Muong women in Hoa Binh, Vietnam playing game ...

 

La Habana (PL) El tiempo transcurre en Thung Nai entre visitantes.

Sus residentes obvian las manecillas del reloj, mientras esperan la llegada de turistas, en mayoría de casos coterráneos, en tanto la localidad carece por ahora de una difusión internacional, pero espera por su momento, porque le sobran condiciones para convertirse en un emporio de la industria del ocio.

Ubicada a unos 110 kilómetros al noroeste de Hanoi, la capital vietnamita, esa localidad pertenece al distrito de Cao Phong, de la provincia de Hoa Binh, en la cual según estudios se han encontrado evidencias de presencia humana de hasta 20 mil años de antigüedad.

Es asentamiento en especial de la minoría étnica Muong, aunque también residen otras como la Tai o Mhong, entre las 54 que forman parte de la nación indochina.

En sus inicios, Thung Nai era un valle de vasta foresta, en el cual vivían numerosos ciervos. De ahí el nombre del sitio. Thung Nai en idioma vietnamita significa «Valle de Ciervos».

Las aguas represadas del río Da, necesarias para la enorme hidroeléctrica construida en los años 80 del siglo pasado, transformaron el paisaje en un lago rodeado por montañas, del cual emergen mogotes, islas y otros accidentes.

Como resultado de esa configuración, ganó el título de bahía de Ha Long del interior, por las similitudes con la ahora Maravilla Natural del Mundo, según una reciente encuesta planetaria realizada por la organización New7WorldWonders.

El agua del estanque la tributan ríos, arroyos y pequeñas cascadas. Hay numerosos esteros y recovecos que otorgan a la navegación un atractivo agregado, porque los viajeros nunca encuentran monotonía a la vista; siempre se observan parajes curiosos que mantienen la imaginación ocupada, sin espacio para el tedio.

Para llegar al embarcadero, hay una escalinata de un centenar de peldaños con una gran pendiente que requiere de atención; un tropezón e irá a parar a las aguas luego de mil volteretas.

Los capitanes aguardan por rellenar las embarcaciones hasta la cifra permisible de navegación, en aras de un ahorro evidente de combustible y de menor trasiego de un punto a otro, a modo de cuidar el ecosistema.

Previa coordinación, las lanchas parten hacia los dos únicos puntos destinados a restauración alimenticia o albergue en la zona: un motel, caracterizado por un molino de viento a su entrada o la Isla del Coco, ubicados en islotes ocupados por una sola familia en cada caso.

De la orilla a la instalación principal de ésta última, hay una escalinata construida con ladrillos. Son unos 60 escalones hasta el final. El colofón resulta una gran pancarta de tela; Typlus dice en letras rojas con fondo blanco.

Se toma un descanso después de la escalada. Hay un recibimiento muy familiar por los empleados, tal vez un reflejo de la manera de ser de los integrantes de la etnia Muong que otorgan confianza, calor humano y solidaridad a los visitantes.

No transcurre mucho tiempo entre arribo e invitación a la mesa servida ya con variedad de vegetales, platos típicos de la localidad y salsas o preparados de tanta aceptación en el país indochino. Todo tapado con celofán o nylon.

Seguidamente la oferta incluye cerdo cocinado en su grasa más un pescado fresco, acabado de salir del lago, asado al estilo de la etnia Muong.

Se trata de una nave rústica con piso de cemento pulido, techada y sin paredes que para asombro de los recién llegados se encuentra repleta de comensales.

El ruido es notorio allí.

Tengo amigos con experiencia de vida en Asia y afirman: «Los vietnamitas son los latinos de la región».

Ese criterio se comprueba en el restaurante de la Isla del Coco. Los presentes ríen a carcajadas, cantan, se cuentan chistes en voz alta y brindan con una frase: mo, hai, ba, yooo, es decir, uno, dos, tres, entraaaa, y chocan copas, vasos o latas.

Nada más alejado de la idea formada en el visitante durante la travesía que cree en el predominio de la naturaleza, en tanto se percibe de a poco la presencia humana.

La floresta, las montañas o los mogotes resultan los principales protagonistas. Apenas la existencia de trampas para peces o redes de piscicultura muestran vestigios de los habitantes. También la existencia mínima de casas flotantes u otras clavadas y basadas sobre grandes estacas en las abruptas laderas cercanas al espejo de agua.

Otra evidencia humana se halla en la pagoda o templo budista Ba Chua Thac Bo, al cual solo se llega por el lago.

Cada día 1 o 15 de los meses, según el calendario lunar, los seguidores de ese credo llenan la instalación. Es decir, que en esas fechas deben ser numerosas las idas y venidas de embarcaciones por el estanque.

El budismo ocupa la primera posición dentro de las religiones en Vietnam con más de 12 millones de creyentes, centenares de monjes, instalaciones y centros de estudio.

Una de las atracciones naturales radica en la gruta Thac Bo, en cuyas galerías se observan estalagmitas y estalactitas como reflejo de los millones de años con que las gotas de agua crearon esas formaciones.

Se dice que en otoño el nivel del lago sube hasta llegar hasta la misma entrada de la caverna, pero en la actualidad no es así, porque se encuentra en su rasero más bajo.

Thung Nai acumula de todas las posibilidades para un descanso activo alejado del estrés, la congestión de tráfico o la necesaria modernidad de los centros urbanos actuales.

Unos días de disfrute en ese paraje privilegiado de la geografía vietnamita propiciará un bálsamo a los visitantes que solo volverá con la repitencia.

*Periodista de la redacción Asia y Oceanía de Prensa Latina.

Por Armando Reyes *

 
arb/ar

 

Por Domingo.com/la Revista

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