BANDERA DE SIRIA     
Damasco (PL) Hace unos días un ciudadano sirio explicaba de forma muy popular la situación en el país remitiéndose a una milenaria fábula árabe, que según se entiende situaba a gobierno y pueblo de un lado y a oposición y Occidente del otro.


  Ambos frente a frente, introducían un dedo en la boca de su contrario y según cada uno apretaba la boca para conseguir su objetivo el otro gritaba cuando no le iba bien en este singular ejercicio.


Alí, nombre con el que se identificó esta persona, dice que eso resume los acontecimientos en el país.


En la medida en que las bandas armadas y sus aliados occidentales intensificaban sus acciones, se creaba el llamado Grupo de Amigos de Siria, aumentaba la agresión mediática y era reconocida la ayuda logística en armas e inteligencia de países como Estados Unidos y algunas monarquías del Golfo Pérsico, el pueblo se quejaba.


Vinieron meses, semanas y días en que la boca de los opositores apretaba y, lógicamente, la mordida se sentía.


Volaban campañas al aire en medios de prensa como Al-Jazzera, Al- Arabiya, la CNN estadounidense y otros que recogían declaraciones de altos funcionarios de gobiernos occidentales, los cuales decían que los días del presidente Bashar al-Assad estaban contados.


Asimismo, medios como The New York Times y The Washington Post citaban a funcionarios del Pentágono y de la Casa Blanca, entre otros de gobiernos partes de la conspiración, que de manera anónima se reunían con los futuros «libertadores» de Siria y reconocían el envío de ayuda «no letal» a las bandas irregulares.


Las monarquías del golfo Pérsico no ocultaban el financiamiento en más de 100 millones de dólares para pagar el ejército de mercenarios, un gran número procedentes de occidente y de países como Libia, Yemen, Turquía y Arabia Saudita, y proporcionarles esa ayuda que eufemísticamente Washington considera no letal.


Las fronteras de Siria con Líbano y Turquía se convirtieron en un colador por donde entraban lanzacohetes RPG, ametralladoras pesadas, fusiles automáticos, granadas, artefactos explosivos y materiales para fabricarlos, y el más moderno sistema de comunicación por satélites para ayudar a las bandas a desplegar sus ataques.


Lógicamente, el pueblo gritaba porque las acciones de los armados, calificados por las autoridades de Damasco como terroristas, afectaban su tranquilidad y la paz que imperaba en el país años atrás y que hoy muchos sirios añoran.


Se sucedían los bombazos contra instalaciones civiles y militares, y a partir del 10 de mayo, cuando ocurrió el atentado dirigido a una instalación militar en un área muy populosa de Damasco, dejando innumerables víctimas civiles, incluso niño, los pedidos de la población para que el gobierno actuara con más fuerzas elevaron la columna del termómetro.


En esos días, el general Muhamad Ibrahim Al Shaar, ministro del Interior, realizó declaraciones de que el gobierno respondería con mano dura contra los que intentaban desestabilizar el país y afectar a sus ciudadanos, en respuesta al clamor popular.


A partir de ahí, como decía Alí, la boca del pueblo y el gobierno comenzaron a apretarse, y fueron las bandas armadas y sus apoyos exteriores los que comenzaron a gritar.


La estrategia gubernamental puede decirse que consistió en comenzar a sellar la fronteras del país con el Líbano, Turquía y con más dificultad con Irak y Jordania.


Los opositores comenzaron a ceder el terreno ganado desde la entrada en vigencia en abril de la iniciativa de seis puntos del enviado de la ONU y la Liga Árabe, Kofi Annan, y que fue usada en algunos lugares para ganar espacios en pueblos y ciudades.


Fuerzas gubernamentales emprendieron una ofensiva en todas las regiones del país contra los grupos armados que comenzaron a gritar y a pedir más ayuda de Occidente, recurrieron a masacres como la de Houla y más recientemente la de Tremseh, en la provincia de Hama, para justificar el seguir alimentándose de sus apoyos externos.


Recientemente, un comandante del llamado Ejército Libre Sirio se quejaba en una de sus bases en Turquía que la ayuda había disminuido, lo que algunos consideran es síntoma del agotamiento de los proveedores que no ven avanzar sus planes contra el gobierno del presidente al-Assad y su pueblo. Esos son partes de los gritos.


En la actualidad, luego de frenado el abastecimiento logístico a los grupos e intensificado el enfrentamiento por fuerzas gubernamentales, el llanto de los opositores es más notorio.


Tanto es así, que sus apoyos occidentales tratan de utilizar a Naciones Unidas para aplicar, en su desespero, el Capitulo VII de la Carta de la ONU y sus artículos 41 y 42 que proponen sanciones y la intervención militar externa contra el pueblo sirio, por el hecho de defenderse de la agresión impulsada desde afuera.


Al parecer, la comparación de Alí es acertada, y hoy se escuchan con más intensidad los gritos de las bandas y de Occidente porque el gobierno y el pueblo sirio aprietan su boca con más fuerza sobre sus dedos.

Por Luis Beatón
Corresponsal de Prensa Latina en Siria.

em/lb

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