Carilda Oliver, poetisa erotica de Cuba

Carilda Oliver lleva décadas desordenando a los cubanos.
«Todas las mañanas me despierto y doy gracias al sol», contó en su más reciente entrevista Carilda Oliver, la poetisa erótica a la que Cuba le está celebrando sus 90 años de una vida que ha escandalizado y deleitado en la misma medida, con poemas y faenas.
«A diferencia de la poesía de otras grandes poetisas cubanas, la de Carilda llega a todos, ella tiene seguidores donde quiera», le explica Miguel Barnet, presidente de la Unión de Artistas y Escritores de Cuba a BBC Mundo, y se pregunta: «¿qué cubano no conoce…
Me desordeno, amor, me desordeno
cuando voy en tu boca, demorada,
y casi sin por qué, casi por nada,
te toco con la punta de mi seno.
Te toco con la punta de mi seno
y con mi soledad desamparada;
y acaso sin estar enamorada
me desordeno, amor, me desordeno.
Y mi suerte de fruta respetada
arde en tu mano lúbrica y turbada
como una mal promesa de veneno;
y aunque quiero besarte arrodillada,
cuando voy en tu boca, demorada,
me desordeno, amor, me desordeno.

Poesía trasgresora

Miguel Barnet, amigo e investigador de la obra de Carilda Oliver, señala que ella «ha experimentado todos los registros y formas, es una de las pocas que todavía hace sonetos, silvas, redondillas, cuartetas, décimas y además un verso libre extraordinario».
Afirma el escritor que «es una trasgresora, una mujer que hizo de su vida lo que le dio la gana. La dio una patada a la clase media alta a la que pertenecía, se casó con quien quiso, tuvo los amores que quiso y escribió los poemas eróticos más osados».
Te mando ahora a que lo olvides todo:
aquel seno de nata y de ternura,
aquel seno empinándose de un modo
que te pudo servir de tierra dura;
aquel muslo obediente pero fiero,
que venía de sierpes milenarias;
aquel muslo de carne y de me muero
convocado en las tardes solitarias;
aquel gesto al echarme en la locura;
aquel viaje al amor, de mi cintura;
aquel gusto en la piel a lirio extraño,
aquel nombre pequeño bajo el nombre,
aquel pecado de volverte un hombre
en el vicio feliz de hacerme daño.

Fundiendo poesía y vida

Carilda Oliver, poetisa erotica de Cuba, y su esposo Raydel.

Sus versos han acompañado a generaciones de cubanos.
Carilda Oliver «asumió los riesgos de vivir la vida en esa dimensión mágica de la poesía», cuenta Barnet y agrega que eso implicó estar «mucho tiempo aislada, no por las autoridades políticas, sino por sus propios congéneres y coetáneos, que la quisieron presentar como una figura del pasado».
En una de sus últimas entrevistas la poetisa confesó que ha «tenido una vida muy dura». A mí nadie me ha enseñado a vivir, mucha gente me ha enseñado a morir, pero no lo han logrado».
La poetisa trasgredió la moral católica de la Cuba republicana y después de 1959 tampoco adaptó su poesía al «realismo socialista».
Para mayor escándalo, su esposo es unos 50 años menor que ella, se casó cuatro veces, tuvo muchísimos amantes y lo reveló en sus versos:
Opciones
A veces va una por la calle, triste,
Pidiendo que el canario no se muera
Y apenas se da cuenta de que existen
Un semáforo, el pan, la primavera.
A veces va una por la calle, sola,
-ay, no queriendo averiguar si espera-
Y el ruido de algún rostro que se inmola
Nos pone a sollozar de otra manera.
A veces por la calle, entretenida,
Va una sin permiso de la vida,
Con un hambre de todo casi fiera.
A veces va una así, desamparada,
Como pudiendo enamorar la nada,
Y el milagro aparece en una acera.

«Ese rato de selva»

Lamenta Carilda Oliver que no haya en el mercado cintas para máquinas de escribir porque no se lleva muy bien con las computadoras. En la
referida entrevista se confiesa como mujer nocturna que «prefiere hacer manuscritos bien tarde en las noches».
Ya hace muchos años que la obra poética de Carilda Oliver se impuso a cualquier mojigatería monacal o estrechez ideológica y a los 90 años sigue «desordenando» a sus compatriotas, porque los cubanos y sobre todo las cubanas se reconocen en sus versos:
Anoche me acosté con un hombre y su sombra.
Las constelaciones nada saben del caso.
Sus besos eran balas que yo enseñé a volar.
Hubo un paro cardíaco.
El joven
nadaba como las olas.
Era tétrico,
suave,
me dio con un martillo en las articulaciones.
Vivimos ese rato de selva,
esa salud colérica
con que nos mata el hambre de otro cuerpo.
Anoche tuve un náufrago en la cama.
Me profanó el maldito.
Envuelto en dios y sábana
nunca pidió permiso.
Todavía su rayo lasser me traspasa.
Hablábamos del cosmos y de iconografía,
pero todo vino abajo
cuando me dio el santo y seña.
Hoy encontré esa mancha en el lecho,
tan honda
que me puse a pensar gravemente:
la vida cabe en una gota.

Fernando Ravsberg

BBC Mundo, La Habana

Por Domingo.com/la Revista

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