Caminar por aceras es uno de los grandes alicientes que ofrecen las ciudades que más turistas reciben.

Deambular mirando escaparates, sentarse en las terrazas y ver pasar la vida de sus vecinos, desde el bienestar que produce saberse de vacaciones es uno de los atractivos de las ciudades. Aquí, por mucho que nos esforcemos en conseguir que Santo Domingo sea un punto turístico interesante, eso es imposible.

No hay aceras. Las que hay, tienen hoyos por los que se caen las personas (literalmente) y se acumula la basura. Las aceras vertebran la vida del vecindario, su comercio, sus puntos de encuentro. Pero aquí, cuando no están rotas, están ocupadas por los vehículos que se encaraman desafiantes empujando a los peatones al tráfico.

Las nuevas torres han terminado de tragarse los pocos metros de acera que había. O los restaurantes y comercios que hacen de las aceras su parqueo (organizado con servicio de valet parking, para que no quede duda de quién es el dueño del uso).

Una ciudad sin peatones es una ciudad muerta. Los pasos de cebra son los parqueos preferidos de los taxis, y las isletas de zona verde, el parqueo elegido por los que van a llevar a los niños al colegio o hacer ejercicio a gimnasios y parques (parece que no pueden caminar 20 metros antes de ir a correr 10 km).

¿Por qué las autoridades municipales y de tránsito permiten que conductores, comerciantes, constructores hagan lo que quieran con lo que pertenece a todos?

IAizpun@diariolibre.com

Por Domingo.com/la Revista

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