El 18 de mayo de 1880, hace un poco más de 137 años, llegó a la ciudad de Santo Domingo de Guzmán, capital de la República Dominicana, el glorioso general Antonio de la Caridad Maceo Grajales (El Titán de Bronce), prócer de la independencia de Cuba, quien fue recibido con gran algarabía, pues para entonces ya sus méritos de patriota indómito y bravo eran conocidos en gran parte del continente americano, y más allá.

EL INOLVIDABLE PASO DEL GENERAL ANTONIO MACEO POR LA REPÚBLICA DOMINICANA EN BUSCA DE APOYO PARA LA INDEPENDENCIA DE CUBA

El 18 de mayo de 1880, hace un poco más de 137 años, llegó a la ciudad de Santo Domingo de Guzmán, capital de la República Dominicana, el glorioso general Antonio de la Caridad Maceo Grajales (El Titán de Bronce), prócer de la independencia de Cuba, quien fue recibido con gran algarabía, pues para entonces ya sus méritos de patriota indómito y bravo eran conocidos en gran parte del continente americano, y más allá.

Maceo, de descendencia dominicana por vía de su valiente madre (Mariana Grajales Cuello), había llegado a Puerto Príncipe, capital de Haití, el 15 de septiembre de 1879, como parte de un largo y tortuoso periplo por el Caribe en busca de recursos económicos y humanos para relanzar la lucha armada por la independencia de su país.

En Haití, Maceo también había sido recibido con un entusiasmo desbordante por parte de los sectores liberales del vecino país.

El propósito de Maceo era dirigir desde Haití una expedición guerrillera hacia las costas orientales de Cuba, pero esos planes se vieron perturbados por la tumultuosa situación política que imperaba en ese momento en el vecino país, donde el 30 de junio del año anterior, el líder del partido liberal, Charles Jean Pierre Boyer-Bazelais, había encabezado una revuelta armada contra el gobierno de Pierre Théoma Boisrond-Canal, obligándolo a renunciar.

La dimisión del presidente Boisrond-Canal, el 17 de julio de 1879, provocó una gran agitación popular en todo Haití, lo cual condujo al ascenso al poder, el 23 de octubre de ese mismo año, del general Louis Lysius Félicité Salomon, quien por su admiración a los monarcas españoles de turno odiaba a los revolucionarios cubanos y sus partidarios haitianos.

Atendiendo a requerimientos de Antonio Fierro, cónsul español en Puerto Príncipe, el presidente Salomón desató una persecución abierta contra Maceo y sus compañeros y aliados cubanos, haitianos y dominicanos.

En esa ocasión, la Capitanía General y Gobernación de Cuba era detentada por el general Ramón Blanco, que llegó a enviar a Haití unos 50 mil pesos para financiar el asesinato de Maceo, cuyos movimientos por el Caribe el gobernador español vigilaba de cerca.

MACEO EN PUERTO PLATA

Alertado sobre los macabros planes que se urdían en su contra, el general Maceo se marchó de Haití el 7 de enero de 1880 rumbo a la colonia de Saint Thomas (que en esa fecha todavía era propiedad de Dinamarca), donde tuvo a punto de ser arrestado por el cónsul español en esa isla, Leopoldo Vásquez Prum.

Evadiendo el asedio, el prócer cubano viajó primero a Islas Turcas, y de allí a Puerto Plata, República Dominicana, a donde llegó el 11 de febrero en un barco inglés.

“Cubanos, puertorriqueños, dominicanos, acudieron jubilosos a recibirle, y desde el instante de su arribo todo fue simpatía y cumplimientos para el héroe que había enardecido tantas veces el alma americana. Puerto Plata era entonces como un animado campamento mambí de cubanos”, dice la periodista y escritora Angela Peña, en un trabajo publicado el 11 de mayo del 2010 en el periódico HOY.

A pesar de que sus pasos eran celosamente vigilados por el gobierno colonial de Cuba a través de una amplia red de espías y calieses, Maceo se sintió rodeado de un ambiente de cariño y admiración popular, contando con un franco y decidido apoyo del general Gregorio Luperón, quien ocupaba la presidente de la República Dominicana desde el 7 de octubre del año anterior.

“Eugenio María de Hostos, Ramón Emeterio Betances y Gregorio Luperón personificaban, en esa segunda mitad del siglo 19, la cabal expresión del sentimiento progresista y democrático de los países del Caribe, y el empeño más decidido a favor de la libertad humana y la extensión popular de la cultura”, comenta el destacado historiador cubano José Luciano Franco, en su libro titulado “Antonio Maceo: apuntes para una historia de su vida”.

MACEO EN SANTO DOMINGO

El 15 de mayo, Maceo salió para Santo Domingo, a donde llegó el 18, tras pasar por Samaná.

Desde su llegada a la capital dominicana, el hotel “Europa”, donde se hospedó el prócer, se vio colmado de cubanos y dominicanos que acudían a testimoniarle su admiración y respaldo.

La atención sin par que recibió el distinguido visitante de parte de los generales Ulises Heureaux (Lilís) y Alejandro Woss y Gil, ministro de Guerra y Marina y gobernador de Santo Domingo, respectivamente, así como del ilustre polígrafo y patriota puertorriqueño Eugenio María de Hostos y el poeta y funcionario gubernamental Pablo Pumarol, dio lugar a continuas quejas y demandas de parte del cónsul de España, Francisco de Serra.

Mientras esto ocurría en Santo Domingo, en Puerto Plata el agente haitiano Gaspar Monsanto visitaba al presidente Luperón para exigir la expulsión inmediata de Maceo del territorio dominicano.

Iguales medidas solicitaron los representantes españoles en la capital, demandas que fueron rechazadas enérgicamente por el general Ulises Heureaux (Lilís).

Tras completar su agenda en Santo Domingo, Maceo retornó a Puerto Plata el 1 de junio de ese mismo año, donde completó, con la ayuda de Pancho Coll y Fernando Figueredo Socarrás, la expedición que lo llevaría a las costas de Cuba.

Al día siguiente, Maceo zarpó en el buque “Santo Domingo” rumbo a Cabo Haitiano, pero el vicecónsul español lo denunció a las autoridades haitianas, las cuales le quitaron el dinero, infortunios que obligaron al prócer cubano a cargar las armas al capitán del barco. Finalmente, y por obra del mismo funcionario español, Maceo tuvo que desembarcar en Islas Turcas y luego desviarse a Jamaica.

Tomado de biografia de facebook de Federico Cabrera

Por Domingo.com/la Revista

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