El martes de esta semana rememoramos el 49 aniversario de una fecha funesta; el 25 de septiembre de 1963, se perpetuó un crimen contra nuestra democracia todavía balbuceante, con el derrocamiento de Juan Bosch.

Buenas plumas y mejores cabezas han analizado en estos días las causas de ese hecho: las oscuras ambiciones desde las cavernas de la derecha impulsando a los militares a dar el golpe; la dogmática intransigencia de un sector de la iglesia, el imperio ñ¡ah, el imperio!ñ que no entendía que en la “república bananera”, se erigiera un gobernante con dignidad tan alta, que apostaba por una democracia, diferente a la raquítica de postalita electoral, en su decisión de negociar con todos/as las naciones, dispuesta a distribuir entre los trabajadores dominicanos parte de los beneficios de las empresas, nacionales y también extranjeras.

Se han recordado como otros motivos, supuestos o reales errores cometidos por don Juan, en su visión un poco metafísica en esa época acerca del ejercicio de las libertades, unida en su rechazo visceral a la violencia, que le impidió tomar las medidas que frente al complot que se urdía casi impúdicamente en las narices de todos, les recomendaban sus leales.

Pero Juan Bosch era así, intransigente en sus principios. Conocedor del alma dominicana que supo plasmar en su literatura, no quiso mancillar la suya castigando a los que, como el don Pío del cuento Los Amos, se retorcían de ambición, de odio, de envidia.

No soy historiadora, hago juicios empíricos. Para mí, hay una causa principal del golpe del 25 de septiembre. La  privilegio cada vez que me toca hablar del tema. Es una luz que ilumina los miedos que en el fondo provocaron el golpe, y se constituye en ejemplo, en reto al que no hemos sabido responder, los que decimos ser discípulos de Bosch, una bandera que proclama igualdad, un escudo que quiso y no pudo proteger a los débiles: la Constitución de 1963.

Inspirada en los documentos fundacionales del PRD, lo compruebo con orgullo leyendo valiosos textos de 1939, 1941 y 1942, y en la prédica de don Juan en aquellas lecciones transmitidas por Tribuna Democrática, la Constitución que aprobó la Asamblea Constituyente, conformada por profesionales, estudiantes, trabajadores ¡y mujeres! es un modelo auténtico, el primero en nuestro país y el segundo en América Latina después de la de Cuba de 1940, de lo que se denomina Constitucionalismo Social.

O sea, integra a la clásica taxonomía de derechos civiles y políticos  (de primera generación) los derechos de 3ra y 4ta, sociales y económicos; completándose y cualificando así, el concepto de derechos humanos.

Se rompe en la Constitución del 63 el criterio de una igualdad abstracta, retórica e inoperante, que pasa a ser igualdad actuante, dinámica, capaz de colocar a todos/as los ciudadanos/as  en un mismo punto de partida, y a aspirar a un mismo punto de llegada a través de la garantía que el Estado como ente nivelador de desigualdades, ofrece a todos/as sin exclusión.

Todo el articulado de la Constitución del 63 y las leyes que la complementaron, están empapados de ese sentido social de la existencia; tierra para los campesinos, prohibición del latifundio y el minifundio, trabajo decente, distribución de beneficios entre los trabajadores, seguridad social inclusiva y solidaria, educación en libertad igual para todos/as en el más puro estilo hostosiano, igualdad de género, en resumen: una plataforma para lograr la verdadera, la auténtica cohesión social en República Dominicana.

Eran pocos, pero su poder era mucho. No podían permitir que los pobres, los excluidos, se supieran también ciudadanos, y tuvieran en la Constitución garantías de serlo en la práctica. Creo que la decisiva fuerza con que don Juan se negó junto a los constituyentes, a cambiar esa Carta Magna, a disminuir en ella la presencia de esos humildes que saltan de los páginas de la cuentística de Bosch para legitimarse como protagonistas, que determinó su derrocamiento.

Para evitar que la igualdad y la justicia social se entronizaran en este país, los que se sentían dueños de todo conspiraron y derrocaron a Bosch. Como la Constitución del 63 consagraba esa versión moderna de los Derechos Humanos, después de deponer a don Juan, la abolieron de inmediato.

Añorando lo que pudo ser y no es aún, la aplicación de esa Constitución Social e Igualitaria, pienso: ¿será por cobardía que no nos hemos atrevido más nunca a recuperar los postulados de 1963, y no hablamos demasiado sobre ese tema desafiante?

Rescatar la esencia de esa Constitución del 63, sería el mejor desagravio al país por el  golpe de septiembre de 1963.

Yvelisse Prats Ramírez De Pérez
yvepra@hotmail.com

 

Por Domingo.com/la Revista

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