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Desde hace tiempo, la necesidad de un nuevo sujeto político es un tema recurrente en el campo de la izquierda, que se ha acelerado, sobre todo, a raíz de la abrumadora mayoría del PP el 20 de Noviembre de 2011. La victoria conservadora puso en evidencia una dramática ausencia de alternativas de la izquierda tradicional, en tanto que el distanciamiento entre las exigencias y reclamaciones de los ciudadanos y su plasmación política y legislativa se ensancha cada día. Al mismo tiempo, la catarata de medidas dictadas por una ideología feroz contra las clases trabajadoras, está desembocando en el colapso del bipartidismo, en torno al cual ha girado la política de los últimos treinta cinco años. Esta es una de las principales consecuencias de los abusos e ilegalidades a las que se viene sometiendo al Estado social de derecho.

Todo el sistema completo de derechos y libertades democráticas ha entrado en una etapa de “excepción permanente”, arrastrando tras de sí (y al revés) la credibilidad de la política, de los partidos, de los “políticos” y de las propias instituciones representativas. Ello ha provocado una degradación sin precedentes de sus cometidos constitucionales, que los aboca a una gravísima crisis de confianza entre sus afiliados y electores y a un alejamiento cada vez mayor de las realidades cotidianas. A su vez, el hundimiento de conquistas sociales y derechos sólidamente asentados pone en peligro los fundamentos mismos del Estado de derecho, sin los cuales este sería irreconocible, y deja inermes a los ciudadanos al despojarlos de su condición de tales. Sin el arma de los derechos, los ciudadanos dejan de serlo y retroceden a la condición de súbditos, a una categoría inferior de subciudadanos condenados a la arbitrariedad y a la obediencia a los poderosos. Decir derechos, es hacerlo en referencia a todos los derechos, nombrar lo irrenunciable de un Estado de derecho: Derechos fundamentales, sociales, laborales y de seguridad de vida, que inevitablemente forman un todo entrelazado, de modo que al amputarse unos, los restantes y todo el conjunto se resiente, se reducen hasta el extremo de correr el riesgo de desaparecer en un nuevo estadio que no sería otro que el de la dictadura.

Haber llegado hasta aquí, no ha sido un accidente ni es sólo imputable a las cavernas de la derecha española o europea. En años pasados, el paradigma de buena gestión fue la empresa privada y la administración pública la antítesis, por lo que el modelo a seguir era dirigirla con criterios empresariales. Paso a paso, la fiebre privatizadora fue en aumento, vendiéndose sectores estratégicos y empresas públicas rentables (o transfiriendo la gestión por varias décadas) a precios de saldo; se desató una verdadera pasión, compartida por un amplio espectro de la izquierda, por aprobar normas desreguladoras en todos los órdenes; se sucedieron reformas laborales que acentuaban la precarización y reducían tutelas adquiridas; se fomentó la especulación urbanística y al saqueo del patrimonio público a través de complicidades peligrosas a varias bandas entre instituciones de diferente nivel, promotores y constructores, a veces de origen dudoso; la tolerancia con el fraude fiscal y los movimientos oscuros de capitales estaba al orden del día; se regalaron rebajas fiscales y bonificaciones intolerables a las grandes empresas y a los más ricos. Se prescindió del impuesto a las grandes fortunas. Se incrementó la financiación privilegiada a la iglesia católica y a la enseñanza concertada, tanto en Andalucía como en resto de España…. En suma, se fueron creando las condiciones precisas, desde todos los ámbitos de gobierno, fueran estatales, autonómicos o municipales, y signos políticos, para el despliegue de una compleja trama de transacciones entre política y economía que, por un lado, alimentaron el boom inmobiliario y el estallido del ladrillo y, por otro, contribuyeron a crear y fortalecer redes asociativas delictivas que corroen la legitimidad misma del Estado. La corrupción rampante, el tráfico de influencias, las “puertas giratorias” que conectan poder y dinero, el trasiego indigno de ex altos cargos del gobierno o del Estado hacia las grandes empresas (y viceversa) anteriormente públicas, son rasgos distintivos de un tiempo de amenazas intolerables, pero, también, de nuevos desafíos para la izquierda.

Mientras tanto, la Europa del gran pacto social de postguerra fue asaltada, tras el derrumbe de la URSS y de los países del llamado socialismo real, por la ideología y la política ultra liberal. Ideología y política que hicieron fracasar las reformas democráticas (perestroika y glasnost) en la URSS y el proyecto de una Casa Común Europea emprendidas por Gorbachov e impusieron a los países del Este un Pliego de Condiciones de Adhesión a la Unión Europea, en realidad un auténtico tratamiento de shock contra cualquier tipo de “enfermedad degenerativa de los sistemas públicos”, de tal violencia que los ha sentenciado a vivir bajo las leyes salvajes de un mercado a merced de corporaciones mafiosas.

Liquidado el “fantasma del comunismo que recorre Europa”, se acabó el sueño futurista de una Europa Federal inspirada en la solidaridad y en valores democráticos supranacionales y se inicia una nueva etapa a merced de un enjambre de Decisiones, Reglamentos, Instrucciones, Recomendaciones, etc., unidireccionales y unidimensionales, en armoniosa sintonía con los grandes lobbies empresariales que marcan las estrategias de la Comisión. A partir de ahí, el triunfo del ultraliberalismo alcanza su cénit, domina de parte a parte las instituciones comunitarias y propaga un modelo mercantilista de organización y crecimiento del espacio europeo, con escasas concesiones sociales y una dimensión política raquítica: En la distribución de poderes de la UE el Parlamento Europeo actúa de comparsa. Ya antes de la crisis, el Consejo había aprobado unos Presupuestos ridículos (1,1% del PIB comunitario); las Iniciativas Comunitarias, los Fondos Estructurales y de Cohesión, que ya venían padeciendo continuas curas de adelgazamiento, se comprimieron aún más; se endurecieron las prohibiciones de ayudas estatales (y europeas) a empresas públicas; se aceleraron las privatizaciones en estricta observancia de las reglas de la libre competencia (¿?); se apostó con entusiasmo por sucesivas reformas del mercado laboral y se ajustaron las políticas de solidaridad e igualdad al criterio del déficit y presupuesto cero (menos Alemania). Una vez emprendido el buen camino, la Unión necesitaba consagrarlo constitucionalmente ad eternum y lo hizo configurando un Tratado de Constitución Europea, ahora Tratado de Lisboa, basado en la doctrina que justificaría más tarde el descenso a los infiernos: La primacía de “una economía abierta y de libre competencia” sobre los derechos sociales, laborales e individuales, lo que en la práctica significa la subordinación de los derechos a los intereses de un mercado sin reglas.

De una u otra forma, el movimiento socialista y socialdemócrata europeo fue desapareciendo como tal al abrazarse gradualmente a la fe verdadera del “neoliberalismo con rostro humano”, la llamada tercera vía de Blair, Schröder….Como si se tratara de un castillo de naipes y con distintos argumentos, la socialdemocracia se esforzó en derribar barreras de separación con el pensamiento económico conservador, hasta hacerse irreconocible, al precio de duras confrontaciones internas y de derrotas electorales sucesivas. En realidad, tras la pomposidad de las declaraciones sobre el Proyecto Común Europeo, la Europa de la Solidaridad, y otros mitos, no hay más que una penosa ausencia de alternativas al neoliberalismo en el tratamiento de los retos europeos.

Esta Europa que se des-socializa a pasos agigantados, es cada vez menos Europa y más asiática. En su deriva ultraliberal, solo la resistencia democrática de los ciudadanos (elecciones, referéndum, iniciativas populares, peticiones, periódicos digitales, blogs, webs de asociaciones alternativas…) y algunas excepciones minoritarias de la izquierda política o sindical, cuestionan las decisiones aristocráticas de la Comisión, el Banco Europeo, el FMI, o el gobierno alemán. Dotados del don de la infalibilidad, los dirigentes de estas instituciones se muestran omnipotentes, omnipresentes y omniscientes, una vez designados por el dios de los mercados como los nuevos profetas de la nada. Y en razón de ese privilegio de origen divino se creen investidos para castigar, premiar, excomulgar a su antojo, por encima de toda crítica y de cualquier juicio moral.

Europa pierde estándares democráticos a pasos agigantados a golpe de contrarreformas impuestas a los ciudadanos con la colaboración más o menos entusiasta de los gobiernos de derecha e izquierda. Los Estados se someten al dictado alemán y han pasado a convertirse en simples Protectorados encubiertos. La xenofobia y las fuerzas de la extrema derecha se propagan desde la periferia del Este y el Sur al corazón de Europa y dibujan un horizonte sombrío.

La metabolización social liberal del pensamiento en la izquierda mayoritaria, lógicamente con distintos acentos y matices, está influyendo de manera extraordinaria en el curso de los acontecimientos políticos europeos y mundiales. De ahí la irrelevancia del Partido Socialista Europeo y los recurrentes fracasos de los PS en Europa y en España.

La crisis no ha dejado a salvo a sus promotores sean de un signo u otro. Entre los padecimientos de hoy y las políticas de anteriores gobiernos, que facilitaron, sin protestas internas significativas, el ascenso abrumador de la derecha y su control absoluto de la organización del Estado, los ciudadanos siguen esperando un examen autocrítico del PS. No puede ser de otro modo si aspira a reconciliarse con su electorado. De ahí el dilema vital en el que se encuentra: si gira hacia la izquierda y hacia la democracia interna satisfaciendo las demandas de sus votantes y de la mayoría de sus afiliados ya no sería este PS sino otro con otras políticas y otros dirigentes, y si no lo hace quedará al margen del pueblo de izquierdas. ¿Hay más alternativas?

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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Por Domingo.com/la Revista

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