Español: UNIVERSITE JEAN PAUL SARTRE & PAUL NIZAN

UN REALISMO INTRANSIGENTE

Perry Anderson. El laboratorio implacable de la historia” de Gregory Elliot

JAIME PASTOR

 

La labor que Perry Anderson, sólo o en colaboración con miembros destacados de la redacción de la revista británica New Left Review (NLR), ha desarrollado desde comienzos de 1960 como referente político-intelectual de los debates que han ido surgiendo dentro de la izquierda europea, es todavía poco conocida en nuestro país, pese a que algunos de sus trabajos lograron una amplia difusión. Para responder a ese vacío la edición en castellano de esta obra, gracias a la traducción de Gustau Muñoz, es sin duda muy oportuna. No es fácil sin embargo analizar e interpretar todos los momentos significativos de la trayectoria de alguien que, como se recuerda en el Prefacio, ha sido definido como “el intelectual marxista británico más brillante” y cuya producción escrita sobre las materias más diversas revela un saber enciclopédico poco corriente y a la vez comprometido políticamente. No obstante, el esfuerzo de Elliott, que ha podido acceder además a documentos internos de la NLR, resulta satisfactorio pese a que la inclusión de un “Post scriptum” a la edición española demuestra que, afortunadamente, la perseverancia de Anderson en sus reflexiones obligará a ir actualizando en el futuro esa tarea de “articular las historias ‘internas’ y ‘externas’ de sus textos en sus contextos”. Porque, en efecto, a medida que nos adentramos en la descripción e interpretación de las distintas fases en la evolución del “marxismo andersoniano”, nos encontramos con una serie de conflictos, tomas de posición y aportaciones que influyeron en dos generaciones clave en la historia de la izquierda europea: la que surge entre el final de la Segunda Guerra Mundial y 1956 y la que emerge alrededor de 1968. Anderson se sitúa entre ambas por su edad pero muy pronto aparece como un referente fundamental para la segunda al mismo tiempo que es respetado por singulares representantes de la primera. Así, partiendo de las influencias de Isaac Deutscher y Jean Paul Sartre y en diálogo constante con E.P. Thompson, Eric Hobsbawm o Raymond Williams, muy pronto es el marxismo de Gramsci el que va centrando su atención y su interés, paralelamente al impacto que van teniendo la revolución cubana, el 68 francés, vietnamita y checoslovaco, o la entonces idealizada “revolución cultural” china. Su acercamiento al “trotskysmo” a través de Ernest Mandel coincide con un optimismo revolucionario en el “Norte” que se verá posteriormente frustrado tras el fracaso de la revolución portuguesa de 1974 y el desenlace de la transición política española. Es precisamente en esos años cuando obras como Consideraciones sobre el marxismo occidental (un balance histórico del marxismo occidental desde la Revolución de Octubre) o Las antinomias de Gramsci (“un cuestionamiento virulento del reformismo”, identificado éste último con la interpretación dominante de Gramsci dentro del comunismo italiano) constituyen libros de cabecera para una minoría crítica que apuesta por una nueva fusión entre la teoría marxista y el movimiento real a medida que se ven confirmados los límites del nuevo ciclo “sesentayochista” y el impasse del eurocomunismo. Antes de esas obras Anderson había publicado otras dos que se han convertido desde entonces en “clásicas” incluso en el ámbito universitario: Transiciones de la antigüedad al feudalismo y El Estado absolutista han sido manuales de obligada lectura para quienes buscaban una interpretación marxista de los orígenes de los Estados modernos que estuviera alejada de las versiones oficiales, ya fueran liberales o “soviéticas”. Se trata sin duda de lo mejor publicado por él hasta ese momento, haciendo así una notable contribución al desarrollo de una sociología histórica que, junto a trabajos como los de Barrington Moore, Charles Tilly o Theda Skocpol, luego se ha ido enriqueciendo con otros tan ambiciosos como los de Michael Mann, a los cuales el propio Anderson prestará especial atención no exenta de críticas y autocríticas. En los años 80 vemos cómo la NLR se ve cada vez más implicada en el movimiento por la paz británico, publicando las tesis sobre el “exterminismo” de Thompson y abriendo un debate sobre las mismas en el que la mayoría de la redacción se siente más próxima a las posiciones críticas defendidas por Fred Halliday. Anderson prosigue paralelamente su “batalla de las ideas” mediando en la polémica entre Thompson y Althusser, discutiendo sobre la Modernidad con Marshall Berman o dialogando con pensadores como Bobbio, Unger, Timpanaro y, cada vez más, Ernest Gellner, entre otros. Simultáneamente, va reconociendo los desafíos que para el marxismo suponen tanto el feminismo como el ecologismo (el materialismo histórico ya no tendrá para él la exclusividad en toda referencia socialista actual, como escribe en Tras las huellas del materialismo histórico, obra en la que lamenta haber omitido a Habermas y a Ernst Bloch en el balance anterior sobre el marxismo occidental) y expresa su relativa decepción respecto a las esperanzas depositadas en el potencial renovador del “trotskysmo” mandelista y de sus organizaciones en el plano de la estrategia política. Es precisamente a mediados de esa década cuando se produce una crisis en el seno de la NLR, agravada por un conflicto con destacadas feministas británicas como Lynne Segal o Hilary Wainwright, las cuales pusieron unas condiciones para su incorporación al comité de redacción que finalmente no fueron aceptadas. La reestructuración final que sigue a esta situación conduce a una nueva declaraciòn de principios de la revista en la que su componente “anti-antisoviética” se verá muy pronto sometida a la prueba de los hechos que terminarán conduciendo a la caída del muro de Berlín. La evolución intelectual de Anderson se comprueba con claridad en trabajos como “A Culture in Contraflow” (publicada en castellano en la revista española Zona Abierta, nº 57-58), en donde hace una recapitulación de la trayectoria seguida en la cultura británica desde la posguerra hasta finales de los años 80. Su repaso de las contribuciones que han ido surgiendo en sociología (Giddens, Mann, Runciman, Gellner), antropología (Jack Goody) estética (Eagleton, Williams), ética (Bernard Williams, Mac Intyre, Charles Taylor) filosofía política (Brian Barry, Gerald A. Cohen), economía (Amartya Sen, Fred Hirsch), historia (Mann de nuevo) o feminismo (Rowbotham, Juliet Mitchell, Diane Elson), confirma su voluntad de contrastar su bagaje teórico marxista con las sucesivas aportaciones que van emergiendo desde la cultura anglosajona, pero insertando cada vez más ésta dentro del contexto europeo en el que Gran Bretaña se está insertando tras su entrada en el Mercado Común. El hundimiento de la URSS provoca en Anderson, que siempre se había sentido más cercano a Deutscher en su interpretación del stalinismo y en sus esperanzas de autorreforma interna de ese sistema, una gran perplejidad. Esto no le impide reaccionar pronto y sentenciar, como recuerda Elliott, que “la ‘artillería pesada’ de las mercancías había triunfado” en esa zona y había que tomar nota del cambio histórico que ello suponía; pero su reflexión no acaba ahí sino que le conduce a concluir que ”con el colapso del bloque soviético ha desaparecido prácticamente la justificación racional de la derivación de la Revolución de Octubre”. Sin embargo, ese desconcierto es contrarrestado por un nuevo activismo teórico, reflejado en su réplica a la tesis de Fukuyama en Los fines de la historia (en donde no descarta una recuperación del ideal socialista, similar a la vivida por el liberalismo), en el interés que presta al marxismo posmodernista de Fredric Jameson en Los orígenes de la posmodernidad y en diversos artículos, uno de ellos especialmente lúcido y sólo mencionado en la bibliografía de la obra que comentamos. Me refiero a una conferencia dictada en septiembre de 1995 en Buenos Aires, transcrita luego por la revista argentina El Rodaballo y reproducida por otras como VIENTO SUR bajo el título de “Neoliberalismo. Balance y perspectivas para la izquierda”. En esa intervención Anderson ponía en guardia frente a “la idea de que el neoliberalismo es un fenómeno frágil o anacrónico” y proponía a la izquierda extraer tres lecciones de la trayectoria que esa corriente –y, sobre todo, su padre intelectual, Hayek- había recorrido desde finales de la Segunda Guerra Mundial: “no tener ningún miedo de estar contra la corriente política de nuestro tiempo”, “no transigir en las ideas, no aceptar ninguna diluciòn de los principios” y “no aceptar como inmutable ninguna institución establecida”. Esa apelación a saber ir “contracorriente” se basaba precisamente en la denuncia de los estragos que estaba acarreando la “globalización” del neoliberalismo y en su firme convicción de que, como había ya sostenido en su polémica con Fukuyama, había que seguir rechazando lo realmente existente como lo único posible debido a que “el argumento más fuerte contra el capitalismo es la combinación de crisis ecológica y polarización social que está engendrando”. La intención neoliberal de aplicar una “eutanasia de la política en la política económica”, tan deseada por Hayek, había sido ya denunciada por Anderson con ocasión de la significación que adquiere en 1992 el Tratado de Maastricht para una Unión Europea que se convierte para él, como para Peter Gowan y otros colegas de la revista, en objeto especial de preocupación. Esto les lleva a la coordinación de obras colectivas destinadas a contribuir al rearme ideológico de la izquierda, continental y británica, manteniendo al mismo tiempo sus distancias frente a las “modas” del “nuevo centro” socialdemócrata y, especialmente, del “nuevo laborismo” blairista. En su “Post Scriptum” Elliott hace referencia a la “nueva época” que inicia la NLR en enero de 2000 y al editorial con que Anderson introduce su primer número bajo el título de “Renovaciones”. La comparación que hace en él entre el panorama que ofrecía el mundo después de 1956 y el que se presenta en los albores del siglo XXI refuerza un diagnóstico pesimista que le lleva a concluir que el neoliberalismo “impera sin fisuras en todo el globo” y, por tanto, “el único punto de partida para una izquierda realista en nuestros días es una lúcida constatación de una derrota histórica. El capital ha repelido punto por punto todas las amenazas contra su dominio, las bases de cuyo poder, las presiones de la competencia por encima de todo, fueron persistentemente infravaloradas por el movimiento socialista”. Pero el reconocimiento de que se ha producido una discontinuidad radical en la cultura de la izquierda y de que “en el horizonte no aparece ninguna agencia colectiva capaz de medirse con el poder del capital” no le conduce a aceptar ni la “acomodación” a lo existente ni el “consuelo” en encontrar reafirmaciones de esperanza en cualquier protesta ni, en fin, una “resignación” amarga ante la imposibilidad de alternativas. Anderson propone para la NLR, frente a todas esas opciones, un “realismo intransigente. Intransigente en dos sentidos: negándose a toda componenda con el sistema imperante y rechazando toda piedad y eufemismo que puedan infravalorar el poder”. La reacción que provocó este editorial en gentes próximas a la revista fue de un notable desasosiego, ya que su aparición coincidía con la emergencia de un movimiento “antiglobalización” que desde finales de 1999 estaba extendiéndose por muy diversas partes del mundo y que parecía generar nuevas esperanzas. Elliott destaca la crítica más airada, la de Kagarlitsky, pero hubo muchas más que hicieron temer por cuál iba a ser la evolución de la revista puesto que en ese mismo artículo se sugería un cambio de orientación hacia una “política cultural” que no tendría por qué estar relacionada con las “agendas radicales”. No obstante, el recorrido posterior de la NLR, si bien parcialmente diferente de la larga etapa anterior, daría la razón a opiniones como la de Gilbert Achcar, ya que no ha impedido su reubicación creciente en el nuevo panorama político abierto tras el 11-S de 2001 y el final de la “globalización feliz” a lo largo de sus sucesivos sumarios. Pero también hemos podido comprobar esto último en las contribuciones del propio Anderson en relación con el “nuevo internacionalismo” (en donde ya reconoce que “los movimientos reunidos en Porto Alegre parpadean como una diáspora emergente de oposición social, cuyos perfiles aún deben ser trazados”), en sus análisis de la dinámica de guerra en Oriente Medio y de la potencialidad y los límites de las contradicciones entre EEUU y sus aliados (como en “Fuerza y consentimiento”, en donde vemos de nuevo un uso actualizado y más matizado de algunas de las principales categorías gramscianas), en el elogio que hace de la reivindicación utópica de Jameson o en las esperanzas depositadas en los nuevos movimientos sociales latinoamericanos. Su más reciente trabajo publicado en la NLR, “Arms and Rights” -una valoración crítica del pensamiento y la actitud de Rawls, Habermas y Bobbio ante las guerras “humanitarias” imperialistas- confirma de nuevo que su lucidez intelectual y su firmeza política están en buena forma. En sus conclusiones Elliott sostiene que el marxismo de Anderson ha experimentado un “desplazamiento irresistible” pese a que “ha eludido tanto la ‘reconciliación con la realidad’ (Lukacs) como la ‘estrategia de la hibernación’ (la Escuela de Frankfurt)”. Desde su punto de vista, se podría definir el final de ese recorrido como la apuesta por una sociología histórica comparada alternativa de alguien que pertenece a “la izquierda intransigente de final de siglo” pero ya no es el “iconoclasta visionario” que fue en el pasado. Es muy posible que esa valoración tenga mucho de cierto pero tanto su reconocimiento a trabajos como los de Robert Brenner, Giovanni Arrighi o del mismo Peter Gowan (que siguen demostrando la superioridad del materialismo histórico para entender la dinámica del capitalismo y sus crisis periódicas) como su admiración por el utopismo de Jameson permiten pensar que ese “desplazamiento” no ha impedido que continúe estando en el mismo lado antagonista de siempre, dispuesto a rechazar la lógica del “mal menor”. Buena prueba de esto último ha sido su presencia activa en el Foro Social Europeo celebrado en Londres en octubre de 2004 alertando frente a las ilusiones en una ONU bajo control de las grandes potencias; o en su intervención en diciembre de ese mismo año en Madrid, con motivo del quinto aniversario de la edición española de la NLR, en donde se reafirmaría en su voluntad de seguir siendo fiel a tres rasgos que considera definitorios de la identidad propia de la revista: su internacionalismo, su vocación multidisciplinaria y su intransigencia.

Elliot, G (2004) Perry Anderson. El laboratorio implacable de la historia.Publicacions de la Universitat de València, 416 páginas.

[Esta nota fue publicada en la Sección de Libros de la revista Pasajes de pensamiento contemporáneo, nº 17, primavera 2005, editada por la Universidad de Valencia y la Fundación Cañada Blanch].

Jaime Pastor es miembro del Consejo Asesor de VIENTO SUR y profesor titular de Ciencia Política de la UNED

 

Por Domingo.com/la Revista

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