A través de su ejemplo de superación, representa una reverencia a todas las mujeres del mundo.

  • La estimulaba la ilusión y las ganas de enseñar, porque para llegar a Cambute, intrincada zona cafetalera a donde se dirigía, no había caminos.

Ahí va ella, al frente de la banda principal. Guantánamo fue su única opción, porque en Santiago de Cuba no pudo alcanzar una plaza para la escuela Normal de Maestros.

Parientes a quienes agradeció siempre, la acogieron durante los años de estudio. Sólo una comida caliente al día, al llegar la tarde en la casa de acogida. Al mediodía, apenas para un batido de frutas.

Delgadita y esbelta, se destacó como líder estudiantil y se implicó en trajines revolucionarios, al presenciar la injusticia social imperante. No le gustaba la actitud de los marines yanquis al abordar la ciudad, en su día de asueto. “Su comportamiento era temerario. Trataban a todas las mujeres sin respeto, sin importar que las muchachas éramos escolares en la primera juventud”.

Más allá estaban las “zonas de tolerancia” a donde finalmente iban a parar, en busca de placeres. Algunos se quedaban en Caimanera, donde lo tenían todo resuelto, más próximos a la Base Naval Norteamericana ubicada en Guantánamo.

Foto: Cortesía

Más de una vez su padrino, el sastre más conocido de la ciudad, tuvo que intervenir por ella, envuelta en causas sociales. “No te metas en esas cosas, Marlenita. No te conviene”. Pero la frágil muchacha, hasta cargó municiones bajo las enaguas, mientras se esforzaba en terminar sus estudios con las mejores calificaciones.

Un día, en medio de una revuelta, un oficial la recogió en la calle, y la llevó en el carro hasta la casa de su sastre. Un pacto de silencio entre aquel extraño policía y los ojos moros de la joven, le permitieron evadir la vergüenza de recibir un regaño de su indulgente padrino.

Todavía la hija del sastre recuerda a aquella muchacha dulce, que las llevaba a los domingos de iglesia. Gracias a la familia, Marlene se hizo maestra y regresó a Palma Soriano.

En su pueblo, las plazas -en las escasas escuelas- estaban formalmente ocupadas. Incluso existían algunas para maestros rurales, sólo en nómina, porque los “dueños” de los puestos, cobraban sin subir a la montaña. Así la joven impetuosa se fue al monte acordando cobrar sólo la mitad del salario. La otra mitad era para quien estaba “nombrada” para la plaza de maestra, pero sentada en su casa.

La estimulaba la ilusión y las ganas de enseñar, porque para llegar a Cambute, intrincada zona cafetalera a donde se dirigía, no había caminos. Solo caballos y expertos jinetes, hacían posible el acceso. Pero Marlene no conocía el miedo.

Buscando la escuela, solo encontró árboles.

¿Ustedes quieren aprender? Por eso estoy aquí. En la casa de María y Manuel Rizo, todos eran analfabetos. Los guajiros le hicieron un espacio en su humildad, a la muchacha que les hizo ver la vida de otra manera. Algunos hijos de esta pareja de campesinos eran más grandes en edad y tamaño que Marlene, por lo que le hacían travesuras a la jovencita del pueblo, como colocarle una rana dentro del libro de lectura, o cortar una ramita y tirar de ella, en medio de la clase. Verla saltar sobresaltada, era el mejor chiste pesado del monte.

Foto: Cortesía

Mientras tanto, comenzaron con las primeras vocales y números, bajo un frondoso flamboyán, en lo que terminaban un aula para niños y mayores, con el esfuerzo de los mismos campesinos. En la otra media jornada, todos iban a recoger café. Entre sorbos, familiaridad y días sucesivos, aprendieron a leer y escribir. Para hacerles el cuento corto, Marlene siguió colando de ese néctar hasta su vejez, porque los hijos de María y Manuel Rizo quedaron eternamente agradecidos con su maestra y jamás dejaron de visitarla.

Después vino la Revolución y Marlene, como maestra titulada, se fue a donde hizo falta: La Aguada de Vázquez. En abril de 1959, definen la necesidad de cubrir mil plazas en las escuelitas de montaña.

“Más de un millón de ciudadanos cubanos no sabían leer ni escribir. Entonces había unos 6 millones y medio de habitantes. Cerca de la tercera parte de la población eran entre analfabetos absolutos y semianalfabetos. En el sector rural existían 600.000 niños sin escuelas y contradictoriamente, más de 10.000 maestros que no tenían aulas donde ejercer su profesión”.

En La Aguada fue acogida por la familia Jodar, quienes vivían al lado de la escuela. Entonces no sabía Marlene que allí encontraría al amor de su vida.

El joven vestido de verde olivo, por sus trajines y riesgos revolucionarios, comenzó a rondar la cerca de la escuela, y no perdía la ocasión de hablarle o llevarle alguna fruta para su merienda. Enamorar a Marlene era un reto. Ese ángel de alegría y virtud, era la sensación del caserío a la orilla del ferrocarril.

Muy pronto se habló de compromiso. Una vez terminada su misión de enseñar, se fue con el deber cumplido y la promesa de matrimonio. Él se fue tras de ella y se enraizó tanto, que llegó a amar a su pueblo como propio y aportó tanto desde su transparente humildad, como ella.

Marlene siguió enseñando en la montaña como maestra voluntaria, fue cuando perdió su primer embarazo, aun sin saber que traía un hijo en su vientre. Sucedió al bajarse de un vagón de ferrocarril, no apto para pasajeros y todavía llora al hijo perdido.

Con el decursar del tiempo, llegaron sus dos niñas nacidas en el primer periodo especial cubano: 1962-63, ciclón Flora mediante, zafras y metas.

Para todos fue una inolvidable maestra primaria. Luego fundadora de la Enseñanza para Niños Especiales, de Palma Soriano y regiones aledañas. Una especialidad que le llevó la vida y el corazón, porque aprendió y enseñó a crecer a niños y adolescentes, con diversas dificultades en el aprendizaje.

La mayoría de ellos salieron de la escuela “Primero de Mayo”, con un oficio y destrezas para la vida. No pasa un día en que no reciban parabienes para la maestra Marlene, de sus familias, de ellos mismos o de personas que no la olvidan.

Marlene se convirtió en una leyenda en la enseñanza escolar en Palma Soriano. Recordada por su expansiva labor cultural, en muchos frentes, desde el núcleo que valoraba como joya divina: su escuelita.

Por su obra como educadora recibió el título de Heroína Nacional del Trabajo. Una distinción otorgada a una mujer común, que se comporta heroicamente.

Por Domingo.com/la Revista

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