Los vericuetos de la sanidad mental
Cuentan que la inestabilidad emocional atenazó de tal manera la mente del genio holandés de la pintura, Vincent Willem van Gogh, que hasta se cortó el lóbulo de una oreja; y dos años más tarde, se descerrajó un tiro en el pecho, razón de su muerte unos días después en brazos de su querido hermano Theo.
Sus retratos del hombre común, de rostros castigados por el tiempo, de campesinos o una calavera con un cigarrillo, reflejan un alma herida, atormentada por la incomprensión que alimentaba la bipolaridad mental. Con el pincel como instrumento, su desequilibrio mental lo trasladaba al lienzo en un frenesí de colores que siempre me deja estupefacto cuando aprecio cualquiera de sus cuadros, sobre todo de la etapa impresionista, y en menor medida, de la pos-impresionista.
Fue en una canción, Starry, Starry Night (Noche estrellada, estrellada) donde hace ya años y en mi época de estudiante encontré la mejor descripción de la pintura de van Gogh y su locura:
«Remolinos de nubes en niebla violeta se reflejan en los ojos azul china de Vincent. / Rostros ajados alineados en dolor / Se calman en las manos amorosas del artista. / Ahora entiendo lo que tratabas de decirme, / Cuánto sufrías por tu sanidad, / Cómo trataste de liberarlos. / No te escucharon, no sabían cómo. / Quizás ahora escuchen. / Noche estrellada, estrellada, / Los retratos cuelgan en salones vacíos, / Cabezas sin marco en muros sin nombres / Con ojos que miran el mundo y no pueden olvidar, / Como los extraños que has conocido, / Hombres harapientos en ropas harapientas. / La espina plateada de la rosa ensangrentada, / Yace aplastada y rota en la nieve virgen. / Y cuando no había esperanza a la vista / En una noche estrellada, estrellada, / Dispusiste de tu vida, como a menudo hacen los amantes…»
El genio socavado por la enfermedad mental encontraba remedio temporal en el arte, y calor humano en el hermano comprensivo, siempre atento a las necesidades materiales de alguien en negación permanente de las exigencias de la vida cotidiana. A nadie hizo daño; su locura no degeneró en consecuencias funestas, excepto para sí mismo.
No soy experto en el tema, pero me pregunto si los episodios de violencia que hemos visto en los últimos años, como los ocurridos en una isla en Noruega y en un cine en Colorado, no tienen que ver con los cambios tecnológicos y sociales que se suceden a velocidad vertiginosa, como esas pinceladas de azul en La noche estrellada, de van Gogh, cuadro que refleja tal vez como ningún otro la contradicción desgarradora en que se debatía esa mente prodigiosa: exaltación y quietud, movimiento y reposo. Cambios que descontrolan la personalidad, la dislocan y acarrean patologías en el comportamiento cada vez más difíciles de explicar con los medios convencionales.
Anders Behring Breivik ha sido descrito como un psicópata. Tiene que serlo, porque no otra explicación se ajusta a la matanza que protagonizó a sangre fría en un campamento vacacional juvenil de Noruega hace ya un año. Dado el desarrollo de ese país nórdico y los grandes beneficios sociales que el Estado acuerda a sus ciudadanos desde la cuna hasta el ataúd, de la vida de Breivik estuvieron ausentes las privaciones materiales, la falta de oportunidades y el ostracismo social.
Ninguna faceta de su comportamiento anterior al fatídico 22 de julio permite inferir la peligrosidad de aquel hombre atlético, guapo, joven y con un mundo de posibilidades abierto. Ese ciudadano, aparentemente normal, mató a 77 personas, casi todas adolescentes que apenas se asomaban a la vida.
No se arredró ni arrepintió un momento mientras de manera sistemática eliminaba a esos jóvenes cuando disfrutaban del verano. Les pedía que no se preocuparan, que se acercaran, y entonces los acribillaba a tiros. De él dice un amigo de infancia, que fue a la misma escuela y con quien compartía fines de semana, que nunca dio indicios de odio ni de indisposición social. No se explica el porqué de esa conducta asesina, de tanta vesania, de tanta toxicidad social. Se ignora cuándo y cómo la mente de Breivik se pobló de pensamientos racistas extremos, de una ideología terrorífica y de una intención, llevada a la práctica, de expresar los desatinos que le obnubilaban la razón a través de un hecho de violencia nunca vista en Noruega excepto durante períodos de guerra.
Ese amigo, el periodista Peter Svaar, no cree que Breivik sea un loco: «No sé lo que llevó a Anders a hacer eso. Pero, lamentablemente, no creo que esté loco. Habría creado una distancia cómoda entre nosotros si yo pensara que lo está. Nada de lo que sé de él desde nuestros días escolares o de lo que he leído en su llamado manifiesto indica que lo esté. Más bien, es frío, inteligente y calculador. El Anders que yo conocía no era un monstruo. Y como dice el refrán, no era una isla. Era un producto de nuestra sociedad. Era uno de nosotros».
Si está loco o no, si el fanatismo le advino con o le robó la sanidad mental, lo decidirá el tribunal que conoció el proceso y ante el cual Breivik reiteró su discurso racista en 45 minutos de incoherencias, odios y banalidades. El veredicto se pronunciará el 24 de agosto.
El destino, digámoslo así, es curioso y provocativo. Jessica Ghawi, norteamericana de 24 años, tenía como aspiración profesional inmediata ser comentarista deportivo. De visita en Toronto en junio, sobrevivió a un tiroteo en un centro comercial. En su blog luego de ese incidente se lee: «El sábado pude comprobar qué tan frágil es la vida. Vi el terror en las caras de los espectadores. Vi a las víctimas de un crimen sin sentido. Vi cómo cambiaban sus vidas. Recordé que no sabemos cuándo o dónde terminará nuestra vida en la tierra. Cuándo o dónde exhalaremos nuestro último aliento». Ese cuándo y dónde acaecieron el 20 de julio último en un cine en Aurora, Colorado, el escenario más reciente de la gran capacidad del ser humano para trastornar vidas y generar tragedias. James Holmes, literalmente armado hasta los huesos, ingresó a la función de medianoche del estreno de la secuela de Batman.
Con la misma sangre fría de su antecesor noruego en la historia reciente de crímenes masivos, este joven ultimó a 12 personas e hirió a 58. La prometedora periodista en ciernes fue una de las víctimas. La premeditación salta a la vista. Las compras de miles de proyectiles, las armas y el equipo bélico que utilizó le tomó tiempo. Planeó cuidadosamente las trampas explosivas que dejaría en su apartamento para cuando las autoridades fuesen a requisarlo una vez consumada la acción criminal. Aún se desconoce cuáles pasiones desencadenaron ese episodio de sangre y terror que ha conmocionado la sociedad norteamericana y el mundo. Por lo pronto Holmes está en la cárcel mientras se efectúan las ceremonias fúnebres de los inocentes atrapados en esa orgía de violencia en un pueblito del Medio Oeste.
El debate en lo inmediato se ha centrado en la facilidad con que Holmes compró legalmente las cuatro armas utilizadas: un rifle de asalto AR-15, una escopeta Remington 870 y dos pistolas Glock calibre 40, una de ellas dejada en su vehículo estacionado en el parking del complejo de salas de cine.
El AR-15, por ejemplo, llevaba un cargador de 100 balas, de las cuales por los menos 60 podían ser disparadas en apenas un minuto. Afortunadamente, si cabe el adverbio, el arma se encasquilló por lo que usó la pistola y la escopeta, ambas con mucho menor capacidad de fuego.
Son armas de uso común en Estados Unidos, donde la industria de armamentos para civiles comprende un mercado de miles de millones de dólares. Se dice que hay competencias en la que los participantes disparan esas tres armas y gana el que acierte más blancos en el menor tiempo en las galerías de tiro que operan por doquier en la tierra del hombre libre. Ciertamente, basta con no tener un récord criminal para comprar un arma como ese mortífero AR-15 después que hace ocho años expiró la ley que lo prohibía y que difícilmente será aprobada nuevamente vista la influencia del National Rifle Association.
Aunque las facilidades para adquirir armamentos figuren entre las posibles razones que expliquen la matanza de Aurora y otra similar en una escuela de Columbine que costó la vida a 12 estudiantes y un maestro, hay otras consideraciones sin las cuales nunca entenderíamos, si tal estadio es factible, las causas.
Noruega difiere notablemente de Estados Unidos en las reglamentaciones sobre armamento, y, sin embargo, Breivik encontró la manera de procurarse las armas. Primero trató infructuosamente en Praga y su plan original incluía viajar a Alemania y Serbia con idénticos propósitos.
Con el argumento de que la utilizaría para cazar, obtuvo el permiso para una carabina semi-automática. Tras inscribirse en un club de tiro y pasar las pruebas requeridas, logró comprar la pistola Glock que llevó al centro vacacional. Los materiales para el carro bomba que explotó en el centro de Oslo los compró en Polonia.
Que leyes más estrictas para el control de armas en manos de civiles dificultarían la ejecución de tragedias como las de Noruega y Colorado no admite discusión. Mas, no serían el único remedio para evitar que mentes retorcidas o enfebrecidas por ideas extremistas recurran al asesinato masivo como meta máxima. Casi siempre los culpables son altamente inteligentes y educados. Es el caso del llamado «Unabomber» Theodore John «Ted» Kaczynski, un niño prodigio que fue aceptado en Harvard a los 16 años. En su adultez se dedicó a enviar bombas por correo que causaron la muerte a tres personas y heridas a 23 en un lapso de 17 años, hasta que finalmente fue descubierto y apresado. Se ha dicho que Kaczynski es uno de los héroes de Holmes.
¿Cuándo y por qué la locura se convierte en impulsos de destrucción y no, en el caso del pintor holandés, en estímulo para la creatividad, en una razón más para la excelencia aunque al final devenga autodestrucción? Ciento veinticinco años nos separan de la muerte de quien se autorretrató con la oreja vendada que se arrancó en un momento de descontrol. Quizás harán falta muchos más años para que logremos entender la capacidad de destrucción de cualquier mente, sobre todo las premiadas con coeficientes de inteligencia altos.
POR ANÍBAL DE CASTRO
TOMADO DE DIARIO LIBRE

Por Domingo.com/la Revista

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