Finalmente, Aristóteles   trae a los occidentales el justo “término medio”.  En la vía del medio surge una conducta sin excesos: Justa y armoniosa.   No falta nada, no sobra nada. Todo lo que falta crea ansiedad y nos envuelve en un estado de deseo desgastante. Todo lo que sobra nos abruma, nos emborracha, nos harta. El difícil término medio… Nada en demasía. La vía del medio, la vía sin sufrimientos y  sin ataduras. La vía del tao: La vía justa. El ser humano ignorante no cuenta con el conocimiento ético necesario para actuar de forma moral.  Desconoce la diferencia entre el bien y el mal y se viene abajo porque no es capaz de alcanzar su felicidad ni de sumar una gota a la felicidad de otros. Aseguremos el conocimiento de los ciudadanos, acabemos con la ignorancia, propiciemos un accionar moral en busca de la paz y la felicidad de todos.  ¡Hagámoslo, porque la ignorancia, el mal y el fracaso van de la mano!

A la hora de tomar una decisión con frecuencia nos perdemos en el universo de las dudas.  ¿Qué debo hacer para orientar la acción hacia un fin frente a una situación determinada?  Elegir la mejor entre dos opciones quizás no sea difícil siempre y cuando tomemos en cuenta que no solo se trata de algo que nos haga feliz de forma individual, sino que beneficie a la colectividad.  Pero cuando nos enfrentamos a situaciones difíciles; cuando estamos en medio de un abismo y no estamos seguros de cómo debemos actuar porque   no podemos separar lo correcto de lo incorrecto; cuando debemos tomar una conducta entre el menor de dos males estamos frente a un conflicto entre dos posibilidades: Nos encontramos en el ámbito del “dilema ético”.  La decisión es compleja y delicada, sobre todo cuando enfrentamos una realidad espinosa y somos los responsables de escoger:

Para tales fines se cuenta con herramientas que nos permiten orientar la decisión y luego la acción a tomar: Como lo son las leyes naturales, normas no escritas, pero consideradas universalmente correctas; las leyes positivas que surgen de las instancias del Estado, normas escritas como lo son las incluidas en la “Constitución de la República”; las leyes empresariales también escritas, esta vez en “códigos éticos o de conducta” y por supuesto las leyes o normas no escritas que hemos aprendido en nuestro hogar.  Este aval de información en nuestra mente se convierte en el conocimiento, en el saber ético que nos permite decidir y actuar tras la reflexión del caso, es decir, tras el análisis razonado y lógico: Es la acción moral la que convierte el conocimiento y reflexión en efectivo y en útil para el fin que se plantee: Tomando en cuenta y recordando que el fin de la ética y la moral debe ser el bien y la felicidad de todos.

Hay épocas de la humanidad cuyo brillo se incrementa a través del tiempo porque fueron encendidas por el pensamiento de seres que convirtieron su forma de ver la realidad en filosofía y muchas de sus ideas aún se expanden a medida que transcurre el tiempo, me refiero a Sócrates, Platón y Aristóteles. Discípulo uno del otro.  Sócrates era un hombre inteligente, analítico y pensador entregado a ser feliz a través de todo lo que su mente podía producir y descubrir. Provocador como nadie caminó por las calles de Atenas preguntando, induciendo reflexiones, motivando respuestas. Su gozo era analizar el hombre y su conducta. Haciendo que otros encontraran soluciones a los dilemas planteados, quizás para él mismo encontrarse a través de ellos.  Quería ser un hombre virtuoso, conocerse a sí mismo, quería provocar el despertar y que se entendiera que la ignorancia y el mal van de la mano; que existe una unión indisoluble entre el saber, el conocimiento verdadero y el bien.

Y es que… ¿cómo se le exige a un ignorante que actúe con normas que no conoce?, ¿cómo exigirle que sea bueno al que se ha criado entre el mal y la injusticia y no conoce otra cosa?, ¿qué puede exigírsele?  La ignorancia limita y se convierte en muerte civil.  Y es que en la mayoría de los casos la persona que sufre de este mal desconoce sus derechos y sus deberes.  No sabe que existen y cuando lo sabe su estado de obscurantismo no le permite entender su importancia.  Y en medio del bullicio, de las incongruencias, de las percepciones duales y erróneas, del hedonismo y de los extremos que lo arrastran a los excesos y a las mezquindades, sus propias acciones lo llevan a un valle de sufrimientos y lágrimas.  Se extravía   en el estado negativo de una vida que se convierte en pura congoja.

¡Ay! la demasía: La acumulación se convierte en vicio que destruye porque al desear más y más y más…se deja de vivir para aprehender una meta inalcanzable sin ningún fin de valor, solo el exceso.  Fundamental es conocer sus propios límites; sin embargo,  pocos son los que los advierten.

Por otro lado, Sócrates le enseñó a Platón todo lo que sabía e intuía.  Y este último, visionario y profundo, nos aseguró que el hombre siempre volverá al mundo de las ideas.  Y es que el ser humano como ser reflexivo piensa sobre él mismo y el mundo que lo rodea para encontrar respuestas a los grandes cuestionamientos de la existencia: ¿De dónde viene?, ¿adónde va? y ¿cuál es su fin en este mundo? Hay un deseo instintivo de conocer para actuar en consecuencia. Platón nos explica “El alma busca su purificación”.  Pensamiento notoriamente oriental sobre la evolución del alma. Este filósofo creía firmemente que el hombre puede lograr su perfección si lucha por ella, si trabaja por ella a través del esfuerzo del cuerpo y del intelecto. 

Bien sabemos que el cuerpo es el templo, el vehículo con el cual podemos comunicarnos y actuar. Es con el cuerpo que ejercemos el libre albedrio que surge de un intelecto soberano, de un raciocinio impulsado por una voluntad fuerte y una emoción contralada por estos dos.  Es en estas condiciones cuando se está verdaderamente listo para elegir entre el bien y el mal; entre lo correcto y lo incorrecto; o como en los casos de fuertes dilemas éticos, entre el menor entre dos males. 

Platón declara que “la virtud humana descansa en la aptitud de una persona para llevar a cabo su propia función en el mundo”. Esta frase impresiona: “Ser apto para llevar a cabo su propia función en el mundo…” ¿Pero ¿cuál es la función del hombre en el mundo que no sea el ejercer su propia humanidad?  Ser lo que se es… Humano.  Con la capacidad de discernir, de elegir y luego de tener el valor y la fuerza de voluntad para actuar moralmente. Porque el humano no vive aislado: es parte de una familia, de una empresa, de una sociedad, de un continente, en fin… de un mundo. Vive entre otros y es interdependiente como lo es todo en la vida.  Sus hechos lo afectan a él y a otros. Por tanto, debe ser y es responsable de sus actos. Porque sabe que a cada acción le sigue una reacción de igual o mayor magnitud. El acto y la consecuencia son un par indisoluble. Y al actuar se pregunta ¿Qué debo hacer?  La pregunta del inicio…Y lo bueno y lo malo surgen como posibilidades del ignorante, sí del ignorante, porque el bien siempre será lo elegido por el sabio.

Finalmente, Aristóteles   trae a los occidentales el justo “término medio”.  En la vía del medio surge una conducta sin excesos: Justa y armoniosa.   No falta nada, no sobra nada. Todo lo que falta crea ansiedad y nos envuelve en un estado de deseo desgastante. Todo lo que sobra nos abruma, nos emborracha, nos harta. El difícil término medio… Nada en demasía. La vía del medio, la vía sin sufrimientos y  sin ataduras. La vía del tao: La vía justa.

El ser humano ignorante no cuenta con el conocimiento ético necesario para actuar de forma moral.  Desconoce la diferencia entre el bien y el mal y se viene abajo porque no es capaz de alcanzar su felicidad ni de sumar una gota a la felicidad de otros. Aseguremos el conocimiento de los ciudadanos, acabemos con la ignorancia, propiciemos un accionar moral en busca de la paz y la felicidad de todos.  ¡Hagámoslo, porque la ignorancia, el mal y el fracaso van de la mano!