Juany Uribe

Siempre he creído, y hoy, 49 años después de aquel 24 de septiembre de 1963 lo confirmo, que el Golpe de Estado que derrocó al Gobierno Constitucional del profesor Juan Bosch, torció el destino de la República Dominicana.

Los que, aprovechando  la oscuridad de la noche, perpetraron aquel crimen de lesa patria, no solamente depusieron el régimen que el pueblo libérrimamente se había  dado , sino que también sepultaron abruptamente los sueños de esperanza y de justicia social de toda una nación.   Con el Golpe de Estado se fueron la reforma agraria, los planes de educación, la practica de la honestidad y se fue el Presidente que hizo de su ejercicio una casa de cristal.

49 años cumple hoy aquella asonada que trajo después como consecuencia la Revolución  que dividió la familia dominicana en dos bandos irreconciliables: el que abogaba por el retorno a la constitucionalidad y el que, cuatro días después del estallido de abril, suplicaba al coloso del Norte el envío de sus tropas para defender  la patria de “los peligros del comunismo ateo”, muchos de los cuales vivos hoy ñtalvez agobiados por la vergüenza, pero no por el remordimientoó quieren que se olvide su traición. Cuarentinueve años han transcurrido  y en homenaje a Don Juan, reproduzco este párrafo de un discurso suyo del 23 de marzo de 1963: “Cuando tomé posesión del cargo de Presidente de la República lo hice en traje de calle, sin banda presidencial, sin honores militares, porque la democracia tiene que ser humilde. Uso automóvil particular, con placa particular, automóvil que no es de pescuezo largo, porque la democracia tiene que ser humilde. La humildad en mí no significa esfuerzo. Soy naturalmente humilde”.

Y, finalmente,  las palabras lapidarias que pronunció dos días después de su derrocamiento: “En siete meses de gobierno no hemos derramado una gota de sangre, ni hemos ordenado una tortura, ni hemos aceptado que un centavo del pueblo fuera a parar a manos de ladrones. Hemos permitido toda clase de libertades y hemos recibido toda clase de insultos porque la democracia debe ser tolerante; pero no hemos tolerado persecuciones, ni crímenes, ni torturas, ni huelgas ilegales, ni robos, porque la democracia respeta al ser humano y exige que se respete el orden público y demanda honestidad. Los hombres pueden caer, pero los principios no”.

Por Domingo.com/la Revista

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