“El hijo del hombre no ha venido
para que le sirvan, sino para servir”.
Maruchi R. De Elmúdesi 
melmudesi@hotmail.com
Estas palabras de Jesús nos vienen muy bien en estos momentos que estamos viviendo, cuando el individualismo rampante está carcomiendo la conciencia de tantos jóvenes como adultos. Y es que tenemos que decirnos cada día: ¿Qué quiere el Señor de mí? ¿Qué voy a hacer con los talentos que Él me ha concedido?

Todos venimos a cumplir una misión importante en la vida. Lo que debemos conocer es ¿cuál es esa misión que Él Señor quiere que yo realice? ¿Desea Jesús que yo realice mi vida en beneficio de Su Reino, o simplemente trabaje para mi propio beneficio? ¿Soy capaz de servir a los demás desinteresadamente como Él lo hizo, o soy incapaz de negarme a mí mismo en bien de los demás? Es una opción que debo tener muy bien clara. Si queremos ser comprometidos con nuestra fe.
Es difícil en un mundo que no quiere nada con el sufrimiento. Y lo vemos bien. Nadie quiere ni debe sufrir por gusto, eso sería masoquismo. La diferencia está en asumir las cosas negativas que nos depara la vida con valentía y fortaleza de espíritu, como lo asumió Jesús de Nazaret.
Cada día es más difícil educar a los hijos en el sentido del deber, con la responsabilidad de cumplir con lo que tenemos que hacer, con tantos malos ejemplos que parecen que son los únicos merecedores de reconocimiento. En la pasada X Ultreya Nacional del Movimiento de Cursillos de Cristiandad, su Eminencia el Cardenal López Rodríguez, en la homilía de la Santa Misa, nos hablaba de la importancia de vivir el Sacramento del Matrimonio dentro del Plan de Dios. Especialmente hoy en día con tantas aberraciones que se dan como positivas. Los cristianos casados debemos constantemente dar ejemplo de que el amor se puede vivir todavía hoy en nuestra sociedad. Pero solamente cuando estemos claros de para qué nos hemos casado, podremos hacerlo. Si es el amor el que ha movido nuestros sentimientos y no el mercantilismo. Solo el amor ágape, es capaz de dar sin esperar recibir nada a cambio. Solamente así podremos servir dentro de nuestros hogares.
¿Estamos pues, los matrimonios de este milenio capacitados para servir unos a los otros? ¿O cada uno va en busca de su propia “felicidad” aún a costa de los demás?
Pensamos que es en la familia donde mejor o peor se vive este mandato de servir. ¿Somos capaces de tener esa generosidad para con cada uno de los miembros de nuestra familia? O ¿son los hogares como hoteles donde cada uno exige que se le atienda?  ¿Cuándo una persona decide romper su unión matrimonial, ¿piensa en lo que va a causar a sus hijos, que no les han pedido venir al mundo?
¿No será esta, la causa de tanta angustia, insensibilidad, dolor y apatía en nuestros jóvenes adolescentes?
“Una de las pobrezas más hondas que el hombre puede experimentar es la soledad. Ciertamente, también las otras pobrezas, incluidas las materiales nacen del aislamiento, del no ser amados o de la dificultad de amar.” (Encíclica Caritas in Veritate N.8 53, de S.S. Benedicto XVI)
El hombre aprende a amar y a servir en familia. La primera escuela de virtudes sociales. Y cuando esta falla, falla toda la sociedad. Vamos a pedir al Señor Su Gracia, que nos ayude a proteger nuestras familias; que puedan ser instrumentos de evangelización de esa cultura negativa que amenaza con todos nuestros valores humanos y cristianos. 

Por Domingo.com/la Revista

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