Oscar Medina
Leonel Fernández concluye este jueves su segundo periodo continúo de gobierno, ocho años de gestión que lo consagran como uno de los más prolíficos estadistas dominicanos, con luces y con sombras, con muchos errores, con muchas falencias, pero con balance objetivamente positivo. Se va del poder dejando libertades plenas, estabilidad macroeconómica y crecimiento sostenido. Y, lo mas importante, se marcha dejando sentadas las bases para que su relevo, Danilo Medina, corrija los vicios y las debilidades institucionales que traban nuestro desarrollo.
Para evaluar en su justo contexto el legado de Fernández, es necesario remontarse al país que encontró al ascender al poder en agosto del 2004: Total desesperanza, una economía destruida por el mal proceder de su antecesor , pérdida de confianza y por vez primera en más de una década la economía había decrecido.
La inflación azotaba los bolsillos de las clases media y baja, y cerca de un millón de dominicanos había descendido por debajo de la línea de la pobreza.
La llegada al poder de Leonel y su equipo económico revirtió la situación, y en menos de un año se inició el crecimiento y la estabilidad en las variables macroeconómica, con inflación controlada, tipo de cambio estable y tasas de interés que nueva vez fueron atractivas para el comercio y la producción.
Y a pesar de que a este Gobierno le ha tocado vadear una crisis mundial que sólo encuentra parangón en la Gran Depresión de los finales de la década de los años 20 e inicio de la década del 30 del siglo pasado, esa estabilidad y crecimiento se han mantenido a lo largo de estos 8 años, amparados en una excelente gestión monetaria y un responsable manejo fiscal.
Si bien el endeudamiento ha sido considerable, la gran mayoría de los préstamos contratados han sido destinados a obras de infraestructura, que además de aportar al mantenimiento del dinamismo económico, resultan financieramente compensables pues ofrecen beneficios económicos y sociales.
Ahí radica precisamente otra de las grandes luces de esta gestión, pues Fernández ha sembrado todo el país de obras de infraestructura. Desde el Metro, grandes avenidas, elevados y acueductos, pasando por escuelas, universidades, hospitales y proyectos habitacionales, hasta obras menos suntuosas pero de gran importancia para pequeñas comunidades. Ha llevado a cabo, además, dos planes nacionales de asfaltado con las implicaciones sociales y económicas que tienen, para la calidad de vida de un barrio o una comunidad rural, contar con calles y contenes en buenas condiciones.
Los avances en materia institucional de esta gestión son innegables. Sólo el proceso de reforma a la Constitución —tanto en la forma como en el fondo— constituyen un paradigma del salto institucional que hemos vivido. Por primera vez en la historia del país se produjo un proceso de reforma constitucional incluyente, amplio, discutido y consensuado, donde el centro del debate era colocar la Carta Magna a la altura de los tiempos, sin espurias inspiraciones de los intereses políticos coyunturales. Lo que produjo una Constitución moderna, que agregó un catálogo de derechos ciudadanos y creó instituciones que colocan al país como uno de los más avanzados de la región en materia de derechos y sus mecanismos de preservación.
Esa Constitución brinda el marco jurídico para todo un conjunto de reformas y transformaciones institucionales, así como para la adecuación de un sinnúmero de leyes, que cuando se completen, garantizará un salto institucional significativo para la nación.
Los planes sociales, los programas de becas nacionales e internacionales, la masificación de centros tecnológicos, así como los programas de medicamentos esenciales, son también algunas de las luces más brillantes de la gestión Fernández.
Pero este gobierno que finaliza el próximo jueves también tuvo su cara oscura. No todos fueron logros y bendiciones.
Un gran fracaso fue la gestión eléctrica.
Ocho años después estamos igual o peor, y aún cargando las finanzas públicas con un oneroso subsidio y con una matriz de costos que limita la competitividad de la producción y el comercio nacional.
Por igual, las políticas de seguridad ciudadana, que lucieron promisorias en un principio, perdieron eficacia al verse desbordadas por el auge de la violencia, el delito y el crimen organizado, y muy limitadas por falta de recursos ante la complejidad social de este problema en países pobres como el nuestro.
El sector agropecuario también pudo ser mejor gestionado, y muchas de las quejas de los productores están mas que justificadas.
Pero donde la gestión del Presidente Fernández tiene mayor sombra es en el sector educativo. Porque más allá de la parafernalia de movimientos como el del 4 por ciento —que no reconoce la realidad de que el gobierno que termina invirtió en educación como ningún otro en la historia— la verdad es que siendo el Presidente un profesor consagrado y un convencido de la importancia del conocimiento en el desarrollo de los pueblos, sus aportes a la educación dominicana debieron ser mucho más significativos que tan sólo otorgar mayores apropiaciones presupuestarias, construir escuelas y aulas o mejorar los salarios de los maestros.
Leonel Fernández debió transformar la educación dominicana, sentando las bases para una revolución capaz de producir el cambio social y económico que implica para una nación, la preparación de sus recursos humanos y su formación en consonancia con los planes de desarrollo. Pero esa, como otras de las tareas pendientes que deja Leonel, serán parte de los retos de Danilo, quien este jueves quedara investido como Presidente de la República, poniendo fin a la Presidencia de Fernández, una de las mejores gestiones presidenciales de l a historia. Aunque a sus detractores la envidia y la mezquindad les impida reconocerlo. El premio es el reconocimiento de la población, pues no sólo el PLD ha ganado las ultimas 5 elecciones, sino que Leonel Fernández sale del poder con altísimos índices de aprobación y popularidad.
¿Para volver? Nadie lo sabe…solo el tiempo lo dirá. Pero sin dudas, Leonel seguirá incidiendo de forma determinante en la vida política, social y económica del país. Como hasta ahora: Con virtudes y defectos, como toda obra humana…
pero cargado de buenas intenciones.

Por Domingo.com/la Revista

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