Establecido desde abril de 1961 en Costa Rica como docente del Instituto de Educación Política que operaba la izquierda democrática, ya Trujillo acogido en el infierno, Juan Bosch escribía el 11 de agosto a su amigo Samuel Mendoza en Puerto Rico, quien ocuparía la cartera de Salud Pública en su gobierno. La carta muestra su pensamiento en los días germinales de la transición y calibra su propio rol en el escenario dominicano. Donde una comisión del PRD encabezada por Ángel Miolán había llegado el 5 de julio para «matar el miedo» con movilizaciones en calles y plazas, completada por Ramón Castillo y Nicolás Silfa. Una cuarta figura de discreta eficacia en días de borrasca, el rumano-americano Sacha Volman, franqueó con Balaguer las garantías para el arribo de los comisionados.

Previo, como aldabonazo a la conciencia ciudadana, había emergido públicamente el 17 de junio Unión Cívica Nacional, como frente patriótico destinado a poner fin a «los remanentes del Trujillato». Bajo el desafiante liderato del Dr. Viriato Fiallo, núcleos de profesionales, comerciantes, mujeres y juventudes, se articularon en las ciudades. El Movimiento 14 de Junio, cuya estructura clandestina había engrosado las cárceles en el ciclo de barbarie terminal del régimen, asomaba su rostro conducido por el carismático abogado Manolo Tavárez Justo. Gravitando entre la juventud de clase media seducida por la revolución cubana e inspirada en el martirologio de las Mirabal. El MPD de López Molina, autoproclamado marxista-leninista, operaba desde 1960, cuando se acogió a un simulacro de garantías, instalando local en el corazón de la populosa Villa Francisca. Células latentes del Partido Socialista Popular fundado en 1946 actuaban en el seno de UCN llegando a controlar la dirección del Distrito Nacional e influyendo sobre cuadros del 14 de Junio, antes del retorno a cuentagotas de su dirección en el exilio.
Una amplia gama de partidos se formaría en esta etapa, con el regreso de los exiliados. Destacables el socialcristiano PRSC, el PNRD de Ramírez Alcántara, la VRD de Horacio Ornes, el PNR de Pérez Cabral. El Dr. Juan Isidro Jimenes Grullón -prestigioso dirigente del exilio cofundador del PRD en 1939/41, miembro del consejo supremo de la frustrada expedición de Cayo Confites de 1947 y de las expediciones de junio de 1959, antes encarcelado en Nigua por el complot para liquidar a Trujillo en Santiago en 1934- retornó para integrarse a la dirección de UCN en su natal Santiago. De la cual saldría para constituir la Alianza Social Demócrata y concurrir a las elecciones de 1962. Aliados y amigos entrañables durante una fase fecunda de su exilio compartido en La Habana, entre Bosch y Jimenes Grullón se habían agrietado las relaciones en uno de esos casos lamentables de la corrosiva vorágine política del Caribe. Grieta profundizada en suelo dominicano.
La carta revela la personalidad intensa y polifacética del escritor y político que fue Bosch, al avizorar antes de su llegada el 20 de octubre del 61 el complejo panorama del país. Donde le esperaba un magisterio popular ejercido mediante charlas radiofónicas que forjaron nueva conciencia ciudadana y la tarea de ensamblar un proyecto de reformas democráticas. Bajo tiempo tormentoso.
«Acaba de llegar tu carta sin fecha pero puesta al Correo el día 8; y para que adviertas el sincronismo en lo que tú estás pensando y yo haciendo, te envío copia del artículo que despaché ayer a Estados Unidos. Por ninguna causa escribiría nada en perjuicio de hombres como Viriato Fiallo y el Ingeniero Tavárez, que padecieron la tiranía en su carne. Entre ellos y el Dr. Jiménez Grullón hay grandes diferencias. Y aun contra el Dr. Jiménez Grullón, mencionándolo, no lo he hecho ni lo haré; pues personalizar, cuando no se trata de personas que encarnan momentos o corrientes históricas, no es serio.
Poco a poco, todos los exiliados tomarán el camino que tomó el PRD: ir al país. Sin pueblo no hay creación política, y el pueblo está en Santo Domingo. El PRD necesitó valor para desafiar toda opinión timorata o adversa, no sólo dominicana sino también continental. Altos líderes de América creyeron que nosotros estábamos equivocados cuando decidimos el viaje de los Comisionados del PRD a Santo Domingo. Los hechos han probado que quienes estaban actuando correctamente éramos nosotros.
Ahora quiero decir mi verdad. Carezco de ambiciones políticas. Conozco el poder por dentro, como si lo hubiera ejercido, y sé que poco puede hacerse con él, gobernando democráticamente, en países que todavía no tienen una real sustancia democrática. Pero tengo alto sentido de mi deber como dominicano, y por eso creí siempre que debía darle a Santo Domingo un instrumento de lucha política capaz de ayudar a resolver una o varias crisis nacionales, como la que se presentó a la muerte de Trujillo. El PRD, del que fui fundador y al que junto con otros compañeros he mantenido contra viento y marea durante más de veintidós años, era y ha sido ese instrumento. Ahora el pueblo está afiliándose en él; serán cien mil, serán doscientos mil; podrán ser algún día quinientos mil o más o menos. Lo que importa es que el PRD siga siendo una fuerza útil para el país.
Te aseguro, sin embargo, bajo palabra de viejo compañero, que el PRD no se fundó ni se ha mantenido ni se expandirá para que yo sea Presidente. Durante veinte años di el ejemplo en el Partido: rechacé sin una debilidad toda posición ejecutiva cada vez que los compañeros me la ofrecieron; y si en los dos últimos años acepté la Presidencia, fue porque nuestros amigos de Venezuela maltrataron al PRD en forma imperdonable, y yo quise que supieran que el maltrato me lo hacían a mí tanto como al Partido. (De esa conducta se salva, quizá solo, Rómulo Betancourt). El destino quiso que cuando se presentó la crisis en Santo Domingo, a mí me tocara enfrentarla desde la Presidencia del Partido.
Mucha gente, en el exilio y quizá dentro del país, me achaca planes distintos a los que tengo. En carta que escribí desde Venezuela, la primera que te enviaba en muchos años, te decía que yo no tenía la intención de volver a Santo Domingo. Sigo pensando igual. Algunas veces he pensado que iría para entregar la Presidencia del Partido cuando se reuniera la Convención Nacional Constitutiva; otras veces pienso no hacerlo ni aun en ese momento, sino enviar mi renuncia desde aquí. Si yo fuera sólo un político, tal vez me sentiría impulsado y hasta obligado a ir y a tomar parte activa en la tarea política. Pero sucede que yo soy político por deber y en segunda instancia. Mi primera figura intelectual, y hasta moral, es la del escritor, y como escritor figuraré en la historia. Como escritor, pues, tengo obligaciones históricas que cumplir; una de ellas es dar ejemplo. Y estoy seguro de que el ejemplo más alto que puedo ofrecer a mi país y a América es el de un hombre que no luchó por alcanzar una posición de mando, sino por lograr la democratización de un país.
Como esa ha sido el fondo de mi actitud durante años, he podido actuar sin el apasionamiento de quien en cada momento se halla convertido en el centro de los acontecimientos porque todo cuanto sucede puede perjudicar sus aspiraciones personales. Ni el bosque me ha impedido ver los árboles ni los árboles me han impedido ver el bosque. He actuado siempre son perspectiva histórica y pensando en qué le conviene a mi país, no en qué me conviene a mí. Por suerte, siendo tan difícil como es que eso se logre, en el Partido se reunieron algunos hombres de actitud similar, y entre ellos debo mencionar a Ángel Miolán, que se merece como nadie la gloria de ser ahora el jefe del Partido en el país. Modesto, valiente, sincero, lleno de fe en su pueblo, ha visto llegar su hora de justicia y yo me alegro como si se tratara de un hermano o de un hijo.
Volviendo al país, lo que me importa es hallarle una salida a las contradicciones actuales que no sea necesariamente una conmoción social. No es fácil, porque hay muchos aspirantes a demagogos, y entre ellos el más perfilado ahora mismo es Jiménez Grullón. Al demagogo le importa su papel en el momento, no lo que va a suceder después. Cualquier hombre serio que estudie las estadísticas dominicanas y se encuentre con cerca de un 70% de analfabetos, cerca de un 80% de campesinos -aunque los censos hablen de 70%, la verdad es otra- de los cuales el 75%, por lo menos, viven en estado de miseria, se da cuenta de que el problema dominicano no es de prédicas sino de hechos: hay que acudir rápidamente a desarrollar la economía del país, no a agitarlo. La agitación conducirá al pueblo, de manera inevitable, a la revolución social. Pero el demagogo nato lo que le interesa es adónde va él, no adónde va el pueblo.
Es claro que la solución es larga. El país debe ir a pasos cortos hacia lo que yo llamaría la ‘concienciación democrática’. Pero la solución a plazo corto significa guerra social, con la lógica destrucción de lo que todavía no se ha construido. Vida modesta, sin grandes rangos históricos, en busca de la expansión nacional hacia un fin moral, es lo que debe perseguir Santo Domingo; y para eso estorban los demagogos, que quieren muchedumbre a sus pies y campanadas históricas que resuenen hasta en Pekín.
Y bien, Samuelito: lo que yo busco y necesito ahora, o por lo menos tan pronto vea el país encaminado hacia la solución democrática de sus problemas, es paz para escribir y anonimato para vivir. Mi naturaleza rechaza la distinción: no quiero estar a la luz pública ni que la gente me busque ni que las multitudes me aplaudan. No quiero que los hombres me obedezcan ni que me sirvan ni que me adulen. Quiero un rincón callado, un lugar en penumbras para escribir; y después, cuando me llegue la hora de morir, una tumba sin lápida en campo abierto, en los primeros repechos de nuestra Cordillera, donde crecen los pinos y el buen aire vegano sopla con libertad; y en la tumba un pino con un anillo de bronce en que se lea mi nombre. Nada más.»
Jose del Castillo

Por Domingo.com/la Revista

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