Río de Janeiro, la llamada Ciudad Maravillosa, constituye símbolo brasileño en el mundo y sitio que todo    habitante del gigante suramericano desea visitar al menos una vez en su vida



 Río de Janeiro, la llamada Ciudad Maravillosa, constituye símbolo brasileño en el mundo y sitio que todo habitante del gigante suramericano desea visitar al menos una vez en su vida, mientras sus pobladores se resisten a dejar de considerarla la capital del país.

Belleza, hidalguía, luces, barrios, playas, montañas y unos cariocas sumamente hospitalarios hacen una mezcla perfecta para que cualquier visitante no sienta la falta del calor hogareño y no precise de nada más que de disfrutar lo que ve, toca y come, pues todo en esa ciudad está listo para encantar. 

Montañas y océano se funden de manera excepcional en la Bahía de Guanabara, a la que entraron los portugueses capitaneados por Gaspar de Lemos, el 1 de enero de 1502 y de ahí su bautizo como Río de Janeiro, que los cariocas atribuyen a la confusión de los primeros visitantes del mar con un río. 

Capital de Brasil desde 1763 hasta que el presidente Juscelino Kubitschesk decidió trasladar e inaugurar en medio de la nada la ciudad de Brasilia, que pasó desde 1960 a ser, en el papel, la capital brasileña, pero Río de Janeiro continúa hoy, 52 años después, siendo la urbe más querida y añorada de los habitantes del gigante suramericano. El Pan de Azúcar, el Corcovado con su impresionante Cristo Redentor en la cima, el Jardín Botánico, la ciudad imperial de Petrópolis, los Arcos de Lapa en la zona bohemia, la más frecuentada por los turistas después de las afamadas playas de Copacabana, Ipanema y Barra de Tijuca, son sitios emblemáticos de la Ciudad Maravillosa. En ella tampoco faltan las obras del ingenio humano, como los grandes y majestuosos edificios de bancos y de la estatal empresa Petróleos de Brasil (Petrobras), o la Catedral de Sao Sebastiao de Río de Janeiro, de forma cónica, con 106 metros de diámetro y 96 de altura, la cual puede acoger a unas 20 mil personas de pie, o el puente Río-Niteroi. 
Tampoco escapa de los turistas los estadios Maracaná, su hermano menor, el Maracanazinho, y el Joao Havelange o Engenhao, así como el Sambódromo Marqués de Sapucaí, sitio principal de los mundialmente conocidos Carnavales de Río, y por el cual desfilan en competencia cada año las escuelas cariocas de samba en un alarde de música, color y baile. Y para recordar que Río de Janeiro es una ciudad colonial, junto al moderno metro, la urbe exhibe el Bondinho (trencito) de Santa Teresa, una línea férrea que une el centro de la ciudad con el Morro homónimo, hasta hace pocas décadas lugar de reuniones de intelectuales, artistas y músicos brasileños. Esos hombres de las artes y las letras colmaban los bares y cantinas de Santa Teresa y se enfrascaban en tertulias que muchas veces terminaban en la letra de una canción, un cuadro o un libro. Y para no faltarle nada, en Río de Janeiro, como en cualquier importante ciudad latinoamericana, existen los barrios pobres, que en la Ciudad Maravillosa pasan del centenar y reciben el nombre de favelas, cuna de los más ilustres sambistas y músicos de otros géneros, así como de los más relevantes futbolistas, casi siempre procedentes de las capas más humildes de la sociedad. Aunque aún son temidas y poco visitadas por turistas debido a la violencia que impera en ellas, desde hace unos años un programa oficial de pacificación permite que algunas de las más emblemáticas favelas sean hoy puntos incluidos en los recorridos de los millones de vacacionistas, tanto nacionales como extranjeros. 

Y si los turistas no quedan satisfechos con las playas, hoteles, el Pan de Azúcar, el Cristo Redentor, los Carnavales y demás sitios y distracciones aquí descritas, Río de Janeiro posee museos y bibliotecas dignos de ser recorrido, así como varios teatros de reconocida historia y tradición, como el Municipal, con más de un siglo engalanando el centro de la ciudad. No por gusto, nacionales y extranjeros quedan encantados con la llamada Ciudad Maravillosa, que un día dejó de ser capital de Brasil, pero solo en el papel, pues en el corazón de los brasileños continúa siendo su principal y más añorada urbe.

  Por Alejandro Gómez  
 Corresponsal de Prensa Latina en Brasil 

Por Domingo.com/la Revista

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