Estimado Dr. Pina:

Las realizaciones políticas se ejecutan debido a una suma de factores: líder, líderes secundarios y pueblo. Un líder sin líderes secundarios y sin pueblo, o un pueblo con líderes secundarios pero sin su líder principal, o líderes secundarios por sí solos, son espectáculos frecuentes en el mundo político, y también se ve de tarde en tarde a un líder seguido por líderes secundarios pero sin pueblo y aun a un líder solitario. Además, tenemos los casos específicos: por ejemplo, el primero –el completo-: un líder principal, líderes secundarios y pueblo, esto es, todo un cuerpo político adecuado a una acción determinada, digamos, elecciones. ¿Servirá ese mismo cuerpo para una subversión revolucionaria? Tenemos el caso del PRD: fue un partido para ganar unas elecciones, pero es casi imposible que dé la medida en otro tipo de acción.

Nosotros presentaríamos al mundo un ejemplo excepcional si tuviéramos una organización política superior a nuestro medio. Y en términos de organización política, nuestro medio puede ser descrito, a grosso modo, así: masas populares inteligentes pero incapaces todavía de acción –es decir, de convertir en hechos sus ideas-, tal vez por efectos del largo terror que han sufrido; mediana y pequeña clase media casi totalmente corrompida, sin ideales, sin patriotismo, sin coraje, lista a recibir cualquier beneficio sin tomar en cuenta la moral pública y en la mayoría de los casos ni la privada y, desde luego, sin luchar para lograr esos beneficios (de este sector debe exceptuarse la juventud consciente, que es muy minoritaria en relación con la juventud total del país), y una alta clase media que es enemiga del pueblo.

Porque ésa es la realidad, no había más remedio que ir dándole a ese pueblo un nuevo horizonte usando como estímulos los que no despertaran su miedo. Sin embargo, en siete meses la mediana y pequeña clase media dominicana quedaron convencidas de que nuestro Gobierno era un antro de maldad, y las masas populares fueron paralizadas por una propaganda feroz. Nunca se ha visto en tan corto tiempo un cambio tan impresionante. El pueblo se dejó arrebatar su régimen de derecho sin lucha; y ahora está luchando un sector del pueblo (los barrios más pobres y los estudiantes), pero a causa de que los golpistas lo han hecho muy mal, no porque tenga conciencia verdadera de que le quitaron el gobierno que él se dio. Si los golpistas hubieran proporcionado trabajo y bienestar económico, estarían apoyados por la totalidad del país aunque se mantuvieran deportando y encarcelando.

Es triste tener que ver las cosas como ellas son y no como uno quisiera que fueran. El problema dominicano no es para ser resuelto por un líder. Es un problema del pueblo; y mientras el pueblo no crezca hasta donde debe crecer, no habrá papel ni lugar para el líder capaz de dirigirlo. El líder que quiera hacer allí lo que el pueblo no puede respaldar, tendrá el final trágico de Tavárez Justo. Su muerte será útil dentro de veinticinco años, pero ahora no.

Nuestro país está en la etapa de la fuerza, no en la de la educación política. El único poder real en Santo Domingo es el militar, y si en las filas castrenses no se rompe el equilibrio, tendremos dictadura por mucho tiempo. No tenemos ciudadanos capaces de hacer frente a los gases lacrimógenos, mucho menos a los fusiles. Así, entre la palabra de un líder –o su orden- y un tiro de máuser, el último tiene mucho más poder. Y los soldados y los policías dominicanos matan, cosa que el pueblo sabe por experiencia. Ahora mismo, en la reciente huelga de choferes –que no fue tal huelga si no un estallido de cólera popular-, ha habido varios muertos desconocidos.

El líder de este momento nacional no puede ser un dirigente político si no el coronel que pueda lanzar soldados a la lucha. Por eso desde el primer día de mi exilio les expliqué a los compañeros que la única manera de restituir la constitucionalidad era a través de los soldados –los contados soldados capaces de luchar por un régimen de derecho-, pero no todo el mundo ve con claridad los fenómenos políticos y en nuestro país hubo gente que creyó que allí podía hacerse una revolución armada. Fue una ilusión que dejó un saldo de sangre bien lamentable.

La lucha dominicana ha llegado ahora al punto en que se aclaran los objetivos. Una vieja casta sin poder efectivo ha tomado el poder para darse a sí misma sustancia económica repartiéndose la herencia de Trujillo. En buena lógica, esa casta debe retener el poder el tiempo necesario para lograr lo que se ha propuesto. El pueblo no tiene recursos de ningún tipo para impedirlo. Si un líder lanzara al pueblo a la lucha para que esa casta fuera derrotada, se encontraría en el caso del chofer que no puede manejar un auto porque carece de baterías, del carburador y hasta de ruedas. La única posibilidad que tenemos por delante sería un milagro histórico; que un sector militar lo impidiera. Pero ya lo digo: sería un milagro histórico, algo que no está en la lógica de los acontecimientos.

Cuando supe que Ud. me había estado buscando, salí yo a buscarlo y ya era tarde: usted se había ido a Venezuela. Sentí no verlo. Me hubiera gustado hablar con usted sobre estos problemas en vez de tratarlos por carta.

Reciba un saludo afectuoso de

Apartado 609, San Juan, PR
27 de mayo de 1964

Juan Bosch

Por Domingo.com/la Revista

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Un comentario en «Juan Bosch, una carta para la Historia»

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