Rafael Nuñez524290_2748413767806_337146854_n
Antes de entrar a identificar los avances y desaciertos en la administración de Ramón (Mon) Cáceres Vásquez, resultaría enriquecedor que nos adentremos en conocer lo que fue la situación socioeconómica en las décadas previas a su llegada al poder para tener una idea del país que heredó.
El primero de septiembre de 1880 se juramentó como presidente de la República el primer sacerdote electo libremente para dirigir el Estado: Fernando Arturo de Meriño, que fue seleccionado por el Partido Azul, liderado por Gregorio Luperón, para esa posición.
Para el año de la elección del padre Meriño, el profesor Juan Bosch lo marca como el inicio de la tercera etapa de la producción azucarera dominicana, que coincide en lo adelante con una época de estabilidad política y florecimiento económico, propicia para que
“el país fortaleciera su autoridad de modo que fuera respetada por todos sus habitantes, no importa”,
como señala Bosch,
“si los jefes políticos eran patriotas o ambiciosos vendepatrias”.
Aquella condición pre capitalista que vivimos en las postrimerías del siglo XlX, sumada a varias décadas de un estado perpetuo de guerra en el país, era propicia para avanzar como nación, pues pasamos a tener empresas dedicadas a la producción y exportación de azúcar.
Ese mismo año, hubo una producción de 80 mil quintales, esto es 4 mil toneladas cortas. A los dos años, la administración del padre Meriño dio paso al gobierno de Ulises Heureaux (Lilís), bien valorado por la opinión pública y los ciudadanos, y éste, a su vez fue relevado por las presidencias de Francisco Gregorio Billini (1885) y Alejandro Woss y Gil (1885-1886). Heureaux volvería desde el 6 de enero de 1887, hasta el momento de su muerte, 26 de julio de 1899.
Es en ese dilatado período que Heureaux imprime su estilo brutal de gobernar la nación por 12 años, generando una especie de frustración y desconcierto en los pobladores urbanos y rurales.
Su valor personal era innegable, su crueldad y el miedo que generaba entre los ciudadanos fue patético, pues en las conversaciones improvisadas en las alcobas bajo los mosquiteros, la queja era casi unánime: el tirano parece que había capado al pueblo dominicano.
Esta fue una expresión murmurada por lo bajo porque el propio mandatario hacía alardes de estar seguro en el país al que mantenía subyugado, amenazando a hombres de la talla de Horacio Vásquez, a cuya vida le puso fecha de término, al tiempo que se paseaba sin escoltas, no importa la ciudad donde se desplazara.
De las tierras fértiles de Moca surgieron, sin embargo, los valerosos hombres que ejecutaron el primero de los tres magnicidios presidenciales que registra la historia republicana.
A partir de que Heureaux señaló a Horacio Vásquez como su próxima víctima política, es cuando germina la idea en Mon Cáceres de darle muerte al Presidente antes de que matara a su primo. Y es ese magnicidio el que catapultó a Mon Cáceres hacia el liderazgo político nacional.
Aquella amenaza es solo un ejemplo de la opresión desatada por el tirano contra los dominicanos. Esa advertencia de muerte a Horacio Vásquez se convirtió, al propio tiempo, en el acta de defunción de Heureaux y da impulso a lo que después se conoce como la Revolución del 26 de julio.
Para que se tenga una idea de la personalización del ejercicio del poder de Heureaux, cito uno de los hechos espeluznantes cometido por el propio dictador, narrado por el historiador Pedro Troncoso Sánchez, cuando se refiere a los fusilamientos del ministro de Guerra, Ramón Castillo, y del gobernador de San Pedro de Macorís, José Estay.
“Heureaux sospecha -dice
Troncoso Sánchez –
que ambos funcionarios no eran verdaderos partidarios suyos y, diabólicamente, provoca entre ellos una rabiosa enemistad. Así consiguió que cada uno denunciara la traición del otro. Un día se hizo acompañar de Castillo para ir a Macorís y allí dispuso el fusilamiento de Estay con gran aparato. Inmediatamente después de la ejecución, mientras Castillo profería palabras de aprobación a lo hecho, Lilís se volvió a él y le dijo: ahora le toca a usted, compadre”
, y acto seguido le hizo fusilar”.
Todo el dominicano medianamente informado sabía de esa y de otras historias similares, pues quien no se enteraba por las escasas vías formales existentes, le llegaba por el boca oreja, que era el medio de mayor penetración, pues los mismos “recueros”, oficio a que se dedicaba Mon Cáceres, se encargaban de llevar la noticia de pueblo en pueblo.
Y Mon Cáceres, dueño de recuas de animales, sabía como el que más de los abusos de poder de Heureaux. Por eso, desde que fue puesto al corriente por el propio Horacio Vásquez de que había sido amenazado por Heureaux, Mon Cáceres comenzó a maquinar para liquidarlo.
Eran los tiempos de la bancarrota financiera nacional, provocada por el dictador Heureaux, pero de fortalecimiento de sectores oligárquicos.
Mon y Horacio se tenían un aprecio no común entre primos. Eran dos hombres de personalidades diferenciadas. El primero, determinante y valiente, sincero, realista y recto. Horacio: más calculador, el típico político tradicional que acciona según la conveniencia del momento, ambicioso de poder y un poco más conciliador que Mon con sus enemigos. No encontramos en ellos, como tampoco en la mayoría de los generales de la generación del caciquismo, fundamentos ideológicos o de pensamientos que les indujeran a actuar en el terreno político.
Los conceptos de libertad, democracia, justicia social, respeto de los derechos civiles, no estaban incorporados al discurso de la mayoría de estos personajes que integraron el caciquismo militar de la Primera República.
En ausencia de ideas y con un manejo desastroso de la actividad económica, el país no andaba por buen rumbo.
El desastre económico generado por el régimen lilisista no tuvo parangón en la historia. Las “papeletas de Lilís” fueron la triste historia de una gestión financiera onerosa creada por la dictadura. Para el año en que fue ajusticiado el tirano, Emiliano Tejera, José María Leyba y José Gabriel García integraron una comisión que incineró los remanentes de los desacreditados billetes de banco, que fueron retirados de circulación a precios irrisorios. Narra José Gabriel García en
“Compendio de la historia de Santo Domingo”,
acerca del torpe manejo económico del país, especialmente con los acreedores foráneos.
Es precisamente en el Gobierno de Ramón (Mon) Cáceres, en 1907, que toma la determinación de llevar a cabo la Convención de ese año, criticada por intelectuales y sectores políticos de la época. Si el presidente Cáceres, visto en su contexto, no hubiese sido creativo y no tomaba la decisión política de agenciarse los recursos, otro fuera el balance, visto el hecho 108 años después.
Howard Gardner, en su libro
“Mentes creativas”
, presenta un estudio sobre los esfuerzos humanos creativos, donde hace alusión al pensamiento de Sigmund Freud, a propósito de los desafíos de los líderes, y dice:
“Como los militares ante una campaña, resultaba necesario emprender operaciones arriesgadas; poner cercos que pueden no resultar bien; y, en caso de necesidad, tocar retirada, reagrupar, adoptar una nueva estrategia y volver al combate. A veces, los grandes líderes promueven a otros que pueden encargarse de estos pasos: Moisés se benefició ciertamente de las actividades de su hermano Aarón, y Darwin dejó gustosamente al biólogo Thomas Huxley la tarea de hacer campaña a favor de la teoría de la evolución; en la mayoría de los casos, Freud había de hacer de general y también de primer lugar teniente”.

Vista así las cosas, esta Convención de 1907 fue la oportunidad para Ramón (Mon) Cáceres agenciarse los recursos que necesitaba su régimen a los fines de llevar a cabo un amplio programa de reformas y obras de infraestructura, ejecutado en el marco de una exasperación política de un caciquismo que se resistía a morir.

Por Domingo.com/la Revista

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