Ciudad letrada y dictadura 
Escrito por: MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN
La ciudad letrada bajo la era de Trujillo era una polis intervenida. Los positivistas formados en la escuela hostosiana se refugiaron en una historia sin presente, los que no aceptaron el nuevo estado de cosas, pasaron a vivir como muertos en vida. El lenguaje se convirtió en jerga, como bien ha afirmado Andrés L. Mateo.  La dictadura estableció sus formas, en las cuales se desplegó el pensamiento y la simbolización. Un primer eje, tomar el prestigio de la ciudad letrada como referente del desarrollo de la Dictadura: Trujillo quería ser un hombre de letras. Sus discursos eran,muchas veces,la repetición de las ideas de los letrados, en una mascarada, en la que se unían el pasado y el concepto de progreso. El segundo eje anclaje tenía que ver con la propaganda. Tenemos escritores y libertad de pensamiento e imprenta, parecía decir el oficialismo.
Los periódicos publicaron una literatura también pasatista que ayudó a la persistencia del retoricismo y el modernismo. Las universidades refrendaban lo mismo; la falta de biblioteca y el aislamiento redujeron las manifestaciones literarias a una hagiografía del pasado. El nacionalismo trujillista unió los referentes dominicanistas a la dictadura. Se salvan contados  textos aparecidos en revistas como los Cuadernos Dominicanos de Cultura, y las obras poéticas de El Día Estético de los postumistas y la revista de la Poesía Sorprendida. Un verdadero oasis dentro de lo que  manifestaba la cultura dominicana de entonces. El aire que le da la inmigración española es fundamental. La nueva Universidad que parecía una ciudad universitaria con sus modernos edificios merece un trato aparte, pero no hay muchas luces en la cultura irradiada por esa ciudad atrapada.
La figura más importante de esa ciudad letrada bajo la dictadura es la de Franklin Mieses Burgos, quien en el silencio que la dictadura permite realizó una obra poética y dramática de altos vuelos y abrió al estudio poético las nuevas tendencias. La ciudad atrapada realizó una crítica positivista en la que el documento y la referencialidad bio-bibliográficas se impusieron,  de ahí la obra de Max Henríquez Ureña, los comentarios de  Contín Aybar y las historias literarias de Abigaíl Mejía y Joaquín Balaguer. Esas obras sirvieron como un inventario de un pasado literario sin que nos ayudara a pensar en el presente y muchas veces servía como un refuerzo de la obra de Trujillo.
El único pensador que intentó realizar un trabajo epistémico dentro de la dictadura lo fue  Peña Batlle. A mi manera de ver, sus fuertes estaban en el derecho, la historia diplomática, la historia colonial, los problemas fronterizos y dejaba ver carencias en el tratamiento sociológico. Fuera se encontraba Jimenes-Grullón, su formación y trabajos fueron de primer orden en el campo de la política, la filosofía, la literatura, sociología y la historia. Introdujo a partir de la década del cuarenta una crítica histórica distinta a la establecida por la ciudad letrada trujillista.
La crítica literaria periodística, por su parte,  viene a tener importancia con el trabajo de  Ugarte y  Valldepérez, quienes ayudan a crear un cambio en la narrativa y la poesía entre los años cincuenta y sesenta. El proyecto dictatorial tuvo sus fisuras y la sociedad letrada comenzó a tener una mirada distinta de lo propio. Sin entrar en las nuevas corrientes de la crítica literaria del siglo XX.

Por Domingo.com/la Revista

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