La violencia nunca se ha marchado por completo del escenario de la primavera árabe y del Medio Oriente. Nuevamente se atrinchera en la intolerancia, esta vez como respuesta aparente a una película que se mofa de los principios del islamismo. El decorado no es exclusivo de la zona y también exhibe sus colores más estridentes en las sociedades desarrolladas, sin perder vigor en el páramo mental dominicano donde la osadía de ser diferente se salda con 27 puñaladas alevosas en una madrugada calvario.
Enardecidas por un insulto fílmico al islam que no han visto y que deambuló por el ciberespacio sin que a nadie importara, las masas estridentes han colmado en estos días las plazas y el espacio favorito para remachar el fundamentalismo: las representaciones diplomáticas de Estados Unidos. En Libia, un popular y experimentado embajador, Christopher Stevens, más tres colegas suyos perdieron la vida en circunstancias no establecidas cabalmente durante el asalto al consulado de Estados Unidos en Bengasi, en el costado oriental del país. Saturno devorando a su hijo, porque fue ese diplomático –humilde, carismático y conocedor a fondo de la región–, protagonista de primer orden en el entramado de los acontecimientos que culminaron con la caída de la dictadura de Muamar Gadafi, una de las más brutales en la geografía mundial.
La sociedad abierta y sus enemigos, además. Los ensayos democráticos consecuencia de la primavera árabe han abierto las puertas de par en par a los sectores más truculentos, dispuestos a llevar sus ideas a la práctica sin parar mientes en las libertades que les garantizan su participación en la vida pública. Como el cristianismo con sus múltiples sectas, denominaciones, iglesias e interpretaciones de los llamados textos sagrados, también el islam acusa divisiones importantes. A diferencia de las otras dos religiones monoteístas, algunos suníes y chiítas no tienen empacho en dirimir sus diferencias con los kalashnikovs en la mano, la bomba artera y el terrorismo. Para las hordas fanatizadas, hay un frente siempre abierto con el Occidente, al que acusan de cuantos males asuelan la tierra.
La virulencia y persistencia de las manifestaciones ejemplifica la peligrosidad de los salafistas yijadistas, abanderados de una tendencia islámica que predica la violencia e interpreta con mira estrecha los libros sacros. Tomados fuera de contexto y sin exégesis alguna, los lineamientos del Corán son armas de destrucción masiva en la actuación de estos obcecados.
La respuesta oficial norteamericana es aleccionadora. Aunque critica el filme sacrílego al que nadie le admite valor estético alguno amén de ser un ejemplo procaz de fanatismo, reivindica la libertad de expresión y condena la violencia. Irrespetar las religiones, burlarse de las creencias ajenas y hasta denigrar los símbolos patrióticos gozan de amparo constitucional, y antes que coartarlo, las autoridades están en el deber de proteger ese derecho aun cuando su ejercicio se convierta en una provocación y aliente la violencia contra Estados Unidos que se extiende por el mundo musulmán. Cáveat, pecaríamos de simplistas si el problema lo viésemos exclusivamente bajo la lupa del fanatismo religioso y dejáramos de lado los aspectos de geopolítica que complejizan el Medio y Cercano Oriente, la fuente energética del mundo y por tanto punto obligado de atención global. O si lo encasilláramos maniqueamente dentro del choque de civilizaciones a que alude Samuel Huntington. Otro es, sin embargo, el propósito de esta entrega sabatina.
Pena que no se entienda el valor de principios que, como el respeto a la expresión ajena por repugnante que sea, forman la base de una sociedad civilizada y habilitan la convivencia pacífica. En el fondo, los fundamentalistas abogan por una teocracia, por el uniforme religioso de la sociedad dictado por una sola interpretación, la suya, de los elementos que componen el islamismo. Salvo en los métodos, no se diferencian de quienes propugnan por estos parajes caribeños e incluso en los Estados Unidos que la acción pública, caso de las leyes y la Constitución, se ciña a su doctrina religiosa. La criminalización hasta del aborto terapéutico y la ausencia en el texto constitucional de garantías para los de otra orientación sexual obedecen a una concepción teocrática a contrapelo de la democracia.
La religión como impulso del quehacer público es un peligro. El filme de marras data de junio de este año y nada se sabía de él hasta que un comentarista egipcio de televisión, un salafista, lo analizó durante dos horas el sábado pasado. Claro, el analista pertenece a la oposición, y los desórdenes que motivó su prédica incendiaria han puesto en evidencia las dificultades y debilidades del nuevo gobierno egipcio. Política y religión a menudo van de la mano, y no solo en los confines musulmanes.
Modernamente, quizás nadie como el británico-norteamericano Christopher Hitchens, escritor y periodista genial víctima de un cáncer el año pasado, ha expuesto con claridad vigorosa los riesgos de mezclar la religión y la política y de la intolerancia aneja, sobre todo en su obra magna publicada hace cinco años, God is not Great: How Religion Poisons Everything (Dios no es grande: cómo la religión lo envenena todo). La ponzoña la acabamos de ver en Libia, pero también hace casi exactamente once años en las torres gemelas en Nueva York y en el templo sij de Milwaukee unas pocas semanas atrás.
En sus argumentaciones, Hitchens se apoya en un saliente invulnerable: los principios de los librepensadores como él no parten de la fe, «ni se cimentan exclusivamente en la ciencia y la razón porque estos no son necesariamente factores suficientes, aunque desconfiemos de todo aquello que contradiga la ciencia o ultraje la razón». Lo que expresa a continuación en los prolegómenos de su libro resume la característica básica de quienes abjuramos de la necesidad de la muleta religiosa para caminar rectos en la vida, la preocupación legítima por el prójimo y la práctica ciudadana cónsona con la democracia: «Podemos diferir sobre muchas cosas, pero respetamos la libertad de cuestionamiento, la apertura mental y la búsqueda de las ideas por las ideas mismas». Cuando surgen las diferencias, se resuelven «en base a la evidencia y al razonamiento y no por excomulgación mutua».
Declaración poderosa que rompe lanzas con los dogmas y establece como sine qua non la tolerancia, el espíritu inquisitivo y el ensanchamiento de las fronteras del pensamiento en aras de la dignidad y la eliminación de la ignorancia. Hay mayor fortaleza y riqueza en la búsqueda del bien común por convencimiento propio y no como tarea impuesta por mandamientos religiosos, sujetos a interpretaciones convenientes que otros han hecho tras arrogarse la comunicación con una autoridad que habita en el arcano del más allá y refugiarse en la fe. Se exige creer, no pensar ni discernir, y luego, interpretar a pie juntillas el papel asignado.
No somos inmunes, dice Hitchens «al atractivo del asombro, del misterio y del sobrecogimiento: tenemos la música y el arte y la literatura, y encontramos que los dilemas éticos serios son tratados mejor por Shakespeare y Tolstoy y Schiller y Dostoyevsky y George Eliot que por las leyendas míticas morales de los libros sagrados. La literatura, no las Escrituras, sostiene la mente y, a falta de otra metáfora, también el alma». A esa constelación podrían añadirse muchas otras estrellas, todas con el brillo que da la pasión en la búsqueda de la verdad y el deleite del espíritu
He releído no sé cuántas veces esos párrafos iluminadores, que rescatan la pertinencia del pensamiento libre en la resolución de los conflictos éticos, sí, pero también en la oferta múltiple de respuestas para las dudas vitales que nos asaltan como humanos. La inspiración y la creatividad abominan de recetas extraídas de textos antiguos y que guardan escasa conexión con la realidad presente, excepto cuando se estira la exégesis hasta acomodarla a cuestiones complejas de reciente aparición y que nunca pudieron ser tan siquiera sospechadas por los escribanos de la Biblia, el Talmud o el Corán. La fe no es el mejor remplazo de la razón en el fallo de los conflictos o el establecimiento de las reglas que rigen la vida en sociedad, con garantías iguales para todos y mucho más para las minorías y los más débiles, para los que su no pertenencia a la ortodoxia reinante puede devenir persecución, tragedia y dolor.
Ciertamente hay sesgos en el tratamiento que las religiones dan a la libertad y, por ende, a la tolerancia. No nos equivoquemos, sin embargo, el concepto mismo de salvación, piedra de toque en el edificio religioso, es excluyente. Fuera de la adscripción a determinadas normas y a prácticas que en modo alguno pueden ser consideradas universales, aquella no es posible. Y si la vida terrenal es simplemente una prueba para acceder a la otra, ergo la diversidad está de antemano condenada. Hay una sola verdad, y esta no admite el disenso y, mucho menos, el cuestionamiento. Ex cathedra, la infalibilidad del Papa es un dogma. En esas conclusiones absolutistas, implacables, radicales y dogmáticas confluyen todas las grandes religiones, islamismo, cristianismo, judaísmo. La diferencia estriba en cómo se manifiesta.
El concepto de salvación nos remite a otro estadio problemático, y es la necesidad de incorporar los castigos y las amenazas como disuasivos para no apartarse de principios que pueden adquirirse al margen de las religiones, como revela cualquier escrutinio superficial de la historia. Como en la mejor práctica conductista, también hay refuerzos positivos aunque su disfrute está pospuesto. No hay religión sin infiernos y, desafortunadamente, al calor de ellas se han provocado fuegos terrenales espantosos. La crónica de la humanidad está repleta de piras religiosas, no solamente las atizadas durante el triste período de la Inquisición, sino las que ahora se preparan o ya estallaron con secuelas calamitosas.
Y sin embargo, nunca ha figurado en la propuesta librepensadora la abolición de las religiones, no obstante la evidencia de que a menudo son un incentivo malsano si llevadas al fanatismo, y comprobada la tendencia de muchos religiosos a impregnar con sus creencias el quehacer político. Hacerlo sería intolerancia, la que brota a raudales cuando se proclama un único camino y una sola verdad. Para la libertad, las religiones sobran. Aun así, las aceptamos. Y no molestan los cánticos acompasados que me llegan desde la mezquita a tiro de piedra de donde vivo, ni la voz amplificada del imán o las retenciones de tránsito que provocan los fieles en el viernes pre otoñal del Washington herido por lo ocurrido en Libia.
Hay mayor fortaleza y riqueza en la búsqueda del bien común por convencimiento propio y no como tarea impuesta por mandamientos religiosos, sujetos a interpretaciones convenientes que otros han hecho tras arrogarse la comunicación con una autoridad que habita en el arcano del más allá y refugiarse en la fe.
ANIBAL DE CASTRO
TOMADO DE DIARIO LIBRE

Por Domingo.com/la Revista

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