¿Intelectualidad de qué? ¡A tu seto, cucaracha…!
César Medina
lobarnechea1@hotmail.com

Hay diversos tipos de pobrezas, y la peor no es precisamente la material. La pobreza mala de verdad es la espiritual, porque ésa no se supera nunca; causa envidia, frustración, resentimiento social, corroe el alma y conduce a los más bajos instintos humanos.

Siempre se ha dicho que la riqueza material y la felicidad no son sinónimos. Pero también se sabe que es muy difícil lograr la realización humana, profesional, familiar, social y hasta religiosa, en medio de la miseria extrema.
Por eso la gente trabaja, para generar riquezas, para ganarse el sustento, para el ascenso social y económico y para garantizar el futuro de la familia y de las próximas generaciones.
Es un principio básico de vida, que existe desde que el mundo es mundo.
En cualquier modelo de sociedad, desde que se tiene historia de la humanidad, es imprescindible acumular bienes para subsistir, desde los primarios, en las sociedades más primitivas en que era necesario almacenar alimentos para los duros inviernos, hasta los considerados suntuarios en las sociedades modernas, de consumo.
Hay algunos seudointelectuales que pretenden hacer profesión de pobreza, pero son unos farsantes. Llegan casi a las siete décadas de existencia y la vida les ha pasado por encima en actitud contemplativa, les tienen pánico al trabajo…
El oficio que buscan remunerar es el ocio, teorizando en el aula universitaria sin llegar siquiera a lucirse como maestros, arrastrados por la mediocridad y mendigando premios y reconocimientos que les garanticen unos pesos para cubrir la vergüenza.
Nunca han bajado el lomo. Ni saben cómo hacerlo… Y cuando después de arrastrarse logran pegarse a un gobierno incompetente y corrupto, entonces conspiran contra su jefe inmediato, intentan desplazarlo con chismes, intrigas y con sus habituales mediocridades.
Nadie sabe de eso mejor que el poeta Tony Raful, quien superó esa mediocridad por su competencia, honestidad y arraigo político.
Monjes trapenses
Estos farsantes de la intelectualidad mediocre dominicana tratan de cubrir su incapacidad productiva tildando de malhabido el resultado del trabajo de los demás. No llegan ni siquiera a tener la más remota idea de lo que cuesta levantarse cada día a las 4:00 de la madrugada para producir un programa que empieza una hora después, salir al aire a las 6:00 y estar en pantalla hasta las 10:00.
Luego de eso irse a una oficina a dirigir una estructura de comunicación que incluye otros dos programas de televisión de tres y dos horas, manejar una estructura de ventas de publicidad, administrativa y logística, para hacer posible que esa rutina laboral se repita al día siguiente; llegar a su casa entre la 1:00 y las 2:00 de la tarde, almorzar, reposar un rato y salir apresurado a las 4:00 de la tarde para estar de nuevo en el aire por otras dos horas…
Y en la noche leer algo, actualizarse y acostarse tempranito para madrugar otra vez…
¿Cómo puede un holgazán, una rata de biblioteca, entender semejante dinámica de trabajo?
Por supuesto, trabajar hasta 15 horas al día tiene que tener una compensación económica. Y por mínima que sea, tiene que alcanzar para lograr un nivel de vida adecuado a los caprichos de un pequeño burgués. Con debilidades humanas como todo el mundo, con muchos defectos y pocas virtudes, pero con honestidad, con decencia, con respeto…
Sobre todo cuando no se tiene vocación de monje trapense y se vive con la realidad de una sociedad injusta donde al trabajo duro hay que sumarle dedicación, estudio y un mínimo de talento.
Y también hay que tener un poco de suerte. Pero, como dice un viejo amigo, “a la suerte hay que ayudarla”.
¡A pelear…!
Desde chiquito he tenido que pelear. En el grupo del barrio, desde mi primera infancia, era el de menor edad. Pero jamás me arredraba, iba siempre delante. Era el precio de ganarme un sitio en la manada.
Maroteando en la finca del Jefe, en mi pueblo de San Cristóbal, era siempre el más arriesgado. Y era también el que más corría cuando llegaba la patrulla que vigilaba tan sagrada propiedad.
Luego tuve que luchar contra la pobreza, ganarme una beca en el Loyola y cada año ser el mejor estudiante del curso para que el colegio me diera los libros, el uniforme, los zapatos y, sobre todo, un espacio tan disputado en el aula…
O sea, desde que tengo uso de razón he tenido que sortear cualquier dificultad. Y he salido a camino.
¿Podría ahora rehuir una confrontación con alguien incapaz de admitir que como humano es susceptible de cometer errores? ¿De qué intelectualidad estamos hablando…? ¡A tu seto, cucaracha! Para comunicarse con el autor
lobarnechea1@hotmail.com (SANTO DOMINGO) El periodista José Miguel Montero falleció ayer en el Centro Médico Antillano, tras ser sometido a una intervención quirúrgica.
Algunos colegas que acudieron al referido centro asistencial informaron que Montero fue operado de la laringe y llevado a la habitación número 8 donde murió. La muerte de Montero, quien se desempeñaba como editor del periódico El Nacional, ha causado pesar entre la clase periodística donde era reconocido por su labor profesional y por su trato afable. Fue egresado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y padre de tres hijos.
Al momento no se tienen mayores detalles de su descenso ni donde serán velados sus restos.

Por Domingo.com/la Revista

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