Un Juan Naturalista Pródigo

Cuando niño escuchaba decir en conversaciones entre mayores: «Ese Juan Lockward no tiene voz y si la tuvo alguna vez se le gastó en el trasnoche de bohemia y serenatas. Pero qué buenas son sus canciones, mira que esa Guitarra bohemia hasta la grabaron Los Panchos». Su escenario natural no fue la televisión que requería otros perfiles en el formato concebido por La Voz Dominicana, donde sus temas tenían presencia en la programación a través de Colás Casimiro, Lope Balaguer, Luis Vásquez. Su circuito más directo fue la radio y el disco. Yo me crié escuchando al Mago de la Media Voz, como fuera bautizado, apegado a su timbre misterioso que me arrobaba, en programas radiales vespertinos emitidos al caer la tarde. Entre lecturas de versos románticos de Rubén Darío, Amado Nervo, Gutiérrez Nájera, Lorca, Fabio Fiallo, Ligio Lizardi, Héctor J. Díaz y José Angel Buesa. A veces en compañía de mi querido vecino Magín Domingo Puello -quien actuara como un primer preceptor en estos temas y en materia de canto coral- tras regresar del Colegio de La Salle.
Magín, en trance de poeta novicio, se vestía con una bata de seda, tomaba pluma y papel, y procedía a copiar los versos declamados en las voces emblemáticas de Juan Llibre, Freddy Nanita, Freddy Miller, Alfonso Martínez, Liliano Angulo. Una generación que sería reforzada en Atardecer por HIG con los aportes de Henry Ramírez, Fernando Casado, Freddy Mondesí y César Federico Larancuent, quien se inmolaría en la expedición del 14 de junio de 1959. Mi tío Bienvenido Pichardo -copropietario de la Farmacia Pasteur- era un habitué de La Hora Mística que patrocinaba la Farmacia Mella y sonorizaba la siesta indispensable, con música culta, citas de personajes históricos, fragmentos filosóficos y poesía. Bajo cuyo influjo yo también echaba mi pavita, abobado por la canícula meridiana y la ingesta de la calórica «bandera».
Aparte de cantar al amor en todas sus vertientes y vericuetos (incluyendo el amor oculto: «Adórame en silencio ya lo sabemos/y bésame con miedo y con esquivez/ Ámame en un minuto y así tendremos/ guardados más deseos para otra vez»), como trovador de raza que fue, Juan Lockward dominó como el que más, en su versátil versificación musical, el tratamiento del tema de la naturaleza y el paisaje, una de las fuentes nutricias de su inspiración. Con su magistral paleta, fue el gran colorista del parnaso musical dominicano, como lo atestiguan sus composiciones plenas de imágenes entrañables.
Que Dios bendiga el Cibao -una pieza singular merecedora de mayor difusión- es el canto a la tierra pródiga de la región central de la isla. Su sonoridad se mueve entre un son montuno cubano al estilo de Sindo Garay (o la Guantanamera de José Martí y Joseito Fernández) y una milonga campera argentina de Atahualpa Yupanqui, Eduardo Falú o Jorge Cafrune. En este texto ubérrimo, colosal, el cantor asume la función seminal del poeta al describir la obra de la naturaleza y nombrarlo todo. Al modo del Walt Whitman de Hojas de Hierba predicando la inmensidad de las praderas y la feracidad de los campos de Norteamérica o del Pablo Neruda de Canto General poetizando cada espacio de la diversa y contrastante geografía americana. De un ritmo poético y musical espléndido, entre frutas y frutos, palmas y flores, pajuiles y guaraguaos, discurre este rico inventario de nuestro paraíso terrenal, de nuestros activos productivos tradicionales, que hoy debería ser himno de ambientalistas militantes.
«Es la tierra del Cibao/ la más fértil del país/ En ella se da el maíz/ y también se da el cacao/ Las piñas como melao/ se dan en esa región/ Abunda mucho el limón/ el café y el aguacate/ Y plátanos y tomates/ se dan allí por montón.» Ahí entra con su canto y trinar de guitarras el estribillo: «Fértil región de las palmas/ del café y del cacao/ Que Dios bendiga mil veces/ a esa tierra del Cibao». Para proseguir, cual cronista de Indias, el memorial naturalista: «El mangú es todo dulzura/ Y no hay nada según veo/ que se iguale a ese guineo/ que nos regaló Natura/ Y habrá algo por ventura/ que se pueda comparar/ con esa fruta sin par/ que guanábana se llama/ Por eso es que el mundo exclama/Qué región tan sin igual.
Hay muchísimos cajuiles/ Guayabas hay por montones/ Nísperos, cocos, melones/ se encuentran allí por miles/ Do quiera se ven pajuiles/ con sus colas de color/ Donde quiera hay una flor/ de corola perfumada/ Allí abunda la granada/ El Cibao es lo mejor/ La yuca hay que mencionar/ porque todo el mundo sabe/ que sin la yuca el casabe/ no se puede elaborar/ Hay doquiera un arrozal/ en las cercanías de Mao/ donde anida el guaraguao/ Y abundan tanto las reses/ Que Dios bendiga mil veces/ a esa tierra del Cibao.»
La evocación descriptiva y nostálgica del solar natal y los años mozos de feliz discurrir se hallan presente en los temas Puerto Plata, Yo soy de la Costa Norte, Poza del Castillo y Tu paisaje. En Puerto Plata la voz quebrada del poeta cantor nos traslada al paisaje que le vio nacer, al «pueblito encantado» en cuyas playas ha sido «un pirata valiente y audaz». En bucólica remembranza nos ofrece su testimonio bautismal: «Yo nací en la falda de la loma/ Yo nací a la orilla de la mar/ Me arrullaron las mágicas palomas/ El cantar de un arroyuelo/ Y la brisa de un palmar». Es una composición que toca hondas fibras, no sólo a aquellos que fraguaron su existencia con Isabel de Torres guardándoles las espaldas y el Atlántico frontal, desafiante y espumante, invitándoles a soñar, a emprender el viaje. Sino también a los afortunados que hemos aprendido a amar tanta belleza que acunó una historia singular cosmopolita. De este pueblo de talante independiente, como lo es Cataluña y el País Vasco en el concierto de España.
En Poza del Castillo el poeta realiza el contrapunto entre la autobiografía y este entrañable baño marino de los porteños de antaño, arropado hoy por la impronta inexorable de los cambios ecológicos. Para asumir el tema del tiempo y su ineluctable decurso. «Poza del Castillo/ Risas que pasaron/ Años juveniles/ que me abandonaron/ Alegres mañanas/ de sal y de sol/ que se han escondido quizás/ en un caracol/ Ya no eres la misma/ ni yo soy el mismo/ Tus aguas se agotan/ y me agoto yo/ Porque ya los años/ fueron transcurriendo/ Y se fue perdiendo/ el buen tiempo que pasó/ Poza del Castillo/ nunca han de volver/ los dulces momentos/ que en tus aguas yo pasé.»
Tu paisaje registra el reencuentro con el natal «pueblo marinero», ante cuya vorágine de cambios experimentados el poeta se refugia en la memoria para proteger su propio sello de identidad: «Tu paisaje esencial no ha cambiado/Tu paisaje no puede cambiar/ Es el mismo que viera una infancia/ feliz y descalza, vagar y vagar.» La plasticidad evocativa se deja llevar, alada por ese verso fácil que sale del cordaje encantado del trovador raigal que fue Lockward: «Tu paisaje esencial no ha cambiado/ Es tu misma montaña y tu mar/Es la vieja piedra solitaria/ frente a la bahía tu brisa y tu sal/ Son tus peces de raros colores/ Son tus aves surcando el azul/ Son las naves en el horizonte/ y las blancas nubes de gaza o de tul/ Puerto Plata pueblo marinero/ que tantos viajeros has visto llegar/ Hoy te visten galas del progreso/ Pero eres el mismo querido solar.» Aunque desconozco la datación de esta composición, sin dudas alude al proceso de remodelación urbana que la administración de Balaguer de los 12 años emprendió en la Novia del Atlántico para convertirla en el principal polo turístico del país.
En Santiago -canto a la ciudad que lo acogió en sus años de correrías juveniles, serenatas y audiciones en la emisora que operaba en el Hotel Mercedes donde estrenó Paraíso soñado de su amigo Manuel Sánchez Acosta- vuelve a expresarse la lírica sintética de Lockward, al esbozar en líneas medulares la geografía que la envuelve y el encanto del trazado urbano y pasional de la Ciudad Corazón del valle del Cibao. Después del Himno Nacional, este es el llamado poético musical que más hace vibrar la identidad de patria chica de los santiagueros. «En medio de la fértil/ campiña cibaeña/ Bañada por las aguas/ de un Yaque dormilón/ Con las calles tendidas/ al sol siempre risueñas/ Gorjea sus canciones/ la Ciudad Corazón/ Santiago/ te circundan las aguas del Yaque/ como un cinturón/ Santiago/ tú estás siempre latiendo, latiendo/ como un corazón/ Tus barrios/ son tan pintorescos/ que nada puede igualar/ su vida/ sus pasiones/ y sus mil maneras/ de reír o llorar».
Como Rafael Hernández -quien compuso su China Santa, al influjo de la cultura oriental que el modernismo con Rubén Darío a la cabeza asimiló en la literatura y Occidente celebró en diversas manifestaciones del arte-, Lockward hizo también su canción china, la delicada Flor de té, de una belleza «como porcelana era su tersa piel/ y sus besos dicen que eran dulces cual la miel». En la media voz de Lockward o la miel de Colás Casimiro: «Cuentan que una linda flor de té/ cautiva fue/ en un gran palacio de caolín/ en donde moraba un mandarín/ Era ella una linda flor oriental/ Era un árbol loto en un lago de cristal/ Como porcelana era su tersa piel/ Y sus besos dicen que eran dulces cual la miel/ Yo quisiera un día como el mandarín/ Tenerte cautiva en cárcel de caolín/ Que allí mis amores yo te cantaré/ Oh ideal, fragante, purísima flor de té.»
Luis Vásquez me enamoró de Marinera: «Vestida de marinera/ te vi una tarde desde un balcón/ Y tu imagen hechicera/ quedó grabada en mi corazón/ Quisiera marinerita/ bogar contigo cruzar la mar/ En una lejana islita/ hacer un nido para descansar/ Para que a nadie se le ocurra/ llegarse a la islita para molestar/ Vestida de marinera/ chiquita linda tú vivirás/ Y con tu voz hechicera/ tiernas canciones me cantarás/ Y yo a mi vez a tu oído/ con voz temblando de la emoción/ también te diré mi canto/ Y así la vida será una canción/ Y en medio de tantas canciones/ Nos adoraremos con loca pasión.» Y aunque la conocí en los 60’s aún navego en la mar con esta marinerita.

Por Domingo.com/la Revista

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