Entre la modernidad y la postmodernidad
Yvelisse Prats Ramírez De Pérez
En mi reciente cumpleaños, hice un ejercicio poco usual, ya que continuamente estoy vibrando entre el presente de ocupaciones perentorias y un futuro que construyo con planes y proyectos, como si Dios me garantizara romper los récords de longevidad.
Después del jolgorio con hijos/as, nietos/as, bisnietos/as, instalada en la gran mecedora en la que rezo y leo a diario, me senté a recordar, a meditar.
Nací y me crié a horcajadas entre dos épocas distintas, híbridas entre modernidad y postmodernidad, he vivido dos terceras partes del siglo XX, y la primera docena de años del siglo XXI, vertiginosas ambas, desafiantes en sorpresas y avances-retrocesos.
Los cambios son tan acelerados, que coincido con Chesterton afirmando que “con cada década se inaugura hoy un siglo”.
Con el correr de los años, he pertenecido a varias generaciones, por tanto he estado influida por ideas, costumbres y formas de vida distintas; en la medida en que los tiempos cambiaban, las crisis se tornaron endémicas, y las diferentes reacciones ante ellas han distanciado los padres de los hijos.
El siglo XX empezó a disminuir los optimismos exagerados de la Modernidad, con sus dos guerras mundiales y otras varias chiquitas, el surgimiento de ideologías que como el socialismo real eclosionaron y luego fracasaron llevándose consigo expectativas y sueños.
Erich From nos recordó con poco éxito que la libertad y la ética van de la mano; el “Estado de Bienestar” se fue destiñendo en la década perdida de los 80, a la que hicimos frente los de entonces releyendo a los “dependenciólogos latinoamericanos”, Jaguaribe, Cardoso y Faletto, Sunkel. Con la invención a tope, los muchos descubrimientos científicos no disminuyeron sin embargo el hambre ni la miseria; la globalización polarizó sus potencialidades, acentuando aun más las asimetrías.
El siglo pasado fue de luces y de sombras, en este país mas de sombras que de luces, con dos intervenciones militares foráneas, el largo paréntesis de horror de los 30 años trujillistas, ya luego el derrocamiento de Juan Bosch, abortando la democracia, el fulgor ensangrentado de la guerra de abril, y un manto de conformismo, mezcla de descontento y desilusión, que puso a muchos a arrimarse a Fukuyama y Von Hayek, asumiendo que la historia estaba muerta, y las ideologías finiquitándose.
El siglo XX incubó, en la decepción por los fracasos de la Modernidad, el neoliberalismo. Aquí en nuestro país destacados representantes teóricos y una gran mayoría de empresarios vicarios, y diferentes políticos, consumen este nuevo opio de los pueblos, y predican y practican la Postmodernidad, con sus carencias doctrinarias, su relativismo moral, sus escepticismos y su individualismo negador de los otros.
Con los “Chicago Boys” controlando instituciones crediticias el mapa socioeconómico cambia en todos los continentes y países, empeora cada vez.
Los exhibidos avances de la ciencia, con sus corolarios tecnológicos, han ido incrementando el poder y la riqueza de unos pocos, y ahondando la inequidad y la exclusión de los muchos.
En mi país, “pateada como un adolescente en las caderas” donde crecí, envejezco y combato, la sociedad dual de que habla Touraine, ha ido definiéndose desde el siglo XX hasta el siglo XXI, se perciben claramente dos dimensiones segregadas por la inequitativa distribución de bienes y servicios, incluida la educación y la tecnología.
Trascurrido ya 12 años del presente siglo que despertó ciertas esperanzas, nos hundimos en la medida en que se postran a adorar el Becerro Dorado del mercado, naciones, gobiernos, intelectuales, universidades, gentes todas de “pro”. Aquí, también, como allá y acullá.
Llegué al siglo XXI ya bastante machucha, y he mantenido con mi terquedad aragonesa oposición socialista democrática contra el neoliberalismo.
Tenía, tengo mis gurús favoritos, nombro algunos de ellos, Bobbio, mi amado Pablo Freire, Chomsky, Touraine, Garaudy, Ingenieros, Duvenger, Hostos, Borja.
Con ellos coincido en la reflexión ética y en el acento solidario que deben tener las propuestas de soluciones a las angustias, estupefacciones y alienaciones de dos siglos.
¿Moderna, Postmoderna? Mientras me mezo, intento definir mi posición ante el dilema del choque cultural en que he vivido.
Veamos. Distingo bien entre valor y precio, por eso llego a la vejez pobre.
Amo más de lo que me aman. Tuve amigos y coseché traiciones. Estudio muchísimo, el ser humano es centro de mis afanes políticos. Me aferro en la fe como náufraga, creo en Dios, en las ideologías y en los jóvenes de espíritu.
Pienso y aplico la lógica que aprendí en mi bachillerato. Parecería entonces que soy moderna, pero como atempero la inexorabilidad de la razón con los sentimientos, pellizco un poquito de lo poco bueno del postmodernismo, junto al profundo respeto a los nuevos actores sociales que emergen.
La mecedora cruje, la noche avanza.
Que mis lectores/as completen el juicio.
¿Soy de ayer, de hoy o de mañana?