…El baile debía ser el sábado en la noche; sin embargo, desde antes del atardecer empezaron a cruzar por el camino incontadas mujeres. No se sabía de dónde salían tantas. Unas tenían color de cacao; otras eran blancas, con la sangre apretada en las mejillas, otras parecían negras de tan oscuras. Todas llevaban trajes anchos, de colores chillones; todas movían las caderas con vaivenes de hamacas y todas tenían ojos encendidos, como fogones en las medias noches. En los moños altos y copiosos lucían su gracia los claveles reventones y las tímidas rosas.

Pasaban también hombres, agrupados, en caballos, a pie, bien trajeados, descalzos; gentes de todas las razas y de todas composturas. Venían vociferando, reían, charlaban y bebían a pico de botella.


Papa y yo estábamos en el camino real, junto al portón. Veíamos aquel desfile abigarrado que padre comentaba con palabras despectivas. La tarde se arrimaba también hacia allá, hacia Jagüey Adentro, parecía ir cruzando el cielo en amplio trazos de luz morada. Oíamos claramente la tambora con su ruido esquivo, veloz, desesperante. Por el camino, con la cabeza gacha, venia Dimas; traía las manos a la espalda y parecía no querer nada.
En eso oímos tiros. Si; eran tiros. Seis, siete. Sonaron claramente por encima del sordo rugido de la tambora.


Dimas se detuvo. Nos miro con ojos desolados y absurdos. Estaba ya cerca de casa y corrió.
—¡La revolución, la revolución!… –roncaba.
Pero no era la revolución. Vimos un hombre que venía, desde la Encrucijada, en nuestra dirección. Corría alocado; se detenía de pronto, disparaba y tomaba a huir.
—¡Es José Veras! –grito papa. 
¡Si; era José Veras! Se le veía como una mancha gris, atareado en cargar el arma humeante. Cerca, cerca tirándole los cascos de las monturas sobre las espaldas, le seguían cuatro hombres. Traían los sables en alto y se inclinaban hacia el camino.
Yo estaba asustado. Mama y Pepito corrieron al portal boquiabiertos. Papa los atajo; los empujaba con las manos, con las palabras. Se metió en el almacén a todo correr. Cuando salió de nuevo, con el revólver oscuro en la mano, acababa de caer José Veras.


Los perseguidores saltaron sobre él en desorden. Vimos claramente el chorro de sangre que le nació en el pescuezo. Pero aun así, en el suelo, disparo dos veces.
–¡Asesinos! ¡Asesinos! –trono papa.
Y halo el gatillo tres, cuatro veces. Dimas corrió sobre el grupo; llevaba en alto su cuchillo.
Los caballos se arremolinaron junto al cuerpo herido de José Veras. Aquello parecía una mancha confusa, medio perdida en el atardecer. También papa corría, gritando insultos. Pero los desconocidos lograron montar.


Nos ahogaba el sobresalto, mientras el camino real se alargaba tras los cascos de aquellos cuatro caballos veloces…

Toda la gente del baile se desboco en el patio de casa. Venían agrupadas como hormigas; una algarabía terrible se alzaba de aquel montón inquieto que gritaba y gesticulaba.

Tenían al herido tendido en la cabeza sobre la calzadita que llevaba a la cocina. Un machetazo cruel, que desde la oreja derecha hasta casi la mitad del cuello le había tumbado buen trozo de carne, había abierto salida a la sangre abundante de José Veras. La tierra mojada y negra se la había chupado con avidez. Las mujeres y los hombres se inclinaban con miradas tímidas y asustadas sobre el herido.


A medida que pasaba el tiempo se agrandaba el grupo. Simeón escupía indecencias, mientras caminaba de un lado a otro con el entrecejo arrugado. No comprendía que se pudiera herir tan cobardemente a un hombre.


Solo José Veras parecía tranquilo: ojeaba el grupo y trataba de sonreír; pero a cada esfuerzo le borbotaba la sangre por la herida. Tenía ya el pecho y los hombros rojo. 


La vieja Carmita había venido también entre los curiosos; se alejo de todos, se doblo cerca de la alambrada y escogió algunas yerbas. Pidió permiso a mama para majarla en la cocina. Pero ni madre, ni padre, ni nadie sabe que convenía hacer. Todo el mundo se movía de un lado a otro, protestando y asqueado del suceso; aquella masa confusa solo sabia mecerse en circulo sobre José Veras.


Carmita pedía una aguja con hilo y papel de estraza. Hablo con Simeón. Dimas daba voces, queriendo pasar.


La vieja se inclino junto a la cabeza del herido. El quiso moverse para verla; la sangre le salió entonces a caños, ensuciando la falda morada de Carmita.
–Estese quieto, compadre, que vamos a coserlo –recomendó el alcalde.
El movió los parpados, aprobando. La vieja le lleno el hueco de carne viva con las yerbas majadas, metió también papel de estraza y comenzó a coser la despiadada cortadura.
Todo el mundo trato de no ver. Solo una mujer joven, de encendida color, dejo los ojos fijos en José, mordiéndose los labios.


Oyéndoselo contar a la gente supimos que José Veras estaba jugando con unos hombres que decían ser de Bonao, pero a quienes se sospechaba como procedentes del Cantón de Jima. Hizo trampas para quedarse con una onza, se la reclamaron, se negó a devolverla, y acaeció la tragedia.


Papa ordeno que le arreglaran con sacos viejos y aparejos una cama en el almacén. Simeón se le acerco para preguntarle quien era su agresor. Desde el suelo, apuntándole una sonrisa maligna en la boca descolorida, respondió Veras: 
–Esas son cuentas mías, compadre… 
La vieja Carmita explicaba a un grupo de mujeres: 
–Ese no se muere… Yerba mala…
Los hombres buscaban, con justo disimulo, la dirección de la gallera…

Texto tomado de la novela la Mañosa de Juan Bosch 

Diomedes Nuñez sobre la Mañosa dice:

En correspondencia con la desnaturalización de esas luchas, el profesor Bosch ha profundizado en sus causas: En agosto de 1966 me dolía de las interminables guerras civiles que había padecido el país, y La Mañosa, escrita algo más de treinta años antes de esa fecha, era la expresión novelada de ese dolor; pero para ese mes de agosto de 1966 ignoraba la causa de esas guerras civiles tanto como la ignoraba cuando escribí la novela; y en agosto de 1968 estaba diciendo, en Composición social dominicana, que la causa de nuestras guerras intestinas era la lucha de clases, una lucha de clases que carecía de orientación ideológica y que además se llevaba a cabo entre capas diferentes de una numerosa pequeña burguesía que peleaban a muerte porque la guerra civil fue, durante muchísimo tiempo, el canal de ascenso social más seguro que conocía el país.

Por Domingo.com/la Revista

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