Marcelo Villamarín C.,
En la Modernidad se ha democratizado el acceso al conocimiento y a la producción ideológico-cultural desde la invención de la imprenta en el siglo XVI, invención que solo fue el punto de partida, infinitamente superado en la actualidad por técnicas de escritura y comunicación más sofisticados. En las nuevas condiciones, la función del intelectual no ha desaparecido, pero se ha modificado sensiblemente; y, al mismo tiempo, el mito sobre el intelectual, sin perder vigencia, ha cobrado nuevas connotaciones.
Para empezar, se han borrado las fronteras que separaban el trabajo intelectual del trabajo manual. Al hacerse infinitamente más complejas las relaciones sociales, atravesadas por un modo de producción que integra en un mismo proceso funciones intelectuales y manuales, pierde vigencia la separación entre el trabajo intelectual y el trabajo manual o, al menos, la diferencia se hace muy sutil, como lo advierte Antonio Gramsci, cuando señala: «La relación entre los intelectuales y el mundo de la producción (se refiere al capitalismo) no es inmediata, como ocurre con los grupos sociales fundamentales, sino que es «mediata» en grado diverso en todo el tejido social y en el complejo de las superestructuras, en los que los intelectuales son los «funcionarios».
Desde el punto de vista filosófico, el cartesianismo del siglo XVII constituye un cambio decisivo en la cosmovisión antropológica de la sociedad moderna.
Para Descartes, alma y cuerpo – y por tanto las funciones que en el pensamiento tradicional les eran propias – no constituyen ya la unidad jerarquizada que hacía posible la subordinación de la materia al espíritu. Si bien es cierto que, en teoría, Descartes sigue sosteniendo la idea de superioridad del pensamiento sobre la materia, el conjunto de su doctrina se aparta de la tradición escolástica. Solo existen tres substancias: la res cogitans (el pensamiento), las rex extensa (La materia, los cuerpos físicos) y la res infinita (Dios). El hecho de ser substancias las hace autónomas aunque conserven cierto grado de dependencia.
Así, la res cogitans constituye el asiento de la libertad, que es una facultad propia del alma; pero, el alma se encuentra perfectamente ubicada en el microcosmos de la res extensa: la glándula pineal, desde la cual ejerce su potestad sobre el cuerpo. Según el mecanicismo fundado por él, el hombre muere no porque se separa el alma del cuerpo, sino al contrario: el alma se separa del cuerpo cuando éste ha dejado de funcionar. Pequeña diferencia en la cual se encuentra toda la diferencia.
Pero, la res cogitans es privativa del hombre y su esencia radica en el pensamiento – de allí su nombre -; el pensamiento, por tanto, es común a los humanos, de donde puede concluirse que todos los hombres son potencialmente intelectuales, en el sentido de que pueden crear productos de pensamiento. Nótese la diferencia con relación al pensamiento medieval que depositaba en factores sobrenaturales la posibilidad de lograr la perfección: conocimiento, más virtud, más práctica piadosa, justificando el carácter elitista de los intelectuales.
Al ser sustituida la autoridad por la razón – el famoso sentido común de Descartes – se reconoce el carácter universal de esta última, de tal manera que el conocimiento deja de ser un privilegio; al menos en teoría, todos los seres humanos tienen la facultad de pensar y, eventualmente, de producir no solo «artefactos» sino también ideas.
En la sociedad capitalista, el que se produzca artefactos o ideas es indiferente mientras unos y otras se conviertan en mercancías. Por lo tanto, en el mundo de la producción, todos los sujetos sociales participan y cumplen un rol determinado: unos son directivos, otros técnicos, y los más, obreros y empleados. ¿Qué factor determina la asignación de los roles mencionados? El acceso al conocimiento, que es, con la democratización de la sociedad, un «derecho universal»: los más instruidos cumplen funciones de dirección y mando y los menos instruidos, las de subordinación y dependencia, independientemente de si producen libros o pollo frito. En teoría, todos los seres humanos pueden ser sabios, instruidos, «cultos»; si no lo son, ello obedece – de acuerdo a doctrinas desarrolladas posteriormente – a factores de carácter psicológico (mayor o menor capacidad intelectual determinada por el famoso «cuociente intelectual»), moral (debilidad de ciertas facultades espirituales que hacen a unos hombres vagos por naturaleza), biológicas (la raza) o, finalmente, geográficas (el clima, la región, etc.).
En cierta medida, pues, es el grado de instrucción el que asigna diferentes roles a los sujetos sociales. Sin embargo, sería un grave error – en el que incurre la mayoría de la gente – pensar que por el hecho de cumplir funciones de dirección y mando, los sujetos correspondientes pertenecen a la categoría de intelectuales.
Cierto es que hay una estrecha relación entre el conocimiento y el ejercicio de funciones directivas o, en términos más generales, entre saber y poder. No en vano, como se dijo, los intelectuales han constituido un grupo privilegiado enquistado o, al menos, cercano al poder. Y sería un error porque, a poco que meditemos en el asunto, repararíamos en el rechazo espontáneo que provoca la idea de que un gerente o un dirigente político sean considerados como tales.
De hecho, ellos mismos rechazarían tal idea, y efectivamente lo hacen, ya sea por considerar peyorativa dicha categoría – algún político habló de los intelectuales como de «sociólogos vagos» – ya sea porque, en tal caso, no habría ninguna diferencia entre los mencionados personajes y un científico social, por ejemplo. Igualmente, esta categorización impediría que las personas que no cumplen funciones de dirección sean catalogadas como intelectuales. ¿Acaso no puede ser intelectual el obrero de una fábrica? Para responderse basta leer la obra tan conocida de Antonio Skármeta, El Cartero de Neruda, para reparar en el hecho de que no existe una relación de causa efecto entre el grado de instrucción y la función intelectual.
Salta a la vista que las funciones que cumplen los personajes adscritos a tales categorías en nada se parecen, por más que unos y otros sean seres pensantes.
De allí que resulte un prejuicio ideológico identificar intelectuales con dirigentes, basados en el criterio del grado de instrucción. Incluso en los partidos políticos, cuya naturaleza parecería exigir tal identificación, las diferencias son claras. Un dirigente no es tal porque sea intelectual, como tampoco un intelectual por ser tal puede convertirse en dirigente, aunque eventualmente los dos roles puedan conjugarse en una misma persona.
Es en el seno del movimiento obrero de Occidente y también de América Latina donde se puede apreciar ciertos casos paradigmáticos de identificación de los dos roles en una misma persona. Marx, Lenin, Trotsky, Lukács, Gramsci, Fidel, el Che, etc. representan el prototipo del intelectual revolucionario que es a la vez dirigente político. Pero, esos son casos excepcionales; la mayoría de intelectuales cumple un rol más modesto, pero no por ello menos importante.
Otro prejuicio ideológico derivado de la organización capitalista de la sociedad sería considerar a los intelectuales como una élite especializada sin mayor relación con la vida práctica, ante quienes la sociedad ha adoptado una doble posición: la reverencia o la descalificación. Quienes adoptan la primera actitud, lo hacen impulsados todavía por los efectos de esa mitificación en franca decadencia. La descalificación, en cambio, proviene de esa misma mitificación, pero valorada en sentido inverso: los intelectuales son esos personajes que, por estar alejados de la vida práctica, solo «teorizan» y son incapaces de dar soluciones a los problemas concretos, opinión que no carece de fundamento y hasta es válida mientras no se generalice a todo el gremio.
Los más recalcitrantes consideran a los intelectuales como personajes improductivos; no solo que se encuentran separados de la vida práctica sino que, además, sus productos en nada aportan al progreso material de la sociedad, salvo raras excepciones que dicen relación a la transformación de los productos ideológico-culturales en mercancías.

Por Domingo.com/la Revista

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