El gran asalto al The Royal Bank of Canadá 

Cómo si fuera una súper producción cinematográfica a la que nos tiene acostumbrados Hollywood. El 6 de noviembre de 1954 el país era sacudido con la noticia del asalto sangriento a la sucursal del banco Royal Bank de Santiago de los 30 caballeros.
Una partida de atracadores, mata a dos empleados, hieren al subgerente dejándolo como muerto, roban casi $150,000 pesos de la época y…para colmo, dejan encerrados al borde de la asfixia en la estrecha bóveda a un empleado del banco.
El asalto planificado en Santo Domingo donde previamente se había matado a un cabo y un raso de la Policía Nacional para apoderarse de sus pistolas.
La pandilla que era liderada por Eudes Bruno Maldonado Díaz; quién se dice practicaba la hechicería (brujería), pero que, además, tenía un largo historiar como fullero, bisexual, tramposo, buscapleitos, y un largo etc. Se presentó a la sucursal junto a un grupo de delincuentes dizque a realizar una “investigación de parte de un coronel”.
Dicho asalto algo insólito nunca ocurrido en el país fue considerado como una burla a la seguridad del régimen de Trujillo.
Si tan real y sangriento fue aquel asalto mucho más estremecedores fueron los acontecimientos posteriores.
Luego de capturados por el ejercito a los pocos días. En la República Dominicana no hay pena de muerte, así que se celebró un juicio público el día 14 de diciembre de ese mismo año, y fueron condenados a 30 años (aun en la actualidad es la pena máxima) al jefe y a 6 de los atracadores, y a 20 años otros cinco; pero al día siguiente fueron llevados a las plantaciones de El Sisal, de Azua, la Isla Beata, los campos arroceros de El Pozo y El Factor, en la entonces provincia Julia Molina, de donde diez de ellos “Intentaron escapar” fueron muertos por los guardias encargados de su custodia.
La reacción provocada por estas muertes fue tal, que de pronto sus inmediaciones empezaron a poblarse y en pocos momentos se vieron colmadas por un público que sin atreverse a entrar, se resistía a retirarse, incrédulo y aterrorizado… Entonces apareció un coronel, se detuvo en la puerta de entrada y desde allí invitaba a la multitud aglomerada: “vengan, entren, vean lo que pasó. Trataron de huir pero no quedó ni uno vivo. Todos murieron”.

Por Domingo.com/la Revista

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