Hace 45 años el Morochito, como lo llamaban, se estrenó en su primer partido de fútbol. Tenía 15 años, pero la pelota en sus pies parecía el lápiz en la mano de un estudiante mientras él la conducía en el duelo del torneo gaucho entre su Argentinos Juniors y Talleres, que terminó perdiendo su equipo por 0-1.

Autor: Oscar Sánchez Serra | internet@granma.cu

Diego Armando Maradona trascendió como uno de los más grandes jugadores de todos los tiempos.
Diego Armando Maradona trascendió como uno de los más grandes jugadores de todos los tiempos. Foto: EFE

Desde que llegó a la Mayor de las Antillas el 23 de julio de 1987, no dejó de destacar su vínculo con el pueblo cubano y la defensa de sus ideales

Hace 45 años el Morochito, como lo llamaban, se estrenó en su primer partido de fútbol. Tenía 15 años, pero la pelota en sus pies parecía el lápiz en la mano de un estudiante mientras él la conducía en el duelo del torneo gaucho entre su Argentinos Juniors y Talleres, que terminó perdiendo su equipo por 0-1.

A pesar de aquel revés, el mundo asistía ese domingo, 20 de octubre de 1976, al nacimiento de quien sería conocido como el Dios (D10s), el Pibe de Oro, o simplemente el Diez. Cuando se debate sobre quién ha sido el mejor futbolista del mundo podrán obviarse algunos nombres, tal vez de manera involuntaria, pero el que no falta en cualquier análisis es el suyo.

«Salí a las diez de la mañana de casa con el único pantalón que tenía, que era de corderoy (pana). Como hacía un calor bárbaro me miraban todos en el tren, en la calle y en el colectivo (ómnibus). Pero bueno, era el único que tenía», dijo al recordar los 40 años de su debut y de su origen humilde, ese que hizo que siempre estuviera al lado de los más necesitados.

Foto: TIC.COM

Fue el entrenador Juan Carlos Montes quien lo envió a la cancha en el segundo tiempo de aquel cotejo. Contó, en su libro Yo soy el Diego de la gente, que el técnico le dijo: «prepárese, nene». Se preguntó, atónito, «¿Me lo habrá dicho a mí? Me puse a calentar, pero habré calentado 30 segundos y me dijo «venga, juegue como usted sabe, y si puede tire un caño (pasar la pelota entre los pies de un rival)». Y me salió, recibí la pelota de espaldas a mi marcador, que era Juan Domingo Cabrera, le amagué y le tiré la pelota entre las piernas; pasó limpita y enseguida escuché el “Ooooole” de la gente, como una bienvenida».

Desde el alumbramiento de esa tarde dominical, una estela de triunfos pasó por su pierna izquierda. Copa del Rey, de la Liga Española y de la Súper Copa de ese país; con el Napoli ganó dos Serie a de Italia, el torneo copero de esa nación y de la UEFA, además de la Súper Copa italiana; campeón mundial juvenil en 1979 con la selección de Argentina y con la de mayores en 1986, en la que fue el mejor jugador del certamen y autor del que se considera el mejor gol de la historia, ante Inglaterra, son solo algunos de esos galardones.

Desde que llegó a la Mayor de las Antillas el 23 de julio de 1987, para recibir el premio de Mejor Deportista de América Latina, otorgado por la agencia Prensa Latina, no dejó de destacar su vínculo con el pueblo cubano y la defensa de sus ideales. Cinco días después conoció a Fidel, y expresó que había tocado el cielo con las manos.

En una de sus cartas al Comandante en Jefe de la Revolución Cubana escribió: «Fidel, si algo he aprendido contigo a lo largo de años de sincera y hermosa amistad, es que la lealtad no tiene precio y que un amigo vale más que todo el oro del mundo».

Quiso el destino que se despidiera del mundo justo un 25 de noviembre, exactamente cuatro años después de que lo hiciera su amigo e invicto jefe guerrillero. Diego Armando Maradona, el de la pobrísima Villa Fiorito, fue aquel niño que, un día como hoy, como si fuera tocado por la magia de su empatía con Cuba, que celebra en esta fecha el Día de la Cultura Nacional, llegó al fútbol para convertirlo en arte

Maradona 45 años después: La lealtad no tiene precio