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El pasado domingo fue el 48 aniversario del intento de toma del Palacio Nacional, protagonizada por los constitucionalistas en la guerra patria de 1965.

Qué celebrar en una República Dominicana de vencidos, de pueblo en desamparo, de esperanza encallada. Por la cartografía nacional, anda un olor a derrota. Para aquellos que la vanidad y el dinero no los han derrumbado, sigue en pie el proyecto liberador de la raza inmortal de junio del 59. Cualquier cambio justiciero solo puede ser sostenible si miramos a las referencias de honor y sacrificio que han poblado nuestro trayecto histórico. Cada vez que pienso en lo empozado, mi hálito queda de un solo trazo degollado.

Hablar de Juan Miguel Román, Rafael Tomás Fernández Domínguez, Euclides Morillo, de Illio Capocci, de José Domínguez, de Ramón Távarez, tiene un agudo coste: evocarlos trae consigo un régimen de exigencias prescritas, de almas evolucionadas estrictas, de un profundo estado de indescriptible insatisfacción.

Oh, Juan Miguel Román, con esa mirada arraigada en la vergüenza, fija en el decoro, sobrevolando como un huracán negro y verde el asfalto ardiente que hacía correr por un 30 de marzo, un caudal de decoro y de sangre, como el Guadalquivir lorquiano.

El ronco esténtor de Manolo me convoca y su célebre advertencia sobre ñcito- “la preferencia del dominicano de siempre irse a su casa”. Hay que pelear esa idea de convertir los homenajes como eventos petrificados y sin puente contemporáneo.

Hay que arrebatarle al bronce y al yeso su canto sacramental y hacer correr nuevamente abundante el cauce de ánima incorruptible para el combate.

Mientras el dolo en la administración pública sea la miseria de este país, la “Operación Lazo” seguirá inconclusa; mientras nuestros niños hambrientos sigan lustrando zapatos y oliendo cola, la 30 de marzo seguirá ardiendo. Mientras sigan husmeando a sangre impúberlas calles de nuestros barrios, los José Horacio Rodríguez, los Virgilio Perdomo seguirán rebeldes y más presentes por el mapa de estas tierras; mientras el gorilismo de los años 60 haya sido sustituido por la corrupción epidémica que hoy deambula impunemente en muchos cuarteles, los nombres gloriosos de Rafael Tomás Fernández Domínguez y de Hernando Ramírez no tendrán cabida alguna en esos lugares. Inconclusa, la “Operación Lazo” continúa insomne y vive insurrecta.