sutil imaginable: en flujos electromagnéticos, ondas de radio y fibra óptica. El súmmum de lo inofensivo.
En cada lugar declaró un correlato con los sistemas financieros. Sonriente tocó las puertas de los bancos y entró acompañada de escándalos, ilegalidades y fraudes novelescos y fabulosos. Ensayó en el tercer mundo, se asoleó en algunas islas, tocó Estados Unidos y empezó un recorrido continuo hacia las bolsas y el globo: de Asia a América; de América a EuropaÖ Deshaciendo en un instante fortunas y el prestigio ganado durante milenios por países considerados cuna de las civilizaciones, como Grecia. Al avanzar advertía: Caerán todos bajo mi imperio. Ahora sobrevuela sobre Europa.
Según informes económicos recientes, lanzados a desempeñar sus roles en la contienda electoral de Estados Unidos, esta crisis se cierne sobre la producción las manufacturas.
Allí, desde fines de los ¥90s, el nacionalismo reclama una oportunidad para la producción doméstica, altar de las clases medias. Para los teóricos de la globalización, es una paradoja porque manufactura es el nivel inicial del capitalismo. Esa “vuelta al origen” no se debería desear en la más desarrollada potencia tecnológica. Es como si Neil Amstrong dijera “Bájese de esa luna”, señora Economía.
Aunque sean producidas por tecnologías de punta, parecen retener la esencia prístina del capitalismo. Una imagen que la excéntrica y portentosa tecnología actual, capaz de ir de polo a polo en milisegundos, considera un anacronismo, ineficiente, superado. Como en todas las familias, incluyendo la formada por las etapas del capitalismo, las tecnologías de punta soslayan las calidades, rentabilidad y operatividad de las tecnologías del pasado como las manufacturas. ¡Y las clases medias las ven como esperanza! ¡Miles de millones de personas viven en “el pasado”!, grita la experiencia, desde el tiempo relativo de Einstein.
Las manufacturas sobreviven y desean seguir sobreviviendo en la era digital. Como las minorías: por la compasión promovida por las prédicas de Jacques-Yves Cousteau y Claude Levy-Strauss. Ellos difundieron el conservacionismo a favor de culturas, saberes, producción y tecnologías del pasado, “inútiles” hoy, puestos al borde de la extinción por el capitalismo post industrial y la digitalización.
No es un capitalismo tan moderno el que vive la mayoría de la población del mundo. No poseen acceso a las tecnologías ni consumen la calidad sofisticada de los productos exhibidos en los anaqueles digitales. Por eso la manufactura retiene su capacidad de generar riquezas menos poéticas que las de nuestro Banco Central. En los países desarrollados, su aprecio es nostalgia de los pequeños capitales al derecho a producir y a prosperar. Su peso en la estructura productiva y tecnológica la grafican millardos de máquinas de coser de los sesenta-ochentas cosiendo los cientos de miles de millones de piezas de vestir que China exporta al mundo. Es este “capitalismo inicial” lo que da carácter de híper economía a esa nación. Un capitalismo “del pasado” es socialmente sostenible y rentable. En Estados Unidos las clases medias desean incrementarlo. Sólo por eso, invocar el balance peligroso de las manufacturas sirve a la política. Es una crítica y, a la vez, una esperanza en torno a la gestión del Presidente Obama.
Pero la merma productiva también toca a China y a Europa. En Estados Unidos es mejor su desenvolvimiento. El tema tendrá consecuencias electorales inmediatas. Es referente obligado para hablar de sistemas e ideologías político-sociales sin marginar los fenómenos económicos y productivos.
El tema advierte que la política como poesía no procede. Menos como engaño. Como esquema subsumido bajo el capital financiero, colapsa. Y con él, todo el sistema. Eso no puede metaforizarse. Ni ocultarse bajo visiones monetaristas. Sin productividad, no se recompondrá el sistema. Menos bajo el entorno de estados pseudo protectores que desestiman decisiones económicas y técnicas a favor de otras, de orden electoralista. Se trata de la política de la peor estirpe: la que fomenta el clientelismo populista.
La recomposición de las manufacturas dará contenido económico a la democracia. Donde la producción interna colapsa, la democracia enferma. En venganza, el “financierismo” deviene en parásito del Estado. Especialmente donde el imperativo monetario prima sobre la realidad de la producción de las riquezas.
El principal efecto, demoledor e irrebatible por demás, está a la vista: las manufacturas, fuente originaria del capitalismo, sostienen el incremento de la capacidad de compra de las poblaciones. Esa es la garantía existencial del sistema. Una economía de la mera interconexión no propicia la generación de riquezas con amplias bases sociales. En otras palabras: la explotación capitalista no puede ser elitista.
Teóricamente, pues, sería otro capitalismo, insostenible. Vendría de crisis en crisis, como viene, desde Estados Unidos a la China. De naciones (USA y Japón) que ostentan la modalidad productiva de la postmodernidad (informática, comunicaciones tele satelitales y robótica: aplicaciones prácticas de la nanotecnología) a su opuesto, (China) este capitalismo reclama bienes de consumo “tangibles”, basados en tecnologías del pasado, asequibles, disponibles. ¡Para incrementar el índice de las manufacturas!
La capacidad del capitalismo postindustrial de generar productos y servicios novedosos, con vínculos profundos y troncales con las necesidades básicas de la humanidad, es impresionante. Esto lo grafica el platanero haitiano portando un celular en tanto empuja su triciclo. El beneficio del día satisface su necesidad ódevenida en apremianteó de comunicación y evasión de su condición de marginalidad. Es un sarcasmo. El consumo “tecnológico” en la “canasta familiar” deja menos para satisfacer las necesidades reales de supervivencia, reproducción y formación de la mano de obra. Atenta contra la calidad de vida.
Es la crisis de lo virtual como necesidad de primer orden. Y del capitalismo entendido como nube. Pero algo tan real como un sistema económico no se estabiliza con flujos electromagnéticos, redes sociales, virtualidad ni historias radiodifundidas por la televisión por cable. La economía no es un cuento. Es una realidad. Y la realidad siempre se impone.

Por Domingo.com/la Revista

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