Cesar Medina 

El liderazgo político abusa insistentemente de la fortaleza que exhibe nuestro sistema de partidos.

La dirigencia de las formaciones partidarias ni siquiera analiza las razones que provocan este fenómeno social, y actúa convencida de que sus constantes agresiones al sistema no provocarán un agotamiento que nos lance en brazos de una peligrosa aventura política.

Que el hartazgo de la gente considere un día que la aventura de lo desconocido no pueda ser jamás tan malo y aborrecible como lo peor de lo conocido.

Tenemos ejemplos a la vista… Y proyectado hacia el futuro inmediato más allá del 7 de octubre en Venezuela.

O detrás de nosotros, como parte ominosa de nuestra historia relativamente reciente.

Pero los políticos siguen en las suyas, convencidos de que el país les tolerará por siempre sus rebatiñas internas, sus constantes divisiones, sus irrespetos a la militancia, sus desatinos, sus inconductas, sus chabacanerías, el impudor de sus vidas licenciosas, la exhibición de sus riquezas malhabidas…

Sobre todo su eterna garata, descalificándose unos a otros y atribuyéndose pecados capitales que evidentemente les son comunes por partida doble.

Y como en medio de esta barahúnda irracional son capaces de ir a unas elecciones y arrastrar más del 98 por ciento del electorado que se deja seducir por su política clientelar que todo lo contamina, entonces piensan que la fiesta no se acabará jamás, así llegue la madrugada y vean salir el sol.

¿Por qué cambiar ahora?
¿Por qué cambiar ahora si las cosas van saliendo bien? Me dijo en televisión poco después de las pasadas elecciones un prominente dirigente del PLD que justificaba el quinto triunfo seguido de su partido a pesar de todos los cuestionamientos en la aplicación de procedimientos poco ortodoxos denunciados por la oposición.

Tres meses y medio después de esos comicios, ninguno de los partidos participantes ha convocado a sus dirigentes nacionales a una asamblea para evaluar sus resultados electorales.

Del 20 de mayo para acá el Partido Revolucionario Dominicano no ha salido de la crisis que le provocó la derrota. Las grietas en su dirección nacional se multiplican y agrandan cada día, y justo en este momento la división luce definitiva entre los grupos de Miguel Vargas e Hipólito Mejía.

El Comité Político del PLD se reunió un par de veces poco después de ganar los comicios, pero el éxtasis de la victoria no le ha permitido ver los detalles de una realidad que se expresó con saña el 20 de mayo. Ese partido descendió su votación en un 8 por ciento, la misma proporción que ascendió en votos el PRD a pesar de sus problemas internos y de que no podía tener peor candidato.

Pero en relación al 51 por ciento que obtuvo en las elecciones del 2004, el PLD bajó su caudal de votos en más de un 13 por ciento, impensable en un partido con semejante vocación de poder y el gobierno tirado a la calle para hacer ganar a Danilo Medina.

Y si ganó las elecciones, lo debe a las 13 organizaciones aliadas que le aportaron un 14 por ciento de los votos, en especial el Partido Reformista, que sacó más de un 6 por ciento del sufragio nacional.

Nadie está en eso…
Parecería que el único dirigente del PLD que ha reparado en esa realidad es Leonel Fernández al anunciar que ese partido está abocado a un proceso de reingeniería después de su congreso ordinario.

Y de las llamadas fuerzas alternativas o emergentes ni se diga. Los grupos aliados al PLD se pasaron los tres meses de la transición tratando de conservar el espacio de poder que ganaron en los gobiernos de Leonel. Y Danilo los complació revalidándolos en sus cargos. Pero en términos partidarios jamás se ha vuelto a saber de esa gente.

El Partido Reformista se resiste a perecer y en ese moriviví político su presidente Carlos Morales, por cuyo esfuerzo sigue esa formación aún con vida, anunció su “próximo relanzamiento” en procura de recuperar aquella histórica principalía.

La gente, sin embargo, luce desengañada de los tres partidos que han dominado el escenario electoral en el último medio siglo.

Es probable que se esté cerrando un ciclo en la democracia dominicana.

Como ocurrió en Venezuela entre 1956 y el 2000: los partidos se fueron al bollo y llegó Chávez… ¡Y sólo Dios sabe hasta cuándo!

Por Domingo.com/la Revista

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