José Bobadilla

La intentona de sazonar con retama la austeridad presidencial

Una vez leída la columna habitual de nuestro embajador y periodista don César Medina, no es posible menos que formularnos una pregunta: “¿Por qué o para qué?”

Sin duda, los que tienen memoria sabrán que el Sr. Medina no ha dicho nada más que la verdad. Pero lo expuesto, de manera tan intencional como aviesa, carga los tintes inconvenientes de un humor expreso, henchido y ufano de un realismo mágico que divierte al revés con su talante, y por lo mismo, haciéndolo a costa de un tema del más grave e imperioso interés nacional.

¿Qué otra cosa podía o puede, a siete escasos días de gobierno, concretar un presidente que no sea tomar las medidas que dejan establecidas las reglas con las cuales va a jugar?

Supongo que habrá que remontarse al libro de los exiemplos, mejor conocido como Libro de Patronio o El Conde Lucanor, a secas, y uno de sus clásicos cuentos medievales, el del joven que al dejar muy claro lo que quería y esperaba de su pretendida, no dio espacio para el menor ápice de ambigüedades, colocándose en una sana línea de ataque que lo protegería de yerros que en lo inmediato o más tarde podrían hacerlo sucumbir.

Lo patético del Dr. Salvador Jorge Blanco, uno o el único de los gobernantes latinoamericanos que jamás lograron un éxito electoral con tal altísima votación (de no fallarnos la memoria, un 80%), fue precisamente el zahiriente fracaso de una gestión que no pudo ser otra cosa que lo que señaló Medina; una comedia de acibarado moral.

El contexto de Danilo Medina es sustancialmente distinto. El nuevo presidente no sucede a un triste payaso como lo fuera el pobre don Antonio Guzmán, quien tuvo nada menos que suicidarse por el terror a una desconsideración posterior bien ganada por los desmanes y tropelías que según el rumor público encabezaron los miembros más cercanos de su propia familia.

Por desgracia, Guzmán certificó con el precio de su vida la penosa calidad de tales runrunes, pues la vida es lo más preciado que puede poseer cualquier hombre. Y como todo el que se muere es bueno, y por ser bueno va al cielo; un magnicidio se constituyó en el final de un drama de pésimo gusto que nos pudimos evitar.

Sin embargo, retomando el hilo de lo actual, que es lo que de veras importa, Danilo Medina sucede a Leonel Fernández, un presidente que no se suicidó, que se anota para sí el mérito indiscutible de marcharse del solio presidencial con un 70% de aprobación pública, y con un protagonismo institucional que deja a la República Dominicana muy aventajada en términos de su marco jurídico, y poseedora de una base firme sobre la cual no tiene otro camino que el de crecer.

Es verdad, quizás demasiado verdad, que quienes acompañaron al Dr. Fernández no honraron como era su deber ni su confianza ni su amistad. El rumor que acusa a demasiados incumbentes de prepotencia, fatuidad, enriquecimiento y pésimas gestiones administrativas está más que fundado. Y sin embargo, aún con la actitud distante, casi cesárea, del Dr. Fernández, la República Dominicana triunfó al punto de que estemos hoy en capacidad de decir que gracias a una extrema prudencia, habilidad y grandeza de miras de un Jefe de Gobierno, nos encontremos en el contexto de una crisis mundial, en un sitial que incluso potencias con nombres y apellidos envidiarían.

Pero, ciertamente, hubo sombras; penumbras muy sólidas que deben ser destruidas hasta sus cimientos con el peso y los alcances de la luz. La fiebre, como con razón señalan las abuelas, no está en las sábanas “gobernar”, es concertar todos los intereses, desde los muy buenos hasta los francamente perversos, tras la meta del logro de una estrategia que honre dejando cumplida una idea exultante de nación.

Lo que ha hecho Danilo Medina solo merece aplaudirse con entusiasmo y apoyarse con responsabilidad y decisión. El único precedente y referente de tal medida lo estableció nada menos que Juan Bosch. De eso hace cuarenta y nueve años.

Sin llegar a los extremos risibles del agua de coco, por cierto muy barata, nacional y saludable; el presidente Medina ha puesto en claro el perfil de una autoridad vertical, que ahora, en el ejercicio del poder fáctico, debe ensancharse hacia lo moral. A nadie se le puede ocurrir que poner en orden lo que no lo estaba por las razones que fueren, sea malo ni criticable. Eso que nos parece tan obvio en las formas y rigores de un mundo civilizado, es decir, en el cual las normas de acción han sido hasta la saciedad establecidas, aquí aún nos hacía falta. Y como resultado de un lento proceso llegó al solio presidencial un hombre con la decisión y la capacidad de ponerlas sobre la mesa. Lo que ahora es una tarea urgente es que las mismas se hagan cumplir.

Danilo Medina es sólo un ciudadano, una persona, aunque exhiba en su pecho la banda y el título que lo acredite como individuo presidencial. Pero eso no es nada si el mismo no se sostiene sobre quienes a su lado, y con fortuna en todas las instancias al apoyarlo, lo comprometan para que lo que está bien sea la verdad y se haga cumplir.

No señor, César Medina. Espero de usted, un hombre a quien respeto, que alce su voz, tan escuchada, para apuntalar la acción de un presidente que ha comenzado honrando lo que prometió y que ha pasado a la acción en la primera línea de una ofensiva que sólo apunta hacia la calidad.

Superar el legado positivo del Dr. Leonel Fernández no es tarea fácil para nadie. Pero ¿acaso la vida no continúa? ¿Quién puede sustraerse al poder y la fuerza inexorable de la dialéctica? ¿Acaso Leonel Fernández no quiso y propició lo que hoy tenemos dándole todo su apoyo a su viejo compañero y hermano Danilo, embarcándose en la siempre ardua tarea de sustentar a un candidato hasta hacerlo presidente?

El Dr. Fernández, heredó el país caricaturizado por las lacras balagueristas y el amargo hazmerreír del PRD. En cambio, Danilo Medina sucede a Leonel Fernández, y todos, absolutamente todos, estamos en la obligación política y moral de hacerlo triunfar, para que cada vez más, NUNCA, es decir JAMÁS, la República Dominicana vuelva a ser lo que usted y yo, por nuestra edad, hemos visto y vivido. Lo que le pido, confiriéndole el crédito debido a su grandeza de alma, lo tenemos que llevar a cabo por nuestros hijos, por nuestros país, por la humanidad.

El autor es asistente especial del presidente Danilo Medina.

Por Domingo.com/la Revista

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