El cretinismo como perversa forma de vida
César Medina
lobarnechea1@hotmail.com
Los problemas de la humanidad quedarán resueltos para siempre cuando se invente la “universidad de la experiencia”, algo menos que imposible.
Porque la experiencia sólo puede adquirirse con la vivencia, con el paso de los años. Aunque siempre puede acopiarse como referente, tomarse como ejemplo.
Los años llegan sin que uno se dé cuenta. De pronto nos ponemos viejos y ya… Y así mismo comenzamos a actuar, como viejos, como abuelos. Pero no lo notamos sino después de mucha reflexión. Porque los que se ponen viejos son los otros… ¿Nosotros? Jamás, ni locos…
De muchacho escuchaba con tedio y aprensión cuando mis padres me hablaban de esas cosas, del paso de los años. Pensaba que sus prédicas cansinas sobre lo que nos deparaba el futuro tenían el propósito de fastidiarnos la vida, en aquellos tiempos de marcada irresponsabilidad juvenil.
Ahora veo ñaunque no me lo dicen, como tampoco me atrevía yo a decírselo a mis padresñ, que mis hijos piensan igual. Y la razón la tienen ellos. Porque es ley de vida…
Sólo ahora llego a comprender a mis padres. ¡Cuanta razón tenían los viejos! Las cosas han ocurrido exactamente como ellos la proyectaron. Lo sabían entonces, se lo enseñaron los años vividos, lo aprendieron en la “universidad de la experiencia”, en la que sólo pueden matricularse los que han pasado por la escuela básica de la niñez y la adolescencia y después por el bachillerato de la juventud y la madurez.
Todos no se gradúan
Por supuesto, no todos llegan a graduarse. Algunos ni siquiera llegan a conocer su existencia. Son los inmaduros a los que sólo les llegan los años, pero no la vida… Se ponen viejos, pero mentalmente siguen siendo párvulos; pasan por la penosa decrepitud de la insolvencia moral para ser absorbidos por la ridiculez y la ignominia de creerse en facultad viril de encarar el desafío juvenil de la linda doncella.

Y entonces hacen el ridículo, el infame papel del viejo verde impenitente, irrespetan sus años…
¡Pobre viejo baboso!, comenta ella después del prolongado viaje por Europa, rodeada de joyas y oropel, irrespetando de paso la solemnidad de la invitación. Porque hasta a esa ridiculez son capaces de llegar algunos nuevos ricos ñsobre todo si se creen con poder mediáticoñ, cuando los años han pasado sin pasar. O peor aún, cuando les cogió la noche sin aprovechar el día.
Son aquellos infelices que no son capaces de asimilar y superar una vida llena de necesidades afectivas, con el cuartel trujillista como única referencia y las truculencias del poder como norma de conducta, con riquezas fundamentadas en las malas artes del engaño y la trapacería artera, diestros en el arte de estafar a estafadores…
La ridiculez es libre
De mi padre escuché una frase que jamás olvidaré, porque a pesar de que su composición gramatical no sea correcta ñmi padre era un campesino sin escuelañ tiene una extraordinaria profundidad filosófica: “El hombre ridículo, jamás llega a ser hombre…”

Y si además de ridículo es fantoche y cretino, menos aún. Pero si a ello se agrega una cobardía patológica que trata de disimular utilizando una vocinglería canalla, entonces pudiera explicarse la condición deshonrosa de mentiroso, mendaz, chantajista, extorsionador, corrupto y degenerado.
Ese tipo de gente piensa que asociando sus espurios intereses económicos a sectores políticos transitoriamente en el poder pueden ocultar para siempre el origen de sus bienes y fortuna. ¡Que tontos son!
Lo primero es que en su insaciable carrera hacia los bienes económicos y tenencias materiales, van dejando huellas imborrables, tan profundas como el elefante camino al acuífero en época de estiaje.
No tienen escrúpulos ni siquiera para disimular el usufructo de bienes que no les pertenecen, haciendo uso de su proverbial chantaje y extorsión.
Sólo hay que averiguar por dónde andan los más preciados bienes materiales incautados en el caso Baninter.  
Lo lógico, lo normal, lo natural es que la Comisión de Liquidación de Baninter, una dependencia del Banco Central que busca recuperar miles de millones que costó al pueblo dominicano la quiebra de esa entidad financiera, haya vendido ya esos bienes que pasaron a ser propiedad del Estado. Pero no ha podido hacerlo porque están en manos de un tercero que se niega a entregarlos.
De nada han valido los requerimientos del Banco Central para que sean devueltos y adjudicadas sus ventas en licitación y retornar esos miles de millones de pesos a las arcas públicas.
La respuesta ha sido una campaña virulenta de descrédito contra el Banco Central y sus principales funcionarios y contra la Comisión de Liquidación de los bienes de Baninter.
Y de paso arremeter contra todos los periodistas y comunicadores que se refieren a semejante barbaridad.
Ha sido su forma de actuar en todos estos años de acumulación de riqueza mal habida.
Ni hablar, entonces, de las tareas que es capaz de acometer por despecho amoroso. ¡Eso da para una enciclopedia!  
Pero todas esas cosas se debatirán oportunamente.
Repito: ¡No os desesperéis!

Por Domingo.com/la Revista

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