Todo por la descabellada pretensión de Kiev de incorporarse a la OTAN, cosa inadmisible para Moscú.

 

Ucrania: de lo vivo a lo pintado
En el conflicto armado entre Ucrania y Rusia ha pasado y está pasando lo que ya se sabía que iba a pasar. Una buena parte del territorio ucraniano está ocupada por el ejército ruso.

Y las dichosas sanciones de Estados Unidos y la Unión Europea contra Moscú no han servido (ni servirán) para conseguir la retirada de las tropas rusas.

Pero también están ocurriendo cosas que no estaban tan previstas. Una de ellas es que las sanciones están resultando muy perjudiciales para los países sancionadores. Mucho más perjudiciales para éstos que para el país sancionado.

Más aún: la Unión Europea ni siquiera ha conseguido formar y formalizar un frente único y unido contra Rusia. Como se dice popularmente, cada país de la UE jala por su lado. Y esto es perfectamente explicable. Europa no puede prescindir, de la noche a la mañana, de los energéticos rusos.

Y de pronto ha aparecido otro efecto no previsto por Washington y sus vasallos de la UE: un crecimiento de la inflación mundial causado por la súbita reducción de la oferta mundial de gas, petróleo y cereales, atribuible directamente a las irreflexivas sanciones contra Moscú.

Otra consecuencia más o menos imprevista es la magnitud de los desplazamientos de la población ucraniana hacia los países vecinos.

Un éxodo forzado por la descabellada pretensión de Kiev de incorporarse a la OTAN, cosa inadmisible para Moscú. Ahora mismo se habla de más de dos millones de personas que sufren los rigores del exilio forzado.

La simple renuncia de Kiev a su propósito de formar parte de la agresiva alianza atlántica bastaría para lograr la retirada de las tropas rusas y el cese de las consecuencias de toda índole que están padeciendo millones y millones de personas alrededor del planeta.

Es claro que el pueblo ucraniano no tiene ningún interés en que su país se sume a la OTAN. Es un interés exclusivo de la cúpula nazi que despacha en Kiev.

Pero suponiendo que algún sector de la sociedad ucraniana hubiera en algún momento coqueteado con la idea atlantista, es muy claro que a partir del 24 de febrero pasado esa idea ha dejado de existir. Y es que, como reza el aforismo, ¡Qué va de lo vivo a lo pintado!

Ayer, pero sobre todo hoy, el panorama es muy simple. El atlantismo ucraniano era un sueño de opio que se convirtió en unos cuantos días en amarga pesadilla de la cual urge despertar lo más pronto posible.

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