Por Juan Bosch

Tomado del libro de Juan Bosch: El Pentagonismo sustituto del Imperialismo.

Resumen del capitulo «DOCTRINA Y MORAL DEL PENTAGONISMO EN LA OCUPACION MILITAR SANTO DOMINGO Y VIETNAM»

El Pentagonismo no es el producto de una doctrina política o de una ideología; no es tampoco una forma o estilo de vida o de organización del Estado. No hay que buscarle, pues, parecidos con el nazismo, el comunismo u otros sistemas políticos. El Pentagonismo es simplemente el sustituto del imperialismo. Lo mismo que sucedió con el imperialismo, el Pentagonismo fue producto de necesidades, no de ideas. El imperialismo se originó en la necesidad de invertir en territorios bajo control los capitales sobrantes de la metrópoli, y para satisfacer esa necesidad se crearon los ejércitos coloniales. En el caso del Pentagonismo el fenómeno se produjo a la inversa.

Ya no era posible hablarle a la Humanidad de fuerzas ofensivas o agresivas. Desde el asiático más pobre y el africano más ignorante hasta el californiano más rico, todo el mundo sabía —después de la guerra de 1939-1945— que cualquier agresión militar, sobre todo si partía de un país poderoso y se dirigía contra uno más débil, era un crimen imperdonable, todo el mundo sabía que los jerarcas nazis habían terminado en la horca de Núremberg debido a que la guerra de agresión quedó catalogada entre los delitos que se castigan con la última pena, y que esta innovación jurídica había sido incorporada al derecho internacional. Había que inventar algo completamente opuesto a las guerras de agresión u ofensivas. Y como lo contrario de ofender es defenderse, la doctrina del Pentagonismo tenía que elaborarse alrededor de este último concepto.

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Se requería, pues, establecer la doctrina de la guerra defensiva realizada en el exterior. La doctrina que justificaría el uso de los ejércitos pentagonistas en cualquier parte de la Tierra, por alejada que estuviera de los Estados Unidos, iba a llamarse la de las guerras subversivas. Este vino a ser la doctrina del Pentagonismo.

El método para aplicar la nueva ley de la selva o doctrina de las guerras subversivas o doctrina Johnson es tan simple como su sustancia, y también tan primitivo. Consiste en que el gobierno de los Estados Unidos tiene el derecho de calificar todo conflicto armado, lo mismo si es entre dos países que si es dentro de los límites de un país, y a él le toca determinar si se trata o no se trata de una guerra subversiva.

Los actos de los pueblos, como los actos de los hombres, son reflejos de sus actitudes. Pero sucede que la naturaleza social es dinámica, no estática, de donde resulta que todo acto provoca una respuesta o provoca otros actos que lo refuercen. Ningún acto, pues, puede mantenerse aislado. Así, la cadena de actos que van derivándose del acto principal acaba modificando la actitud del que ejerció el primero y del que ejecuta los actos-respuestas. Esa modificación puede llevar a muchos puntos, según sea el carácter —personal, social o nacional— del que actúa y según sean sus circunstancias íntimas o externas en el momento de actuar.

Los Estados Unidos se dedicaron a ser la policía política del mundo; y esa tenía que ser la derivación natural de la llamada doctrina de las guerras subversivas, puesto que la palabra subversiva tiene una clara implicación política; describe el esfuerzo que se hace para cambiar un orden político, una forma de Estado o un gobierno.

Durante la intervención pentagonista en la República Dominicana se puso al presidente Johnson en la situación más penosa que ha tenido ningún jefe de Estado en muchos años. Se le hizo decir, primero, que estaba desembarcando el  28 de abril (1965) un número limitado de tropas para proteger la vida de los ciudadanos norteamericanos, y tres días después entraban en la ciudad de Santo Domingo miles de hombres de la infantería de marina de los Estados Unidos  con equipo tan pesado como el que se llevó al desembarco de Normandía; se le hizo decir que disparos de francotiradores estaban entrando en el despacho del embajador norteamericano en Santo Domingo y que las balas cruzaban por encima de la cabeza del embajador en el momento mismo en que hablaba con el señor Johnson, y resultaba que dada la situación del despacho del embajador eso era físicamente imposible aun en el caso de que alguien estuviera disparando sobre la embajada, cosa que no ocurrió en ningún momento; se le hizo decir que en las calles de la capital dominicana había miles de cuerpos decapitados y que las cabezas de esos cuerpos eran paseadas en puntas de lanzas, y nadie pudo presentar siquiera la fotografía de una cabeza cortada; se le hizo decir que la revolución era comunista y luego se presentó una lista de 51 comunistas dominicanos, lo que provocó una risotada en todo el mundo.

Pero, de todos modos, y a pesar de lo lamentable que resultaba el espectáculo de oír al presidente del país más poderoso de la Tierra diciendo cosas que los periodistas de ese mismo país que se hallaban en el teatro de los acontecimientos tenían que desmentir en el acto, había algo más serio que lamentar…

…después de haberse perdido la conciencia moral, y como la conciencia moral está vinculada al sentido de las proporciones, éste faltó también cuando se lanzó sobre la pequeña, inerme República dominicana un poderío militar más grande que el que en ese mismo momento —finales de abril del 1965— tenía el Pentagonismo en Vietnam del Sur.  Se ha querido presentar la historia de la intervención norteamericana en la República Dominicana como un modelo de acción internacional bienhechora; pero la historia es muy diferente; es una dolorosa historia de abusos, de asesinatos y de terror que se ha mantenido silenciada mediante el control mundial de las noticias. Bastarán unos pocos datos para que se entrevea la verdad: desde las 9 de la mañana del 15 de junio de 1965 hasta las 10 de la mañana del día siguiente, sin una hora de descanso ni de día ni de noche, la ciudad de Santo Domingo fue bombardeada por las fuerzas de ocupación de los Estados Unidos. En esas 25 horas de bombardeo los hospitales no daban abasto para atender a los cuerpos desgarrados por los morteros pentagonistas.

Hasta ahora no se ha dicho la verdad sobre el caso dominicano, pero se dirá a su tiempo. El pentagonismo ha hecho circular su verdad y cree que eso basta. Pero lo cierto es que la intervención en la República Dominicana es un episodio que todavía no se ha liquidado. Ese abuso de poder tendrá consecuencias en la América Latina y en la propia República Dominicana, y esas consecuencias obligarán a los Estados Unidos a actuar en forma más descabellada que en abril de 1965. Sin embargo, como cada hecho produce un efecto relacionado a su magnitud, es en la intervención de los Estados Unidos en Vietnam, mucho más amplia y cruda que en la República Dominicana, donde podemos hallar la medida de lo que ha sucedido en el país pentagonista en términos de conciencia moral.

Pues bien, en principio no hay diferencia entre lo que hacen y dicen los funcionarios pentagonistas para justificar el bombardeo de Vietnam del Norte y lo que haría el bandido que asaltara una casa y diera muerte a un niño para obtener lo que busca.

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De la falta de conciencia moral a la corrupción intelectual no hay distancias. El catálogo de las falsedades que se dicen en los documentos oficiales norteamericanos para justificar la En esto, los difamadores del pentagonismo han mejorado las enseñanzas del maestro Goebbels. La doctrina del pentagonismo es deleznable, pero la moral pentagonista no tiene nada que envidiarle.  El ex embajador de los Estados Unidos ante mi gobierno, John Bartlow Martin, elaboró uno de esos documentos de encargo para justificar la intervención de su país en la República Dominicana sobre la base de que yo era un loco que vivía lleno de miedo.

Tomado del libro de Juan Bosch: El Pentagonismo sustituto del Imperialismo.

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